Hace más de veinte años que la historia local es una de las líneas de investigación de 

Juan Carlos De la Madrid.

Los textos que aquí se recogen corresponden a una serie publicada en las páginas de La Nueva España. Resume las aportaciones de sus muchos libros sobre Avilés e incluye noticias jamás publicadas. Su idea es mostrar como el difícil carácter de esta ciudad bipolar, siempre amiga del frentismo y de las dobles versiones, tiene un origen remoto que coincide, más o menos, con la aparición de la prensa. Noticias de los siglos XIX y XX, unas grandes y otras de apariencia modesta, se recuperan aquí para viajar al nacimiento de historias varias y toparse con muchas explicaciones y algunos problemas aún sin resolver en el Avilés actual.

Otros blogs del autor:

Playas frías.
La herencia de los siglos.
Varietés.
Una patria posible. Fútbol y nacionalismo en España.
La carrera de América.
Plagio y copia 
La historia de andar por casa







QUINCE AÑOS DE 1000 AÑOS


Las cuatro ediciones de Avilés. Una historia de Mil años entre otros libros del mismo autor sobre  esta ciudad.

          

             Tal día como mañana hará tres lustros que salía a la calle la primera edición de Avilés, una historia de mil años. Se celebraba el Día del Libro del año 1997. Ahora, que se vuelve a celebrar ese Día, hemos decidido ampliar la conmemoración con el nacimiento de una serie de artículos. Es un festejo. Se trata de recordar la aparición de aquella obra escribiendo una temporada sobre la historia de Avilés.
            Como todos los lectores pueden imaginar, aquel trabajo fue muy importante para su autor. Es muy difícil hablar de Una historia de mil años teniendo en cuenta que su autor y el de este artículo son la misma persona, pero callar sería una injusticia con un texto que ha marcado un antes y un después en el estudio de la historia de Avilés.
            Tradicionalmente la historia local, en casi todas partes, era terreno para eruditos y curiosos. Gente con buena voluntad, pero sin formación en esta materia, que se encargaba de recopilar, con su gusto personal, anécdotas, imágenes, documentos y reliquias varias del pasado de la villa. Crónicas, hijos ilustres, sucedidos o fábulas que pasaban por ciertas, se ensartaban sin criterio científico, para contar solo lo bueno, local y lejano. Pocos conflictos. El siglo XX no existía, más allá de alguna fiesta o esclarecido hijo. Los pueblos no se situaban en el mundo.
Sin duda esta era una opción respetable y hasta agradable, pero no profesional. Una historia de mil años fue otra cosa. Una historia total. Científica, moderna, e inserta en las novedades de la investigación. Es, en realidad, la única historia de Avilés completa y redactada con criterios profesionales.
Esa obra es la responsable de la preocupación reciente por el patrimonio y la historia de Avilés. Una materia que, cuando nació, despreciaban algunos de los que hoy se sirven de ella. Ahora le interesa a toda una generación de vocaciones tardías de ignota procedencia, a las autoridades, a los medios de comunicación, a los editores y hasta a la calle.
Una historia de mil años es también el creador de una marca. Esos Mil años de historia urbana que, en efecto, han dado un título, un capital y un orgullo a Avilés. Y mucho de que hablar. Es un símbolo que otras investigaciones se encargarán de matizar más temprano que tarde. Ya no es raro que jóvenes investigadores, con formación y empuje, dediquen sus trabajos a Avilés. Pero esa marca continuará siendo una referencia fundamental para saber quienes somos. Una villa milenaria.
La serie que hoy comienza es, como digo, un festejo, pero también es un recuerdo a otros trabajos. En primer lugar a Paralelo 38, hijo reconocido de Una historia de mil años que, antes de ser libro, nació como una serie aparecida en las páginas de La Nueva España. Hace ya 12 años. Será un ejemplo en cuanto al estilo. El mismo tipo de artículo. A la vez informativo, divulgativo y con un enfoque periodístico y literario. Que se lea sin dificultad y que informe de cosas a veces muy pequeñas, otras no tanto, pero que siempre merezcan la pena.
 Para ello he vuelto la vista atrás repasando otros libros que han marcado mi quehacer: El patrimonio artístico de Avilés, Cuando Avilés construyó un teatro, El Eco de Avilés, Cien años en primera página, Un siglo de recortes, Prensa y sociedad en una villa del Cantábrico… Es justo recordarlos también cuando se habla de su hermano mayor. Llevan la celebración aún más atrás de esos redondos 15 años. Los recordaré usando algunos de sus materiales y aportando otros totalmente nuevos.
A diferencia de Paralelo 38 esta serie no seguirá un orden cronológico. Aquella tenía la misión de retratar, de forma ordenada, el siglo XX. En esta los artículos irán saltando en el tiempo con el fin de darle mayor interés. De hacerla menos previsible y más entretenida al fin.
Que no tenga un orden (cronológico) no quiere decir que no vaya a tener un concierto. Desarrolla una idea fija. En estos tiempos tan duros, de crisis económica y parálisis generalizada, en nuestra tierra ha vuelto a aflorar el frentismo y el desacuerdo. Siempre ha sido mi teoría que ese espíritu viene de lejos. No tanto como mil años, pero sí como dos siglos. Aparece en el momento que los intereses se vuelven ideologías que hay que defender cara a la opinión pública.
Esta serie nace para retratar esos tiempos lejanos buscando una explicación a los presentes. Para contar acontecimientos de los siglos XIX y XX. El nacimiento de la prensa, de la opinión publicada, será el pivote sobre el que bascule todo lo que aquí se va a contar. Es su límite remoto y es su referencia formal. Estos artículos se llamarán Noticias que hacen historia. Son, por tanto, el producto de la intersección entre la historia y la prensa.
Y como hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, si algún día se pierden la entrega, podrán recuperarla sin dificultad en un blog. Allí todos estarán recogidos en la dirección que al pie de cada artículo se publica.
Pues eso. Que hace 15 años de 1000 años y en los domingos que siguen a éste se va a celebrar de la mejor forma posible, contando episodios de la historia de Avilés para quienes tengan la cortesía de leerlos. Son noticias de la historia; noticias que hacen historia.
            El domingo nos vemos. 
                                                                                       

