Hace más de veinte años que la historia local es una de las líneas de investigación de 

Juan Carlos De la Madrid.

Los textos que aquí se recogen corresponden a una serie publicada en las páginas de La Nueva España. Resume las aportaciones de sus muchos libros sobre Avilés e incluye noticias jamás publicadas. Su idea es mostrar como el difícil carácter de esta ciudad bipolar, siempre amiga del frentismo y de las dobles versiones, tiene un origen remoto que coincide, más o menos, con la aparición de la prensa. Noticias de los siglos XIX y XX, unas grandes y otras de apariencia modesta, se recuperan aquí para viajar al nacimiento de historias varias y toparse con muchas explicaciones y algunos problemas aún sin resolver en el Avilés actual.

Otros blogs del autor:

Playas frías.
La herencia de los siglos.
Varietés.
Una patria posible. Fútbol y nacionalismo en España.
La carrera de América.
Plagio y copia 
La historia de andar por casa







QUINCE AÑOS DE 1000 AÑOS


Las cuatro ediciones de Avilés. Una historia de Mil años entre otros libros del mismo autor sobre  esta ciudad.

          

             Tal día como mañana hará tres lustros que salía a la calle la primera edición de Avilés, una historia de mil años. Se celebraba el Día del Libro del año 1997. Ahora, que se vuelve a celebrar ese Día, hemos decidido ampliar la conmemoración con el nacimiento de una serie de artículos. Es un festejo. Se trata de recordar la aparición de aquella obra escribiendo una temporada sobre la historia de Avilés.
            Como todos los lectores pueden imaginar, aquel trabajo fue muy importante para su autor. Es muy difícil hablar de Una historia de mil años teniendo en cuenta que su autor y el de este artículo son la misma persona, pero callar sería una injusticia con un texto que ha marcado un antes y un después en el estudio de la historia de Avilés.
            Tradicionalmente la historia local, en casi todas partes, era terreno para eruditos y curiosos. Gente con buena voluntad, pero sin formación en esta materia, que se encargaba de recopilar, con su gusto personal, anécdotas, imágenes, documentos y reliquias varias del pasado de la villa. Crónicas, hijos ilustres, sucedidos o fábulas que pasaban por ciertas, se ensartaban sin criterio científico, para contar solo lo bueno, local y lejano. Pocos conflictos. El siglo XX no existía, más allá de alguna fiesta o esclarecido hijo. Los pueblos no se situaban en el mundo.
Sin duda esta era una opción respetable y hasta agradable, pero no profesional. Una historia de mil años fue otra cosa. Una historia total. Científica, moderna, e inserta en las novedades de la investigación. Es, en realidad, la única historia de Avilés completa y redactada con criterios profesionales.
Esa obra es la responsable de la preocupación reciente por el patrimonio y la historia de Avilés. Una materia que, cuando nació, despreciaban algunos de los que hoy se sirven de ella. Ahora le interesa a toda una generación de vocaciones tardías de ignota procedencia, a las autoridades, a los medios de comunicación, a los editores y hasta a la calle.
Una historia de mil años es también el creador de una marca. Esos Mil años de historia urbana que, en efecto, han dado un título, un capital y un orgullo a Avilés. Y mucho de que hablar. Es un símbolo que otras investigaciones se encargarán de matizar más temprano que tarde. Ya no es raro que jóvenes investigadores, con formación y empuje, dediquen sus trabajos a Avilés. Pero esa marca continuará siendo una referencia fundamental para saber quienes somos. Una villa milenaria.
La serie que hoy comienza es, como digo, un festejo, pero también es un recuerdo a otros trabajos. En primer lugar a Paralelo 38, hijo reconocido de Una historia de mil años que, antes de ser libro, nació como una serie aparecida en las páginas de La Nueva España. Hace ya 12 años. Será un ejemplo en cuanto al estilo. El mismo tipo de artículo. A la vez informativo, divulgativo y con un enfoque periodístico y literario. Que se lea sin dificultad y que informe de cosas a veces muy pequeñas, otras no tanto, pero que siempre merezcan la pena.
 Para ello he vuelto la vista atrás repasando otros libros que han marcado mi quehacer: El patrimonio artístico de Avilés, Cuando Avilés construyó un teatro, El Eco de Avilés, Cien años en primera página, Un siglo de recortes, Prensa y sociedad en una villa del Cantábrico… Es justo recordarlos también cuando se habla de su hermano mayor. Llevan la celebración aún más atrás de esos redondos 15 años. Los recordaré usando algunos de sus materiales y aportando otros totalmente nuevos.
A diferencia de Paralelo 38 esta serie no seguirá un orden cronológico. Aquella tenía la misión de retratar, de forma ordenada, el siglo XX. En esta los artículos irán saltando en el tiempo con el fin de darle mayor interés. De hacerla menos previsible y más entretenida al fin.
Que no tenga un orden (cronológico) no quiere decir que no vaya a tener un concierto. Desarrolla una idea fija. En estos tiempos tan duros, de crisis económica y parálisis generalizada, en nuestra tierra ha vuelto a aflorar el frentismo y el desacuerdo. Siempre ha sido mi teoría que ese espíritu viene de lejos. No tanto como mil años, pero sí como dos siglos. Aparece en el momento que los intereses se vuelven ideologías que hay que defender cara a la opinión pública.
Esta serie nace para retratar esos tiempos lejanos buscando una explicación a los presentes. Para contar acontecimientos de los siglos XIX y XX. El nacimiento de la prensa, de la opinión publicada, será el pivote sobre el que bascule todo lo que aquí se va a contar. Es su límite remoto y es su referencia formal. Estos artículos se llamarán Noticias que hacen historia. Son, por tanto, el producto de la intersección entre la historia y la prensa.
Y como hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, si algún día se pierden la entrega, podrán recuperarla sin dificultad en un blog. Allí todos estarán recogidos en la dirección que al pie de cada artículo se publica.
Pues eso. Que hace 15 años de 1000 años y en los domingos que siguen a éste se va a celebrar de la mejor forma posible, contando episodios de la historia de Avilés para quienes tengan la cortesía de leerlos. Son noticias de la historia; noticias que hacen historia.
            El domingo nos vemos. 
                                                                                       

                                                                                    Publicado en La Nueva España, en 22-IV-2012.




CON EL JALEO DEL TREN. Viaje a los orígenes de la ciudad bipolar


Los dos garrotes que enmarcaron la llegada del ferrocarril y de otros proyectos importantes para Avilés, sirven aquí de palio a la primera locomotora 
(montaje: Miguel De la Madrid).