                                                                                    Publicado en La Nueva España, en 22-IV-2012.




CON EL JALEO DEL TREN. Viaje a los orígenes de la ciudad bipolar


Los dos garrotes que enmarcaron la llegada del ferrocarril y de otros proyectos importantes para Avilés, sirven aquí de palio a la primera locomotora 
(montaje: Miguel De la Madrid).


La llegada del ferrocarril es la metáfora del Avilés contemporáneo. El de la villa que busca el proyecto definitivo que la lance al progreso, pero que, cuando lo tiene a tiro, es incapaz de ponerse de acuerdo. Los intereses y la opinión cavan sus trincheras y el tiempo se pierde en largas guerras de posiciones y victorias pírricas. Ningún avance. Al final, cuando se levanta el campo, no queda más que un paisaje devastado por los obuses. Las divisiones internas malogran el presente y complican el futuro. Y así pasan los siglos.
Todo empezó un veintitrés de junio de 1889. Era domingo y era de noche. Noche de San Juan. En la plaza de la Constitución, frente al ayuntamiento, aguardaban grupos dispersos de hombres en espera de la danza de mujeres que retornaba de Rivero. Como dicen las coplas de la danza prima, esa noche había que dormirla con cuidado.
No muy lejos de allí, en el campo de Caín, otros que no dormían iban formando una tropa singular. Sabugueros, aldeanos del contorno, liberales teverganos y trabajadores de las obras del puerto. Una arenga y en marcha. Llevaban garrotes y navajas. Hubo testigos, sin duda exagerados, que entre la oscuridad de la noche quisieron ver trescientas sombras. Muchas sombras parecen. Pocos no eran. Ascendieron a buen paso la calle de La Cámara y entraron en la plaza como cuña gigante que arremetió contra los grupos dispersos de quienes esperaban para escuchar y repetir coplas satíricas por el asunto del ferrocarril. Carreras, insultos, cristales rotos en casas de Rivero, El Muelle, y el café del Louvre. Golpes, muchos golpes, mientras las autoridades miraban para otro lado. Hay quien dice que dos tenientes de alcalde y un concejal encabezaban la tropa. Tanto da. Sólo al día siguiente el gobernador de la provincia envió doce guardias civiles a las órdenes de un teniente. Ya era tarde. La refriega había dejado diez heridos y una llaga difícil de cerrar que partía en dos a una villa a punto de estrenar un siglo nuevo.
Ese siglo llegaba antes de tiempo. En el verano de 1890, con el ferrocarril, el progreso moderno anticipaba la centuria venidera. Ésa fue la causa del enfrentamiento. Los intereses políticos y económicos se hicieron garrote y, con él, los cantistas del marqués de Teverga lograron dominar a la otra parte de Avilés que quería edificar la estación en La Industria, solar más propicio a los intereses del resto de caciques, encabezados por el marqués de Ferrera. Las manos fueron el final de una larga pendencia, pero también el principio de una lucha de intereses que tiñó de ira toda la primera década del siglo XX.
Este pórtico sirve de guía útil para que cada quien vaya interpretando la historia más reciente de Avilés manejando unas claves que no han dejado de repetirse desde entonces: progreso y regreso, proyectos y antiproyectos, caciquismo irreconciliable, puerto y ferrocarril, división imposible de soldar.
El progreso de las condiciones más óptimas en las que murió el siglo XIX y empezó el siglo XX, que acabó gastándose de inmediato cuando la suerte cambió y el puerto de El Musel ascendió entre la incapacidad de los avilesinos para aprovechar sus mejores bazas.
A lo largo de los años siempre ha sido así. A una fase de progreso, a veces casual, le sigue una fase de regreso, de decadencia, en la que la ciudad queda sonada por los golpes del infortunio sin saber como levantarse. A principios del siglo XX fue por el ferrocarril y el puerto, al final del siglo por la siderurgia. Nace el siglo XX en la abundancia y muere en la escasez. Llega el XXI con las mejores promesas y se topa con las peores realidades.
El caciquismo, las banderías, los propagandistas envidiosos, ignorantes y resentidos, los proyectos no conseguidos, los políticos de corta talla y tosco talle para sortear dificultades, se venían fraguando desde mediados del siglo XIX y llegaron, con variaciones, a pervivir a lo largo de todo el siglo XX. Una clase dominante bien asentada vio ascender al grupo de los débiles atrincherándose en su poder y controlando sus propios intereses, casi siempre económicos, para arrojarlos sin misericordia al contrario con desprecio por la prosperidad de la villa.
Siempre hubo al menos dos grupos. Dos entre los poderosos o el de éstos y los débiles. Jamás hubo acuerdo. Nunca objetivos comunes. La envidia y el exterminio del contrario fueron las manos que movieron los garrotes de final del siglo XIX. Las que empuñaron las venganzas de la guerra civil en el XX. Las mismas que a finales de ese siglo fueron incapaces de sumar y no restar, de acordar y no confrontar, de colocarse bajo la misma bandera para dar salida a los muchos males de la ciudad.
Y al fin todo volvió: el problema del ferrocarril, el de dónde poner la industria, el de por dónde hacer crecer la ciudad, el de hacer grande a un puerto que siempre ha sido pequeño, el de apostar por un proyecto de todos para afrontar el siglo XXI.
El principio es el final. Aquí se ve como era necesario irse a aquella lejana noche en la que los caciques y los garrotes fueron los mismos que se arrastraron a lo largo del siglo en Avilés.
Todo había empezado en aquella noche de San Juan.  
                  

                                                                          Publicado en La Nueva España, 29-IV-2012




ABAJO PERISCOPIO


El terror de la Gran Guerra hizo imaginar amenazas letales desde las profundidades de Avilés
Infografía: de Miguel De la Madrid.