La llegada del ferrocarril es la metáfora del Avilés contemporáneo. El de la villa que busca el proyecto definitivo que la lance al progreso, pero que, cuando lo tiene a tiro, es incapaz de ponerse de acuerdo. Los intereses y la opinión cavan sus trincheras y el tiempo se pierde en largas guerras de posiciones y victorias pírricas. Ningún avance. Al final, cuando se levanta el campo, no queda más que un paisaje devastado por los obuses. Las divisiones internas malogran el presente y complican el futuro. Y así pasan los siglos.
Todo empezó un veintitrés de junio de 1889. Era domingo y era de noche. Noche de San Juan. En la plaza de la Constitución, frente al ayuntamiento, aguardaban grupos dispersos de hombres en espera de la danza de mujeres que retornaba de Rivero. Como dicen las coplas de la danza prima, esa noche había que dormirla con cuidado.
No muy lejos de allí, en el campo de Caín, otros que no dormían iban formando una tropa singular. Sabugueros, aldeanos del contorno, liberales teverganos y trabajadores de las obras del puerto. Una arenga y en marcha. Llevaban garrotes y navajas. Hubo testigos, sin duda exagerados, que entre la oscuridad de la noche quisieron ver trescientas sombras. Muchas sombras parecen. Pocos no eran. Ascendieron a buen paso la calle de La Cámara y entraron en la plaza como cuña gigante que arremetió contra los grupos dispersos de quienes esperaban para escuchar y repetir coplas satíricas por el asunto del ferrocarril. Carreras, insultos, cristales rotos en casas de Rivero, El Muelle, y el café del Louvre. Golpes, muchos golpes, mientras las autoridades miraban para otro lado. Hay quien dice que dos tenientes de alcalde y un concejal encabezaban la tropa. Tanto da. Sólo al día siguiente el gobernador de la provincia envió doce guardias civiles a las órdenes de un teniente. Ya era tarde. La refriega había dejado diez heridos y una llaga difícil de cerrar que partía en dos a una villa a punto de estrenar un siglo nuevo.
Ese siglo llegaba antes de tiempo. En el verano de 1890, con el ferrocarril, el progreso moderno anticipaba la centuria venidera. Ésa fue la causa del enfrentamiento. Los intereses políticos y económicos se hicieron garrote y, con él, los cantistas del marqués de Teverga lograron dominar a la otra parte de Avilés que quería edificar la estación en La Industria, solar más propicio a los intereses del resto de caciques, encabezados por el marqués de Ferrera. Las manos fueron el final de una larga pendencia, pero también el principio de una lucha de intereses que tiñó de ira toda la primera década del siglo XX.
Este pórtico sirve de guía útil para que cada quien vaya interpretando la historia más reciente de Avilés manejando unas claves que no han dejado de repetirse desde entonces: progreso y regreso, proyectos y antiproyectos, caciquismo irreconciliable, puerto y ferrocarril, división imposible de soldar.
El progreso de las condiciones más óptimas en las que murió el siglo XIX y empezó el siglo XX, que acabó gastándose de inmediato cuando la suerte cambió y el puerto de El Musel ascendió entre la incapacidad de los avilesinos para aprovechar sus mejores bazas.
A lo largo de los años siempre ha sido así. A una fase de progreso, a veces casual, le sigue una fase de regreso, de decadencia, en la que la ciudad queda sonada por los golpes del infortunio sin saber como levantarse. A principios del siglo XX fue por el ferrocarril y el puerto, al final del siglo por la siderurgia. Nace el siglo XX en la abundancia y muere en la escasez. Llega el XXI con las mejores promesas y se topa con las peores realidades.
El caciquismo, las banderías, los propagandistas envidiosos, ignorantes y resentidos, los proyectos no conseguidos, los políticos de corta talla y tosco talle para sortear dificultades, se venían fraguando desde mediados del siglo XIX y llegaron, con variaciones, a pervivir a lo largo de todo el siglo XX. Una clase dominante bien asentada vio ascender al grupo de los débiles atrincherándose en su poder y controlando sus propios intereses, casi siempre económicos, para arrojarlos sin misericordia al contrario con desprecio por la prosperidad de la villa.
Siempre hubo al menos dos grupos. Dos entre los poderosos o el de éstos y los débiles. Jamás hubo acuerdo. Nunca objetivos comunes. La envidia y el exterminio del contrario fueron las manos que movieron los garrotes de final del siglo XIX. Las que empuñaron las venganzas de la guerra civil en el XX. Las mismas que a finales de ese siglo fueron incapaces de sumar y no restar, de acordar y no confrontar, de colocarse bajo la misma bandera para dar salida a los muchos males de la ciudad.
Y al fin todo volvió: el problema del ferrocarril, el de dónde poner la industria, el de por dónde hacer crecer la ciudad, el de hacer grande a un puerto que siempre ha sido pequeño, el de apostar por un proyecto de todos para afrontar el siglo XXI.
El principio es el final. Aquí se ve como era necesario irse a aquella lejana noche en la que los caciques y los garrotes fueron los mismos que se arrastraron a lo largo del siglo en Avilés.
Todo había empezado en aquella noche de San Juan.  
                  

                                                                          Publicado en La Nueva España, 29-IV-2012




PLOMO VIEJO EN PLAZA NUEVA


Esquela publicada por El Diario de Avilés con infografía Miguel De la Madrid.


En mayo de 1910 el cometa Halley tenía anunciada una de sus visitas de órbita  periódica. De esas que hace a la Tierra para mostrar su cola cada 76 años aproximadamente. En esa ocasión la prensa se tomó muy en serio la noticia y, por los cuatro puntos cardinales, empezó a publicar informaciones sensacionalistas: sería el fin del mundo, traído por la cola del cometa ahíta de gas cianógeno. Un desastre cierto.
Los científicos desmintieron el peligro, pero no hubo manera. Los periódicos vendían más, y no sólo ellos, también los mercaderes de los souvenirs del apocalipsis (desde postales a cucharillas). Fue algo así como un viento de les castañes planetario, que alteró los ánimos mucho más allá de lo que acostumbra ese aire otoñal. Hasta hubo suicidios, o eso se decía. El mundo se había vuelto loco.
Esa enajenación mental transitoria y ecuménica hizo mella no sólo en la población sino también en la política española. Desde las últimas elecciones la tensión entre vencedores y vencidos era máxima. Mucha más en los viejos feudos electorales de  provincias. Tanta como para provocar algaradas y malos encuentros, donde no faltaron brillos de aceros y revólveres. Dos lugares del norte fueron noticia en toda España por los mismos días: Monforte en Lugo y Avilés en Asturias. En el pueblo gallego, además de insultos y carreras, el saldo de los incidentes fue sólo de una pierna rota. En Avilés la cosa llegó mucho más lejos.
Y venía de mucho antes. Durante dos décadas los liberales de José García San Miguel, el segundo marqués de Teverga, habían disfrutado de las mieles del poder en Avilés. Un poder como era entonces: caciquil, clientelar y muy eficaz, en una telaraña de intereses que llegaban desde Madrid al Cabo Peñas, dirigidos por la mano del Marqués, que había sido ministro del reino. Sus viñas estaban bien cuidadas aquí por Florentino Álvarez-Mesa, el viejo patriarca liberal. La patria chica gozaba de calma. Un alcalde para la eternidad de los intereses “sanmiguelistas”.
Aunque la cosa no llegó tan lejos. El día 21 de abril de 1907 demostró que no hay cosas eternas en este valle de lágrimas y eso, lágrimas, fue lo que reservó el destino a los viejos liberales, derrotados por un diputado nuevo, José Manuel Pedregal. Quienes pasan demasiados años en el poder acaban por creer que sólo puede ser suyo, como la ciudad que gobiernan. Siempre ha sido así.
No vieron venir el golpe. Y, si lo vieron, no se lo quisieron creer. Se durmieron en los laureles de los logros atribuidos al marqués. En el ferrocarril, en el nuevo puerto que, aquejado por problemas viejos, entraba, como toda la ciudad, en una crisis. Laureles de tantos años en que las cosas eran así y parecía que no serían de otra forma. Midieron mal al enemigo, por nuevo, por desconocido. Pero eso que ellos entendieron como debilidades eran sus fortalezas. Un proyecto distinto a la familia liberal, cuyos miembros se les iban repitiendo demasiado a los avilesinos. Llegaba el cambio y llegaba subido a la causa republicana que parecía nueva y saneada y acunado por mucho dinero para campañas de opinión. Mucho futuro por delante y ninguna factura que pagar por detrás.
            Con la victoria de Pedregal como diputado empezó un proceso que acabaría por desalojar a los liberales también del ayuntamiento. Tres años duró. Tres años de agonía sanmiguelista que bautizaron en su periódico, “El Diario de Avilés”, como “El contubernio”. Todos eran enemigos para el diario. Los republicanos, claro. Los conservadores, cómo no. Y también los malos liberales, que eran todos aquellos que no se alineaban en las filas de los de Teverga. Una tropa que cada día ganaba en efectivos. Demasiados efectivos.
            De todos se defendieron. Como fieras enjauladas, lanzando derrotes por todos lados. Debatiéndose, aculados en las tablas de su propio final. Hasta 1910. Ese año se perdió definitivamente el poder político. Y fue una desgracia que crispó el ambiente. Pero las desgracias nunca vienen solas, y menos en aquel terrible año.
En medio de la confusión de las noticias se pudo saber que, entre las dos y las tres de la madrugada del 16 de mayo, cinco personas salían del Círculo Liberal de Avilés. Eran Eduardo García, Carlos Morán, Manuel Menéndez, Joaquín Casariego y Virgilio Álvarez-Mesa, hijo, como se sabe, del antiguo alcalde Florentino Álvarez-Mesa, guardián de los intereses caciquiles del marqués de Teverga, presidente del comité Liberal y director del “Diario de Avilés”. Atravesaron la calle de La Florida y, al llegar al arco de La Plaza Nueva, se encontraron con otras cinco personas: Ricardo García, Pedro Mariño, Florentino Rodríguez y los hermanos Antonio y José Guardado. Todos serenos del ayuntamiento, el nuevo ayuntamiento republicano, afín a Pedregal.
Parecía una contienda pactada a fecha y lugar, como aquellas de las batallas antiguas. Un duelo en grupo con cita señalada: a las dos de la madrugada en el arco de la Plaza Nueva. Lo cierto es que se encontraron y que aquel duelo nocturno era la metáfora del combate que las fuerzas de la vieja y la nueva política tenían cada día a plena luz.
La noche hizo casi todo. Frente a frente, cinco por bando, estaban dispuestas las fuerzas de la discordia en Avilés. Los trasnochadores salían del Círculo Liberal, los vigilantes nocturnos estaban nombrados por la nueva autoridad republicana. Los  hechos fueron confusos. Una discusión, un intento de cacheo y los chuzos de los serenos que empiezan a volar cortando el aire de aquella húmeda noche. Ahí vinieron los insultos, los “redioses” y salieron las madres. Nadie sabe cómo, pero un revólver fue desnudado y una bala atravesó el pecho de Virgilio quien, huyendo mal herido por la calle de Cuba, llegó casi a las puertas de su casa, cayendo ya sin vida en Las Meanas sobre el puente que cruzaba el Tuluergo.
Venía de la nueva plaza que se había construido sobre la marisma para unir las dos partes del viejo Avilés, y fue a morir sobre el puente del río que simbolizaba la separación. Las dos ciudades que la política, como casi siempre, había enfrentado. Entonces hasta la sangre.
Nunca se esclareció el hecho. Era imposible. Más allá del suceso lo importante eran sus repercusiones políticas y de esas las fuerzas de la discordia sacaron tajada. El periódico del Marqués de Teverga contaba una terrible historia; la de un joven ejemplar que, habiendo concluido su trabajo, precisamente en El Diario, volvía a casa con unos amigos recogidos en el contiguo Círculo Liberal. Serenos apostados, revólveres cargados y una venganza planeada y consumada a sangre fría con chuzo y pistola. Hablaban de un terrible garrotazo en la cabeza y de una persecución cobarde hasta el parque del Retiro, en cuyos árboles quedaron incrustados los balazos, hasta cinco más, de los serenos. Hablaban de un liberal cazado a balazos como una alimaña por los esbirros de la venganza de Pedregal. De un padre al que asesinan asesinando a su hijo.
Al periódico de Pedregal le habían contado otra historia, historia oficial en este caso. La que el poder y sus cronistas siempre dan por buena. Hablaba de cinco jóvenes que, después de una larga noche y en mitad de un alboroto, se negaron a ser cacheados. Un cabo de serenos que llama refuerzos y un chuzo que, en defensa propia, acomete a Virgilio Álvarez-Mesa, portador de un revolver. Después,  confusión, carreras en todas direcciones y una bala perdida que nadie sabe quien disparó. Dos relatos que sólo coincidían en el pecho atravesado del hijo del exalcalde. Plomo viejo, de imprenta y de revolver, en la Plaza Nueva.
Dos días después pasó el cometa Halley. Y el mundo no se acabó. Salvo para el desgraciado Virgilio Mesa y la vieja política de los liberales de Avilés.