         El 8 de mayo de 1915 los titulares de una edición extra del “The New York Times” gritaban al mundo en grandes caracteres: “El Lusitania hundido por un submarino, probablemente 1.260 muertos; dos torpedos lo hundieron en 15 minutos frente a las costas irlandesas; Whashington cree que se avecina una grave crisis”. La primera de las guerras planetarias y, con ella el rumbo de la historia, estaban a punto de cambiar. Y ustedes se preguntarán ¿Eso que tiene que ver con Avilés? Mucho. No se impacienten, que habrá para todos.
Sabido es que España permaneció neutral durante la Primera Guerra Mundial, mientras su sociedad se dividía entre germanófilos y aliadófilos. Pero eso no quiere decir que la guerra no influyera en España, en su economía y en sus negocios. Que se lo digan a Victoriano Fernández Balsera y a esos bellos almacenes que, achacosos y desaprovechados, aún se asoman a la ría. La neutralidad permitió vender a los países en guerra, fue un período de prosperidad fugaz muy mal rentabilizada, pero próspero al fin.
La neutralidad le daba a España un privilegiado papel de observador. Se seguía la guerra. Los periódicos informaban desde sus primeras del movimiento de los frentes, de todas las acciones y las previsiones. Esas mismas informaciones provocaron el despegue de los noticiarios en el aún joven cinematógrafo. El público, también el de Avilés, sabía mucho de trincheras, de ofensivas y de emboscadas, pero lo del Lusitania era distinto, una primera vez, y tuvo enormes consecuencias.
La guerra submarina fue una de las novedades que trajo aquella enorme contienda. El recurso con el que los alemanes contrarrestaron el poderío de la Armada británica “cazando” barcos de suministros en el Báltico y el Atlántico. Pero el Lusitania no era un carguero, sino un trasatlántico lleno de civiles. Los alemanes se enteraron de que llevaba la panza llena de municiones norteamericanas y no tuvieron piedad. 1.198 víctimas: 785 pasajeros (94 niños) y 413 tripulantes. 124 norteamericanos. Hay quien dice, todavía hoy, que es un asunto sin resolver. Que si, además de los torpedos, hubo una explosión interna. El centenario de la Gran Guerra llena al suceso de esos misterios y conspiraciones que tanto gustan a la moda actual, pero lo cierto es que, entonces, abrió un nuevo período en el que cualquiera podría ser un objetivo militar y, además, dio argumentos a los partidarios de que los Estados Unidos entraran en la guerra.
A partir de aquello, en Asturias como en otros lugares, una psicosis colectiva se apoderó de nuestros paisanos y de sus periódicos, plagados a diario de noticias sobre la guerra submarina. Y aún más. Se creyeron objetivo militar, diana de los próximos torpedos, escenario de un inminente desembarco. Su suponía que, para que los súbditos del Káiser extendieran su guerra submarina, necesitaban bases de aprovisionamiento en la costa, pues aquellos primeros submarinos eran lentos y de corta autonomía. A partir de entonces se empezaron a ver, a imaginar y a denunciar espías por doquier. Y las páginas de los periódicos lo reflejaron, dejando pistas de casos que les parecieron muy claros. Por ejemplo, alguien vio a un alemán haciendo fotos y tomando apuntes en Covadonga, a otro fotografiando y anotando lo que veía en la Campa Torres gijonesa, o a un último teutón al que algunos localizaron explorando calas, radas y ensenadas de Llanes… Era un hecho: había alemanes en la costa.