UNA NOCHE EN EL LICEO

Guantes y corbatas de lazo. Salvoconducto para entrar en los bailes elegantes del Liceo avilesino. Infografía: Miguel De la Madrid.

Los guantes, aunque no lo parezca, dicen mucho de sus dueños. Son una funda para ocultar las miserias del interior, ofreciendo un exterior brillante. Como la provinciana sociedad del siglo XIX, muy diferente por dentro y por fuera. En Avilés, sus instituciones mejor colocadas se distinguían por su enguantado apodo. El Ateneo era “la del guante negro”, el Casino “la del guante amarillo” y el Liceo “la del guante azul”.
Recojamos este último guante. La Desamortización dejó ruinas en La Merced y solares en San Bernardo. Parcelas edificables que, voraces, se repartieron los poderosos de Avilés en el mismo centro del primitivo corazón amurallado. Saliendo de la vieja cerca medieval en dirección a Grado, por aquella calle de La Canal, que en 1903 fue para el general Lucuce, un edificio alegraba los abandonados muros eclesiásticos de San Francisco. Era ese Liceo del amarillo guante.
No es que fuera una casa muy alegre, más bien lo contrario. Una fachada tristona, esponja de humedades de inviernos interminables, se encajaba entre los viejos muros del exconvento de San Francisco, medio arruinado por la Desamortización, y la casa de Policarpo Arias. Tal era el domicilio del Liceo, vecino de la ruina del viejo convento que acabó pasando por completo a manos municipales.
No mucho antes, a mediados del siglo XIX, los acontecimientos sociales y aún los espectáculos, no tenían más acomodo que algunas casas particulares, donde se recibía y, a veces, hasta se representaba. Por eso el Liceo sirvió para reunir a la mejor sociedad de Avilés, lugar para bailar e incluso, en esa tradición tan conocida y tan de aquí, lugar para aprender música. Academia con banda, coros y todo, por fusión entre la Academia Filarmónica y la Sociedad de Recreo y Confianza.
Si el lector está ahora paseando, en persona o con el pensamiento, por aquel lugar donde se encuentran hoy los “jardininos” de Álvarez Acebal, cierre los ojos y déjese envolver por una espiral de imágenes en blanco y negro, como en los musicales de Hollywood, verá que ese torbellino lo lleva en volandas a otro tiempo. Un viaje fugaz que lo lanza a la puerta de aquel edificio triste, tal y como debió estar hace más de siglo y medio. Sacúdase los pantalones, tiéntese la ropa toda, pues, para entrar ahí, ya debe usted vestir de etiqueta (esto viene con el viaje al pasado, no hay que pagar suplemento alguno). Frac y corbata blanca de lazo. Ya le decía que la cosa era en blanco y negro. Ahora, si es jueves, domingo o fiesta de guardar, ya puede confundirse entre los circunstantes y entrar en ese melancólico edificio.
El vestíbulo no desmiente a la fachada. A él se llega tras subir la escalera exterior. Es sombrío, ahumado por algunos quinqués de petróleo, aunque con un cierto tono alegre. Tono de oído. Hasta allí se filtra una música que parece venir de muy lejos. Escapa por las grietas de las paredes y de enormes puertas mal encajadas. Rebota por la estancia y, a la vez que confunde sus notas, se engrandece y hace pensar en que, allá al fondo, sucede algo que merece la pena. Usted ya puede pasar. No se apure si toda la sala se vuelve a mirar. Salvo en el baile de San Agustín los forasteros escasean. Los parroquianos se conocen de memoria y uno nuevo, aunque no sepan que viene del futuro, siempre extraña. Disimule. Atraviese el umbral hacia la sala principal. Allí la música se hace ola de repente y le moja la cara.
De lejos lo parecía. Y ahora no hay error posible: un vals de Johann Strauss. Y la noche empieza a acelerarse. La fiesta sitia al visitante, atrapado entre el girar incesante de las parejas que recorren el salón y la orquesta que toca a retaguardia, parapetada en lo alto de la gran estancia. Es como una tronera que defiende a los profesores. Sólo la música se atreve a asomar por esa mezcla entre grada y palco, cuya abertura está cercana al techo del local. Un local elegante. Se decía que de lo mejorcito de Asturias. No era, desde luego, lo que la fachada anunciaba. De buenas proporciones, con las paredes adornadas por pinturas de alegorías y capaz para ochocientas personas, que ya son gente, moviéndose sin cesar entre charlas, ponches y valseos a un lado y otro. Algún que otro rigodón, aunque no es lo más interpretado, ya que se suele sustituir por otras melodías como “Los lanceros”.
Son la mejor sociedad de Avilés. La mayoría parientes, que acuden con gran ceremonia, como si no se conocieran de nada, tirando de espalda, levantando barbillas y soportando estoicamente laceraciones de corsé. Vale la pena a cambio de la exhibición social. Por eso los bailes se inician a las ocho y media de la tarde y no van más allá de las doce. Nunca se sobrepasan estas medidas salvo en caso extraordinarios como el carnaval, donde es necesario dar mayor expansión a la chavalería disfrazada de asturiana o de “dominó”. Pero de ordinario eso no ocurre.
Es un baile al que deben acudir buenas  familias y familias enteras. Así no se alteran las costumbres ni el tono natural de las cosas y esas buenas familias pueden concurrir sin hacerse violencia alguna. No en vano hablamos de una sociedad que se denomina “de recreo y confianza”. Los artesanos no bailan allí, como mucho en las ocasiones y en otros locales improvisados, como los que se pertrechaban en el almacén de Policarpo Arias desde tiempos casi remotos. Los pobres, si demuestran serlo, pueden recibir enseñanza musical gratuita, pero el baile es otra cosa.
Aunque, dentro de la sala, no se le ocurra a usted gastar demasiadas confianzas. Abanicos que señalan, defienden miradas, tamborilean hombros, exhiben formas y también, de vez en cuando, abanican. Se golpean una y otra vez contra muy castos pechos protegidos por escotes italianos, de puntillas alençon y adornos en los que finalizan corpiños Estuardo. Y todo el baile repleto de miriñaques o polisones, según épocas. Guirnaldas de encaje y flores a la pompadour, sobrefaldas de raso, bouquets de rosas-thé, cabezas empolvadas, adornillos de brith, fantasías en complementos que unas veces son de tela y otras ricos aderezos en pulseras o gargantillas de muchos quilates. Al menos a ojo.
Mujeres hechas y muy derechas, elegantes damas que se mezclan con adolescentes de porte desconocido dentro de aquellos trajes. Mueven al aire brazos que dibujan arabescos, enfundados en guantes mousquetaire y cabezas muy firmes, a pesar de las vueltas sin cuento, decoradas con guirnaldas y peinados a la ya entonces vieja moda de los incroyables.
Mujeres que hablan, que sonríen con candor unas, con picardía otras, mientras lanzan miradas que taladran o comentarios que entierran. Adolescentes, ya presentadas en sociedad en alguna reunión del mismo Liceo, que cubren sus carnets de baile esperando no dejar hueco en toda la noche, como no sea para tomar aliento jugando a las prendas o a la “aduana” hasta que nace la madrugada.
Así vivía el Liceo. Haciendo acopio de recursos propios, con los que mantenía todas sus actividades, bailes, reuniones o conciertos y salvaba los muebles, que eran pertenencia de los socios, ya que el local, como se ha dicho, era propiedad del ayuntamiento. Institución esta última, que, dicho sea de paso, por entonces le pertenecía también a los dueños de los muebles. Todo quedaba en casa.