En Avilés la cosa fue incluso peor. Los meses inmediatamente posteriores al hundimiento del Lusitania coincidieron con el clima descrito y con dos acontecimientos peligrosos. Sobre todo a finales de julio cuando, entre el 22 y el 26, visitaron nuestra villa la infanta Isabel, en largo periplo por el Norte, y el crucero protegido de tercera clase “Río de la Plata”. Dos objetivos militares de primer orden para quien quisiera ver conspiraciones nibelungas detrás de cada mato.
Mucho cuidado, todos alerta al peligro. Como si el cañón de Avilés, que ahora sabemos es tan profundo, fuese una gigante base de submarinos germanos. Tantos buceaban por aquí, según algunos, que no sería raro que algún pescador, estando a calamares, al tirar de la potera sacase una escotilla teutona. Si algún cinéfilo entre los lectores de esta serie ha visto “1941” de Steven Spielberg me entenderá.
En las costas próximas a Avilés había quien oteaba el horizonte, día y noche, por si un submarino alemán subía el periscopio. Y otros que, con más imaginación que vergüenza, lanzaban al aire aventuras y amenazas más propias del capitán Nemo que de la villa del Adelantado. De todo eso hace ahora, precisamente, cien años.
 El asunto llego hasta la prensa madrileña. Los papeles de la capital le dedicaron espacio entre las informaciones más rigurosas. Según el periódico “El Mundo”, durante las noches se veían sospechosas señales luminosas frente a Santa María de Mar. ¿Reflejos de un faro lejano? ¿Fuegos de San Telmo? ¿La casualidad? Nada de eso. En la Concha de Artedo un submarino alemán, de correría por el Cantábrico, hizo escala para que el vapor bilbaíno “Marcela” le llevara cincuenta toneladas de gasolina en arriesgada maniobra de acarreo realizada por cuatro barcas del lugar. Según esta misma fuente, los lugareños y sus lanchas trabajaron toda la noche haciendo viajes hasta donde estaba fondeado el pez de acero. Por cierto, a 100 pesetas por cabeza. Otra cosa no, pero rumbosos sí que eran los marinos alemanes.
Y había más. Según el informante misterioso de aquel viejo rotativo, otro sumergible había merodeado por las costas de la comarca hasta recalar en San Juan de Nieva, donde hizo noche y repostó gracias a otro barco desconocido que se acercó hasta él cargado de gasolina. Y si era testigos lo que se necesitaba, que le preguntasen a los avilesinos que, por la mañana, se acercaron al submarino en una pequeña embarcación. Claro que, cuando estaban a punto de alcanzarlo, el submarino, en zafarrancho vertiginoso, recogió todas las señales, metió lastre y bajó al fondo sin dejar rastro. Hasta hoy.
Nadie logró jamás encontrar a aquellos agentes dobles, a los espías del Káiser que vivían, como si tal cosa, entre los avilesinos. Aquellos remeros, de la noche y de la mañana, de Artedo y de San Juan, que, se supone, salían a la anochecida con faroles para hacer señales al horizonte hasta que el buque abisal se dejaba ver en la superficie y luego no, como un monstruo del lago Ness cualquiera.
 A todo esto, la infanta a lo suyo, a dejarse agasajar por las autoridades, a entrar bajo palio en las iglesias y a encabezar grandes caravanas automovilísticas que tomaron el pueblo sin riesgo alguno. Es posible que un par de torpedos acecharan bien engrasados muy cerca, prestos a salir de sus tubos con una carga letal. Nunca lo sabremos. Aunque, entre nosotros, pueden sospechar que se tratara más de buques fantasma que de otra cosa. Así que, como hizo la infanta, ni caso. En el palacio del marqués de Ferrera y San Muñoz, la hija de monarcas prestó más atención a la langosta en salsa tártara y al tournedó Rossini que a aquellas noticias que la guerra y la imaginación de alguno hizo circular por Avilés y por Madrid