Así que, allá por el final de siglo XIX, varias instituciones competían en veladas interminables, festejos y acontecimientos. Todos en pugna por muy pocos señores. Cada uno con su color, cada uno con su guante, negro, azul o amarillo. Pero, claro está, en una competencia de guante blanco.

ADANES EN LAS DUNAS

Infografía de Miguel De la Madrid sobre fotograma de la película “Desnudismo”.

A finales del siglo XIX, cuando la playa empezó a inventarse como lugar para el recreo social, la zona que une Salinas y San Juan de Nieva era un extenso y orondo espacio arenoso, con dunas vivas necesitadas de domesticación desde hacía décadas. Un Espartal que no pensaba en bañistas.
La cosa llevó su tiempo, pues bañarse, lo que se dice bañarse, no era una costumbre muy querida por estos pagos. Ni por otros. En aquellos años no era difícil encontrar españoles que no se hubieran bañado en toda su vida. En una Asturias de pobreza singular, sin saneamientos ni agua corriente, en las casas populares se compartía vivienda con estiércoles y animales. El baño era algo desconocido.
Si el baño doméstico no era costumbre común mucho menos lo sería, en pueblos y ciudades que habían crecido de espaldas al mar, arriesgarse a las olas para un baño de placer que aún se estaba inventando. Arriesgarse entre espumas y algas, salvo algunos casos de juegos infantiles y adolescentes, era cosa extraña. Además, casi nadie sabía nadar.
Pocos se bañaban y, para los que practicaban tan saludable costumbre alejados de modas y de lugares postineros, nada extraño fue mostrar su cuerpo libre de ataduras, convenciones y de todo lo demás. En el principio, como si del Paraíso se tratara, los baños se habían tomado, toda la vida, en cueros. Los primeros y acorazados bañadores eran escasos y carísimos. Tirarse al agua no requería de más intendencia que un buen salto.
Todo esto lo recordaba Armando Palacio Valdés, cómo no, al vaciar su memoria avilesina. El escritor era uno más de aquellos niños que, en los meses calurosos, salían de la escuela directos hacia el viejo puente de San Sebastián e iban haciendo equilibrios, por el malecón de Las Huelgas, hasta encontrar un sitio a propósito para bañarse como Dios los había traído al mundo.
Así fue la costumbre inveterada de chiquillos de Avilés de bañarse en cueros en la ría y los muelles. Y no fue cosa rara en otros lugares, desde los más modestos y remotos hasta los más conocidos y principales. Se dice que en el Sena de París hasta 1830 no se prohibió un baño nudista que se venía practicando con naturalidad desde la Edad Media.
El tiempo pasó. El baño se difundió. Se fue haciendo más conocido y atrajo a un público más numeroso. La edad dejó de ser barrera y el baño dejó de ser travesura infantil. Vamos, que la cosa ya no era juego de niños y pasó a mayores. A los mayores de edad, quiero decir, pero, en no pocos casos, con el mismo formato y con la misma moda, una muy antigua: el traje de Adán. Y sonaron las alarmas.
 Por lo que a Avilés respecta, antes de concluir el siglo XIX no hubo más remedio que tomar cartas en el asunto. Así que, las Ordenanzas Municipales de 1884, se pusieron manos a la obra para evitar que, sin traje completo, nadie se bañara en marismas, ría o hasta doscientos metros de los muelles.
Pero sabido es que resulta muy difícil poner puertas al campo, mucho más cuando ese campo es un campo de arena que, tarde o temprano, se torna movediza, al menos para los asuntos de la sociedad. La playa tardó un tiempo en ser lugar de solaz y esparcimiento. Y en todo ese tiempo, el de los pioneros, el código de prácticas playeras no escritas fue cuajando muy lentamente.
La cosa sucedía por la parte de Salinas, usada aún de una manera casi silvestre y paradisíaca, en el sentido menos propicio al corte y confección. Cierto es que el nudismo no era práctica común, pero también lo es que la playa aún no estaba dotada de infraestructuras como balneario y casetas. Los bañistas de Salinas sólo necesitaban de una sábana sujeta a una mata de esparto para ocultar sus desnudeces. Luego, totalmente vestidos para el baño, se esperaban a la orilla para entrar todos cogidos de la mano confiando igualar fuerzas en su pelea contra las olas.
¿Todos? No. Otros pioneros pululaban por la arena. Los que no pertenecía a la colonia, los que no tenían casa, ni en propiedad ni de temporada, los que no venían de la Meseta sino de los alrededores. Aquellos que se daban un chapuzón y punto. Esos, siguieron haciéndolo sin complicarse la vida, para escándalo de los otros y hasta de la prensa que, a principios del siglo XX, publicaba sus nombres para escarnio y maldecir de familias y allegados en infamante listado del Diario de Avilés.
Pasaba más tiempo aún, la playa se asentaba y, con ella, las costumbres cambiaban. Cuando ya parecía estar controlado el baño de mar, nacía, con los felices veinte, el baño de sol. Empezó a valorarse el cuerpo tonificado y moreno que antes delataba un oficio manual. Ahora, lo contrario. Demostraba que el poseedor de tan cetrina epidermis no se ganaba la vida con el sudor de su frente, si no al revés, no tenía que ganársela. Es decir, tenía tiempo y dinero para irse de vacaciones cuando las vacaciones pagadas ni tan siquiera se habían inventado para los asalariados. Un cuerpo atlético y bronceado era la marca física del aire libre y de la playa; la estética de las vacaciones. Un nuevo lujo.
Una marca, desde luego, pero sin marcas. Exponerse a “Lorenzo” exigía hacerlo en determinadas condiciones, que no fuesen a confundirlo a uno con un “paleta”, con un “paleto” o con la gente de bronce. Nada de marcas de fesoria o de andamio. Decir eso y decir nudismo fue todo uno. ¡Qué peligro!
En todas las playas se acabaron acotando lugares para el baño de sol, generalmente los menos frecuentados, los que toda la vida habían sido, socialmente hablando, de segunda categoría. Cuando en Salinas aumentó el número de bañistas de sol se vio claro que necesitaban un lugar propio, que no pudo ser otro que la zona de El Espartal y San Juan.
Y, cuando todo parecía controlado, con los años treinta llegó el nudismo como práctica higiénica, naturista y beneficiosa. Lo que entonces se conoció, tomando el título de una película alemana estrenada en España en 1933, como “el desnudismo”. Éramos pocos…
Sí, todo al aire. Háganme caso. Los partidarios del credo naturista, con enorme arraigo en el Levante y Cataluña, sostenían que esa era la forma más saludable e incluso más moral, ya que es la ropa y no la desnudez, decían, la que despierta la concupiscencia. Se imponía la belleza y la pulcritud del cuerpo desprovisto de ropa, en contacto directo con la naturaleza y en comunión permanente con el astro rey.
Todo eso, traducido al lenguaje avilesino, supuso que la playa se zonificara según uso y públicos: una zona para el paseo de los mozos, más próxima a La Peñona, luego la zona de baños de mar, la de jugar al tenis, para quien supiese y tuviese raqueta, y, la más próxima al Espartal, para esos baños de sol en cueros. Aunque ninguna de tales precauciones evitase que algún que otro “naturista” debiese de aflojar el bolso para pagar una multa, perseguido por las autoridades, la moral y el reglamento de policía del puerto.
Todo se cortó de raíz con la llegada del nuevo Estado franquista.  En el verano de 1937, con una España medio en guerra, se dictó una severa Circular sobre normas prohibitivas de prácticas desnudistas, que fue el modelo utilizado por los alcaldes de las villas costeras para guardar la moralidad. Los trajes permitidos a partir de entonces serían aquellos que, para mujeres, fuesen completos, cubriendo espalda, pecho y costado, con faldellín hasta la rodilla; para hombres traje completo, cubriendo también espalda, pecho y costado y, sobre ése, un pantalón amplio de deportes. Sólo a los niños menores de cinco años les era permitido el nudismo o el uso de cualquier tipo de traje de baño.

Desde entonces las dunas de San Juan se convirtieron en territorio de asilo, en refugio y, a la vez, en campo de concentración para todos aquellos que quisieran mostrar su cuerpo desnudo, por costumbre, por placer o por ver lo que caía.

YA TENEMOS TELE

Infografía de Miguel De la Madrid a partir de publicidad de 1963.

        En muchos hogares de los años sesenta había un primo, un cuñado o un tío abuelo más “espabilao” de la cuenta. La cosa era peor cuando el “espabilao” resultaba ser el vecino del tercero, que bajaba en momento estratégico para coger sitio en salón ajeno justo antes del comienzo de “Galas del Sábado”, “Bonanza”, “Los invasores” o el imprescindible Festival de Eurovisión. Maldita la gracia que les hacía eso a los propietarios del tresillo de escay, del salón, y del televisor.
            Pero no adelantemos acontecimientos. Con tanta prisa por llegar al principio del programa me he saltado parte de esta historia, que empieza unos años antes, esos interminables días en que se decía, como en la canción, aquello de “la televisión pronto llegará”. Y fue verdad, pero no precisamente tan pronto. Esa canción de Lolita Garrido resultó una temprana premonición que dio la noticia nada menos que nueve años antes de que el invento del maligno se hiciese realidad en España. Era 1947 y aún se atravesaban los devastados años cuarenta. Por eso a la copla no se le sacó mucho partido, servidumbres de la vanguardia, aunque, en la década siguiente, todo se comprendió.
            La llegada de la televisión a España fue una carrera de fondo de inicio remoto, tanto como 1929, año en el que se recibieron imágenes fijas, vía belinógrafo, entre Madrid y Barcelona. Hubo más experimentos en los años treinta y cuarenta, siempre de la mano del ingeniero Joaquín Sánchez-Cordovés, pero se necesitaron años de más paz y menos hambre para un nacimiento definitivo. La autarquía retrasó la llegada de la televisión. En eso no fue distinta de otras muchas cosas. Hasta 1956 no se puede hablar de emisiones regulares.
            A partir de ahí la historia tomó brío. Había que ir cubriendo el territorio nacional, desde la conexión de Madrid y Barcelona en 1959. Para acelerar las cosas el Estado declaró a la televisión “Industria de Interés Nacional”, lo que suponía apoyo para la instalación de antenas y, sobre todo, apoyo para aquellas empresas que se decidiesen a fabricar televisores a precio bonificado: no más de 10.000 pesetas. Una pequeña fortuna para algunos. Todavía para muchos en aquellos tiempos.
            Siguiendo una estrategia de avance radial, como correspondía al centralismo del régimen, tan de “kilómetro cero” en la Puerta del Sol, se fueron poniendo repetidores y antenas e incorporando territorios a las conquistas de las ondas hertzianas. Cuando se iniciaron las emisiones había unos cientos de televisores en toda España, en 1963 ya eran 260.000. Ese año se emitían 70 horas semanales, frente a las 21 de los orígenes. El asunto ya iba estando preparado para lanzar contenidos masivos cuando se encontró con el fútbol.
Este deporte era el primero y, aunque España no fuera ni por tradición ni por resultados un país de deportistas, se convirtió en un país de espectadores. Ahí fuimos de los mejores. Lo agradeció la prensa deportiva y, a eso vamos, de una forma especial el cacharro recién nacido. El parque de televisores avanzaba sin tasa para seguir los partidos y estar al tanto de los resultados de las quinielas. El  partido de cuartos de final de la quinta copa de Europa ganada por el Real Madrid, que lo enfrentó al Niza en marzo de 1960, fue la primera retransmisión de Televisión Española para Europa, a través de Eurovisión. Desde 1961 se empezaron a estabilizar las retransmisiones en directo de partidos de la Liga.  La fiebre de fútbol televisado, con el inmaculado blanco de las camisetas del Real Madrid trotando por Europa y el negro de todo lo demás, presidía el ocio modesto. Sólo en Hispanoamérica se retransmitían más partidos.
            Desde el Plan de Estabilización de 1957 los tecnócratas del gobierno estaban empeñados en borrar la autarquía. La apertura y el crecimiento económico sólo eran posibles con el consumo. Los televisores fueron el emblema del consumo doméstico, lo mismo que el SEAT 600 lo fue de todo lo demás. Una casa con televisor tenía incluso más importancia simbólica que real. Medio país se preguntaba cuándo llegarían  hasta su territorio las emisiones. Y fueron llegando.
No se podía esperar. Los  montes eran altos y los repetidores anémicos, pero la expectación era máxima. Así que, cuanto antes, mejor. “Radio Monogran” coronó el tejado de su edificio en la calle Rui-Pérez, con la dignidad y el honor de tener la primera antena de Avilés. Su propietario, Aurelio Martín, el muy popular Lelo, tendrá para siempre el mérito del pionero. Un mundo nuevo bajaba por los tejados como si fuera Papá Noel.
Estaba concluyendo 1959. En noviembre del año siguiente se empezaba a ver señal de televisión en Oviedo. Un par de meses antes, como en misión secreta, un técnico de Marconi Española recorría Avilés haciendo mediciones y sacando conclusiones. Las tiendas de electricidad de la villa mostraban imágenes borrosas y saltarinas correspondientes a las pruebas del emisor vasco del monte de Sollube, que enlazaba con el Aramo y aún estaba en proceso de ajuste. Unas veces se veía bien, otras casi nada. Y la gente en un sinvivir ansioso.
Querían comprar su aparato, pero aún era pronto. La orografía cantábrica provocaba constantes cambios de orientación al instalar nuevos repetidores para cubrir zonas de sombra y las antenas tenían que variar su orientación. Había que esperar, pero, para ganar tiempo, los comercios pusieron sus ofertas en la calle. Como ELECTROGAS, que adaptó un sistema de cuentas corrientes puesto a disposición de los consumidores avilesinos. Se abría la cuenta en la tienda, se iban haciendo entregas de dinero a gusto del consumidor y, cuando estuvieran a pleno rendimiento las emisiones, esos clientes tendrían preferencia para comprar, entregando como entrada lo recogido en la cuenta corriente. Entonces se podía elegir a gusto el modelo de televisor. Eso sí, siempre Philips, con instalación de antena incluida, sin cobro de mano de obra ni nada. Todo ventajas.
Empezaban los tiempos de las compras a plazos y no hacía tanto que se habían ido los tiempos de las colas para todo. Ponerse a la cola de un televisor, o de un utilitario, no era motivo de enojo, sino de lo contrario. A partir de entonces el ocio consistiría en mirar desde el sofá a las figuras encerradas en las 625 líneas de pantallas de 19 pulgadas, por lo menos. El televisor empezó a presidir la casa, siempre enfundado para que no cogiera polvo durante las muchas horas que no había emisión. Se le adoraba como a aquellas imágenes de las vírgenes, protegidas por hornacinas, que aún recorrían las casas de Avilés.
En 1964 las emisiones se reforzaron para toda Asturias con el repetidor del Gamoniteiro. Dos años después tenían tele casi un 32 por ciento de los hogares españoles. En zonas como Avilés, en pleno crecimiento explosivo y con tanto realquilado, antes había que tener casa que tele, pero la urgencia estaba a un nivel parecido. Para avivar la esperanza, por aquellos entonces Chocolates Osnola entregaba, precisamente en Naveces, su primer aparato de la campaña «El TV misterioso». Aquellas marcas que el tiempo se llevó: Lavis, Inter, Iberia…El mundo había cambiado.
Los nuevos vecinos salían ahora de la tele, en las primeras series americanas. Viajaban “al fondo del mar”, escapaban de “Los invasores”, siempre con aquel dedo tieso tan acusador, hablaban en idioma hispano neutro y eran, en su mayoría, investigadores privados que guardaban algún secreto en la cajuela del auto.
            Los televisores ya se habían generalizado, a plazos por supuesto, y el vecino del tercero dejó de invadir casa extraña, teniendo como tenía su propio televisor y convencido, además, de que eso del Festival de Eurovisión era todo política y que a España le tenían mucha envidia.


QUÉDESE, SEÑOR BALSERA

Infografía de Miguel De la Madrid sobre foto de Alonso.

              A veces las noticias, las malas noticias, pueden movilizar a una ciudad entera. O casi. Porque casi era una ciudad la villa de Avilés de 1916 y casi se movilizó toda aquel 29 de diciembre. Bueno, más de la mitad. Mayoría simple. Ya se sabe que en el cuerpo de esta ciudad, desde que nació la edad contemporánea, conviven dos almas que no son gemelas, sino enemigas viscerales que se tiran lanzadas a la menor ocasión.
            No se contaban más de ocho meses desde que fuera constituida la Junta de Obras del Puerto. Desde la lejanía parece una institución de consenso aunque, como casi todo lo que acontece en esta villa, no había nacido así. Los intereses personales, políticos, económicos o de simple punto de vista, la habían puesto en escrutinio. Y el diario local de entonces había montado una campaña para impedir su nacimiento, pensando que era una entidad legal demasiado compleja y de poco poder efectivo, que había dado mal resultado en otros puertos. Creía el rotativo, además, que el apoyo de una parte de la prensa gijonesa era sospechoso. Un caballo de Troya. Una prueba de que la Junta era mala idea y no traería prosperidad a Avilés.
Resistencias o puntos de vista al margen, que el puerto había crecido era una evidencia, que necesitaba obras, un clamor. Un puerto de ría como el de Avilés es, hasta hoy mismo, un fondeadero en el que el hombre hace y la naturaleza deshace y, como el tapiz de Penélope, hay que volver a hacer sin pausa bajo la amenaza de que la ría se convierta en un regato y el comercio y la industria avilesinas en dos imposibles. En sus aguas siempre se han reflejado la bonanza o la desgracia de la ciudad.
            Eso también ocurría hace cien años, precisamente ahora que, recordando aquellos tiempos, ponemos cien velas negras a la tarta del segundo año de la Primera Guerra Mundial. Recuerdo pavoroso, necrológica planetaria, pero momento dulce para algunos países neutrales como España. Y para algunos comerciantes audaces, como Victoriano Fernández Balsera que, para fortuna de todos y suya propia, operaba desde Avilés.
            Muy temprano demostró Balsera talento y arrojo para negocios de alto bordo y convirtió a su casa en un referente internacional de determinados comercios, especialmente el de granos. A su empuje se deben las naves que sobreviven a duras penas al borde de la ría y que nos hablan de cuando su propietario recibía buques de todo el mundo. Lo mismo traía cereales de las riberas del Danubio, que trigos rusos, maíz de la Argentina o despachaba miles de toneladas de avellanas asturianas que se pagaban muy bien en los mercados ingleses. En tiempos de bonanza sus operaciones eran cotizadas, en tiempos complicados era capaz de inventarse una oportunidad donde todos veían crisis, como hizo alguna vez comprando la producción de varias fábricas de azúcar, cuando la prudencia aconsejaba lo contrario, y haciendo además un gran negocio. Con él Avilés y su puerto se convirtieron en el centro del comercio de granos y en exportadores de productos asturianos al mundo entero.
            Como suele suceder, el poder económico no anda lejos del poder político y Balsera pertenecía al núcleo reformista que, detrás del diputado José Manuel Pedregal, estaba arrancando las últimas raíces del viejo y decimonónico poder liberal. Millones de reales habían aupado al poder a los marqueses de Teverga y millones de pesetas los desalojaban ahora. Los más poderosos capitalistas estaban en el bando de Pedregal y, entre ellos, destacaba Balsera, emparentado para bien de sus negocios con los Gutiérrez Herrero “opulentos capitalistas”, como entonces se decía.
            Así que el nuevo poder económico tomaba las decisiones políticas. Y Victoriano Fernández Balsera, a caballo entre ambos, dirigía la Cámara de Comercio. Esa institución fue decisiva para el nacimiento de la Junta de Obras del Puerto. Quienes la formaban analizaron la coyuntura del momento, con las ganancias que la guerra podía aportar y que un puerto incapaz no debía frustrar. Los oficios de Pedregal hicieron el resto, allanando obstáculos en Madrid y en Avilés (prensa incluida). Así que constituyeron la Junta el 26 de abril de 1915, con la doble intención de recaudar los arbitrios establecidos (unas 100.000 pesetas al año) y de acometer los trabajos necesarios para el desarrollo del puerto. Pasaron a ser de su administración todos los terrenos propiedad del Estado en la zona portuaria.
Desde entonces Balsera, que dejó la presidencia de la Cámara para ser el primer presidente de la Junta, ligó sus destinos a la nueva institución. Su historia y la de los primeros tiempos de la Junta de Obras del Puerto son una sola. No en vano, veinte días antes de la constitución de la Junta, el Estado había dado permiso a Balsera para construir un cargadero y vías auxiliares en la margen izquierda de la ría, por los que debía pagar un canon anual a la Junta. A la misma que él presidiría veinte días después.
Era un hombre indiscutible, sobre todo para los asuntos del puerto. Pero en Avilés todo se discute. Y sobre él se empezó a hablar. Habló la competencia. Y hablaron sus rivales políticos. Y se dijeron cosas que no le gustaron en mítines y reuniones varias. Y fuese por eso, o porque según algunas fuentes quería “deslocalizar” la sede central de su empresa, que se diría ahora, Victoriano Fernández Balsera anunció un mal día que no soportaba más, que se retiraba de los negocios y se iba a vivir de sus millones.
Ese día era cercano al de los inocentes de 1916. Como inocentada no tuvo gracia. Una catástrofe. La noticia cayó como plaga sobre la villa y, de inmediato, las fuerzas vivas más próximas lanzaron pasquines a la calle y organizaron una manifestación de desagravio para rogar al señor Fernández Balsera que desista de su acuerdo, permaneciendo en su puesto de honor, del cual no puede desertar sin inferir un grave daño a importantes intereses de nuestro pueblo”.
El duelo, que no otra cosa parecía, se citó en El Parche. Plaza de la Constitución, Cámara abajo, Marqués de Teverga, Pedro Menéndez, Emile Robín y, al fin, por la carretera del Torno, llegaron unas tres mil personas. El comercio, los casinos y la banca habían cerrado en solidaridad y funeral. Avilés se había parado y, al llegar a los almacenes de Balsera, lo que se paraba ya era una manifestación de buen porte. Eduardo Prada, Alberto Solís Pulido y Álvaro García de Castro, subieron a las oficinas para convencer a Victoriano. No estaba. Los recibió, conmovido dicen las crónicas, su hijo Álvaro, quien transmitió a su padre la importancia del acto.
Fue suficiente. Victoriano desistió de su intención y siguió al frente de los negocios. La Junta de Obras tenía en sus arcas 442.032,54 pesetas y seguía caminando, pero también tropezaba, como todo en esta ciudad nuestra, sometida a la influencia de los poderes cambiantes que sembraron la cizaña en su seno, enfrentando a ingenieros y administradores y haciendo fracasar el primer plan de obras que trataba de conseguir un puerto moderno: libre su entrada y salida sin aguardar la marea, con buques siempre a flote en su interior y cercanos a almacenes capaces de tener en cualquier caso mercancía suficiente como para cargar sin necesidad de espera o turnos.
            Entre tanto retraso portuario, el señor Balsera se dedicó a otras obras, para las que no necesitaba más acuerdo que el suyo propio, edificando su casa-palacio, amerengada, moderna y hasta exhibicionista, que hoy es conservatorio de música. Las otras obras, las del puerto, siguieron sometidas a esos lances de difícil control, manipulaciones políticas y rivalidades que retrasan sine die los trabajos de mayor importancia y extrema urgencia. Claro que, de todo esto, ya hace un siglo… ¿O no?


ÓPERA PRIMA

Viejos afiches de Lauri Volpi y Aida en la nueva cartelera del Teatro Palacio Valdés.
Infografía Miguel De la Madrid.

A Flor María Iglesias, siempre a vueltas con “los músicos”



      En las tardes de función un grupo de paseantes se agolpaba ante las ventanas del viejo teatro de la calle de La Cámara. Iban de pesca. Con la caña presta para atrapar un verso suelto del galán joven o un si natural de algún tenor de circuito provinciano. Pero era un coto muy estrecho, poca ventana para tanta gente. No había manera de echar la caña a gusto.
        Tanta porfía resultaba habitual en una ciudad que, hasta 1877, sólo podía ofrecer ese viejo teatro, con una planta de herradura escasa hasta para un poni. Estructurado en bajo, piso y cazuela, con unos palcos sostenidos, nadie sabe cómo, por una especie de puntales que ponían en riesgo la integridad física de los valientes espectadores que se atrevían a exponer su espalda ocupando unos primitivos bancos de bisagra. Un teatro que, “El Eco” lo decía, era “muy malo, muy pequeño y sobradamente pobre”.
Fue en 1877 cuando una sala multiusos, el teatro circo Somines, nació al borde de Las Meanas para aliviar a Avilés de tanta penuria. Pero no era una solución definitiva. Sus hechuras, más de circo que de otra cosa, podían cobijar a gusto, e incluso con desahogo, cualquier espectáculo de varietés, de cine, de circo, cuplé o teatro popular, pero no el bel canto, ni siquiera una zarzuela grande.
Pese a todo, en el Somines se representó ópera. Fue allí, en el circular recinto con olor a serrín, donde volvió a la vida el verdiano “Il Trovattore” ayudado por el gran Enrico Tamberlick. Era el tenor romano gloria de la canción italiana e inventor, según extendido comentario, del “do sostenido de pecho”. El mismísimo Borges lo recuerda en “El Aleph” representando el Otello de Rossini exhibiendo esa nota.
        Fue todo un acontecimiento. Un tenor legendario en Avilés.  “Don Enrique”, como en España le llamaban, era una celebridad. Le tocó estrenar “La forza del destino” de Verdi o convertir en ópera a “Marina” de Arrieta, en 1871. Había frecuentado los teatros españoles con gran asiduidad desde 1845, sobre todo el Real de Madrid, durante décadas. Además había alcanzado gran nombradía incorporando al Manrico de aquella obra que lo traía a nuestra villa. Su representación fue parte de una de las últimas giras que, con su compañía lírica, dio por España en 1882, poco antes de acudir también a las funciones inaugurales del teatro circo de Vigo, que acabó llevando su nombre.
       Con ser importante este acontecimiento, el Tamberlick que se asomó al Somines era un cantante crepuscular, con una fama que le precedía, pero con unas críticas que empezaban a hacerlo huir de la Corte a las provincias. Ya tenía más años que vibrato. Un hito para nuestra villa. Pero sólo una pica en Flandes. Habría que esperar dos años más para que la compañía de la soprano Enriqueta Baillón levantara otra vez el telón del Somines para representar “La Favorita” de Donizetti. Decían en Oviedo que esta compañía sobrepasaba en calidad a la del propio Tamberlick.
       Muchas glorias, pero glorias fugaces en una ciudad donde, durante años, la burguesía estuvo esperando y llorando por un teatro donde la ópera se encontrase como en casa. Pensado a la italiana, con palcos que pudieran llevar tal nombre, con buena sociedad chismorreando tras cortinas y anteojos, donde fumar en saloncitos de plateas y criticar, más al vecino que al tenor, en cualquier rincón.
Tal equipamiento se hizo de rogar. Las actividades musicales se tuvieron que retirar a gabinetes, salones de música domésticos, donde los más jóvenes aprendían armonía, solfeo y destrezas varias en el desempeño de los instrumentos. Mucha señorita bien tocando al piano transcripciones de ópera y de zarzuela.
       Un compás de espera tan prolongado no se llevaba en paciencia en una villa con afición desde siempre por la música, culta y popular. Que conocía y disfrutaba de coros y orfeones, banda y compositores de lo serio y lo profano. Una villa de “músicos” de apodo y vocación. Tal vez menos de lo que se cuenta, pero también más de lo normal en pueblos de su tamaño.
       La ópera, la representación del arte total con todas las de ley lírica y escénica, nunca se pudo catar. Compañías en guerrilla y representaciones en pertrecho, pese a los nombres ilustres, fueron todo lo que por aquí llegó. Avilés debió esperar. Lo hizo hasta que, en 1920, el Teatro Palacio Valdés, de cuya azarosa historia ya hemos escrito bastante en otros lugares, fue realidad y allí sí que la cosa era como mandaban todos los cánones. Hoy, ver en sus carteleras afiches operístico no diré que es normal, pero sí que no es extraño. Pero hubo mucho recorrido hasta esa meta.
       Por eso, cuando el 11 de junio de 1921 el teatro Palacio Valdés alzó su telón para que se asomara una “Tosca” de Puccini, el acontecimiento no fue sólo de gran altura artística, fue realmente una primicia histórica. La primera ópera con una representación cabal, en elenco y posibilidades escénicas. En un teatro, nunca mejor dicho, “a la italiana”. Hecho a la medida de la burguesía local: con poca embocadura, pero mucha apariencia. Entonces su calle se llamaba del siglo XIX, pero aquello era un salto al siglo XX de la cultura.
       Todo hacía pensar que se trataba de una representación de “primo cartello”. Una compañía formada por elementos de los que representaban en el Teatro Real de Madrid, y con casi todo su atrezzo y equipamiento escénico. Pocas fechas antes ya se había mostrado muy solvente en el gijonés teatro Dindurra. Al frente de la misma iba un valor en alza: Giacomo Lauri Volpi, otro tenor romano, cuya carrera había retrasado la Primera guerra mundial, pero que, cuando llegó a Avilés, estaba a punto de debutar en el Liceo de Barcelona y en La Scalla de Milán.
       Gran cartel para una villa modesta. Levantó enorme expectación entre los aficionados a la música y entre los aficionados a ver y ser vistos. Así lo sufrió Vallina, el conserje del teatro, a quien las reservas de abonos para las funciones de sábado y domingo (“Tosca” y “Aida”) trajeron de cabeza durante días. Para todos una verdadera representación de ópera era novedad en Avilés, y “Tosca” una obra de la que se conocían sus partituras y su argumento por el cine, el fonógrafo y hasta los cilindros de los pianos de manubrio. De “Aida” nada hacía falta decir.
No defraudaron los cantantes de “Tosca”. No lo hizo Lauri Volpi, ni lo hizo la soprano Ros ni el barítono Frau ni el caricato Fernández que, dicen las noticias, estuvo un tanto pasado de gesto. Pero todos rayaron muy por encima de coros y una orquesta bajo el proscenio en un mal día.
        Se respetó “Tosca”, se degustó con la fruición de la novedad, pero convenció del todo “Aida”. Con la obra de Verdi el público de Avilés creyó haber llegado ya a la altura de las grandes capitales y se abandonó a la contemplación de un gran espectáculo en la confianza de que la plaza y su flamante teatro lo merecían.
Tal vez en lo de “Aida” hubiese contribuido la actuación del barítono Gijónes Servando Bango, de recuerdo tan potente como su voz, que cantó y encantó al respetable en su papel de Amonarso, siempre clamando venganza. No le fueron a la zaga, según los gustos del público avilesino, el Tenor Enrique Álvarez como Radamés ni las señoras Viñas y Vergara. Coro y bailables otra vez por encima de las posibilidades de la orquesta.
        Una noche memorable. Se recordó durante mucho tiempo, el mismo que duraría la dieta belcantista. Tantos años como los círculos de buena sociedad y de aficionados comentaron aquella noche que Lauri Volpi cantó en Avilés.
         Lo que son las cosas, el tenor romano, después de su boda con la soprano María Ros, acabó afincándose en la ciudad valenciana de Burjassot, donde murió tras una larga carrera, en 1979. Y, si ustedes miran ahora un plano del callejero de Valencia, se darán cuenta de que la calle dedicada al tenor Lauri Volpi, va a encontrarse con la gran Avenida del General Avilés.
        En fin…

EL MÉDICO INFELIZ

    
Maletín de médico decimonónico. Infografía: Miguel De la Madrid
   Tras este título de cuento infantil de los hermanos Grimm, libremente traducido, se oculta una historia prosaica, lejana y real. Una historia anterior a la mitad del siglo XIX, cuando ser médico en Avilés era una profesión dura y un bien muy escaso. Y larga, sobre todo muy larga.
Las historias que esta serie cuenta tienen que ver con noticias que, de una u otra forma, tuvieron eco en los medios de comunicación, pero la de hoy viene de un momento en el que, en Avilés, por no existir no existía ni imprenta. No había periódicos, por tanto. Las noticias, sobre todo las oficiales, tenían un cauce para hacerse presentes, un medio formal: la “Gaceta de Madrid”. El Boletín Oficial del Estado de entonces. He aquí cómo, tirando de un hilo tan frío y tan lejano, podemos llegar a reconstruir, no sin esfuerzo, una historia cercana.
La noticia es del 16 de noviembre de 1841. Ya llovió. Y como entonces dicen que llovía aún más, era el peor momento para quedarse sin médico, a las puertas de que el invierno sembrase de virus el lugar para deleite de La Parca. A pesar de eso la Gaceta decía que la plaza de  médico titular de la villa de Avilés, dotada con 6.000 reales anuales, se hallaba vacante y que los que gustasen optar a ella tenían dos meses para presentar sus solicitudes en la secretaría del ayuntamiento de Avilés.
¿Qué había pasado? ¿Por qué Avilés se había quedado sin médico? Lo normal es que fuese por muerte o por jubilación. Eso no sería noticia para contarla hoy, pero la investigación de esta pista, en apariencia vulgar, demostró ser todo menos eso. Ocultaba una historia curiosa que comenzó unos meses atrás.
Fue cuando el médico titular de Avilés, que lo era por entonces José Rodríguez Villargoitia, decidió que ya no lo sería más. Que renunciaba y que lo hacía entre enigmáticas razones que no quería detallar, siempre con alusiones a penosas causas “conocidas de todo el mundo”. Y así se despidió de los regidores avilesinos, desde Pravia y por carta.
A los señores del Ayuntamiento Constitucional de Avilés el anuncio no les gustó ni poco ni mucho ni nada. Quedarse sin médico era asunto de poca gracia. En la Asturias de entonces eran rara especie, sustituida muchas veces por Intrusos del más variado pelaje, desde los más misteriosos ensalmadores a los curiosos de toda la vida. Eran tantos que, en 1847, hubo de abrirse un registro de intrusos para que los ayuntamientos comprobasen títulos y fraudes.
Los no titulados eran hábiles en componer huesos, reparar calamidades de la vida cotidiana o recetar cocimientos y fervediellos, pero poco eficaces para sanar algo más complicado que la patada de una vaca. Dese luego, ninguno de ellos atesoraba conocimiento académico alguno, ni pertenecía por derecho al personal de las ciencias de curar. Pero tenían fama y clientela, entre otras cosas porque, en algunos concejos de la comarca como Illas y Corvera, no había médico de ninguna clase y acudir a los médicos de los concejos limítrofes, si es que se tenía dinero para ello, era llegar tarde.
Intrusos los ha habido hasta hoy en todas la profesiones, incluso en la de contar la Historia. En aquel lejano tiempo con ellos se vivía pues, como queda claro, entonces el médico era un artículo de lujo, por escaso y por necesario. Sólo por Real Decreto de 5 de abril de 1854 su presencia se aseguró con la organización de los partidos de médicos (para poblaciones de más de 200 vecinos) cirujanos (para las mayores de 100) y farmacéuticos (para las superiores a 1.000). La cosa no mejoró demasiado entonces, pero nuestra historia habla de quince años antes, cuando era mucho peor aún.
En tan sombrío panorama lógico es que a los repúblicos avilesinos no les gustase la unilateral decisión de Villargoitia. Peor que se despidiese “a la inglesa”,  abandonando a la ciudad y su puesto de médico titular sin permiso del ayuntamiento, y mucho peor aún, dejar en el aire que todo el mundo sabía la razón. Ellos insistían en que no. Y pidieron explicaciones que, si era necesario, habían de llegar por medio del alcalde o el juez de Pravia. Avilés seguía sin médico y sin causa aparente de tal carencia. Villargoitia tuvo que explicarse, otra vez, y la cosa no mejoró.
Entre las enigmáticas razones que llegó a esgrimir asomaron cosas como que tenía que librarse de “impresiones dolorosas que atacaban mi ánimo y mi salud”. Decía que había tenido que sufrir odios, injurias y amenazas urdidas clandestinamente por algunas personas y que, además, todo eso era “voz pública”. Se iba, intentando recuperar el sosiego y la salud y dejando un deseo flotando en el aire para su sustituto: “plegue al cielo que la ocupe quien pueda ser más feliz y quien pueda contribuir más al bienestar del Pueblo, que el que por última vez dirige esta su renuncia”.
 No había que ser un genio para darse cuenta de que, por encima de todo, aquel médico era infeliz. Que, por lo que fuere, Avilés no había sido su destino perfecto. Que se estaba abrasando en las calderas del infierno grande que era aquel pueblo pequeño. Todo eso estaba detrás, pero él seguía parapetado en aquella corta explicación.
No coló. Sus razones no fueron suficientes para convencer a los del Ayuntamiento. Rechazaron la renuncia. Intentaron que volviera, pero sabían también que la cosa era difícil. En el intento, y para que Avilés no permaneciese desatendida, ofrecieron la plaza interinamente al vecino de Oviedo Ignacio José López, antiguo médico cirujano de Pola de Siero. De inmediato hubo acuerdo en ocho de las nueve condiciones del contrato y empezó a prestar servicio. El Jefe Político de la región acabó declarando la plaza vacante por enfermedad “de cuerpo y de ánimo” del antiguo titular.
Y así la noticia llegó a la Gaceta de Madrid. Hubo que anunciar la vacante y convocar a todos cuantos estuvieran interesados en presentarse a ella. De esa manera entró 1842. Avilés seguía con un médico en precario que, para colmo de males, la Diputación de Oviedo trasladó a la capital para que ayudase en el reconocimiento de los “quintos” de ese año. El Ayuntamiento de Avilés no podía permitirse sustituir al sustituto y logró que la Diputación renunciase a sus pretensiones mientras la selección definitiva seguía su curso.
Fueron quince los médicos interesados en la plaza de Avilés. Llegaron peticiones de toda España. El Ayuntamiento pidió informes sobre todos a colegios, ayuntamientos y universidades. Sobre su conducta y adelantamiento en el desempeño de su carrera. Del uno al otro confín al norte de Madrid llegaron respuestas: de Avilés, Cangas de Onís, Valladolid, Madrid, Sahagún, Villarramiel de Campos, León, Real Sitio de San Ildefonso, la Coruña, Mondoñedo y Salamanca.
Finalmente la plaza fue para el interino. El Ayuntamiento le valoró como mérito esa interinidad a Ignacio José López, que pasó a ser médico titular de esta villa y su concejo. Pero Avilés no pareció cerrar la situación. Ese mismo año, otra vez la Gaceta, anunciaba nueva vacante, en este caso del médico-cirujano titular, Pedro Luis Martínez.
En la letra del anuncio quedaba escrita la peripecia y también la penuria de los galenos de aquella época. Había desempeñado el cargo durante cincuenta años. Tenía más de noventa y la causa de su retiro eran “las continuas dolencia y operaciones dolorosas” por las que “se hubiese inutilizado”. Así, exhausto, tuvo derecho a una pensión de 200 ducados de los 400 que cobraba. Poco tiempo le quedaba para contarlos.

Como ven, la ocupación de médico de pueblo no era envidiable entonces. Se moría con las botas puestas y, a lo peor, no había otro médico titulado para asistir en aquel último momento. No era una profesión para ser muy feliz.