   Es lo que tienen los submarinos que, cuando se van al fondo, écheles usted un galgo. Y luego, si te he visto no me acuerdo y si te lo digo no me crees. 

FRONTERA DE VAPOR

Grabado de la llegada del ferrocarril, a partir de fotos de Duarte. Unos festejos que dividieron a Avilés. Infografía Miguel De la Madrid.

    El estudiante José Menéndez Parra garabateaba con presteza y con habilidad agazapado en una esquina del teatro circo Somines. Usaba taquigrafía y así lograba escribir a la misma velocidad que discurseaban los oradores. Una gran ayuda para que, todos los plumillas que se había traído de Madrid el marqués de Teverga, pudiesen luego lanzar incienso y ganar albricias contando al mundo la magna obra. Sobraban discursos y faltaba muñeca para copiar. Además del emocionado marqués, alzaron su copa y su palabra otras catorce autoridades y dignidades diversas.
     La casa por la ventana, en un enorme gasto que el periódico madrileño "El Liberal" atribuía al ayuntamiento "que todo lo hace con igual esplendidez". Eran los liberales, "Sanmiguelistas" y "Cantistas", los que tenían tan espléndida mano para sacar  dinero de las arcas de todos y homenajearse a sí mismos, trayendo hombres y viandas de Madrid y colocando un gran arco en la calle, gasas, guirnaldas y telas transparentes en el Somines. Pero también había colaborado el comercio de la villa en los gallardetes y colgaduras que adornaban Avilés. El tren ya estaba aquí y todos pensaban estar asistiendo a uno de esos días que harían cambiar la historia.
     Por muchas razones, parece que fue ayer. Ciento veinticinco años desde que aquella primera locomotora lanzara al cielo de la villa el vapor de su caldera. Una humareda que no se perdió en la grisura ni se disolvió con la traidora lluvia de julio. Quedó en el aire para escribir la página gloriosa de aquel día y para continuar otras no tan memorables que ya venían escribiéndose tiempo atrás.
      El tren silbó por primera vez y muchos avilesinos le cambiaron silbidos por aplausos, mientras otros respondían con más silbidos. Y con pedradas. Una frontera se abrió en medio de la ciudad. Ya existía, pero aquel día, pintada de vapor, lució mucho más.
Fue una frontera para el progreso. Con el ferrocarril las posibilidades de Avilés se multiplicaban al poder conectarse por vía férrea con la Meseta y embarcar por su puerto el carbón de las cuencas mineras. Y Llegaba casi al mismo tiempo que la nueva dársena de San Juan de Nieva. Puerto y ferrocarril eran la misma cosa.
      Fue también frontera entre la realidad y la ficción, trayendo al mundo, al fin, un proyecto ferroviario. Otros muchos habían quedado antes en el limbo, viendo pasar la cigüeña, sin que ésta se decidiera a hacerlos nacer. Una historia larga.
Comunicar los puertos asturianos con la Meseta y el carbón con el mar, era un proyecto añoso, distinto en función de la elección del puerto de destino. Hubo dos posibilidades, una para cada cuenca minera: unir Mieres con Avilés, o unir Langreo con Gijón.
En 1843 una compañía anglo-francesa, la "Asturian Mining Company", trazaba los planos para unir Mieres con el puerto de Avilés. Al año siguiente, algunos financieros proyectaron unir Langreo y Siero con Gijón y Avilés. Era 1845 cuando la Compañía Minera Cántabra de Madrid levantaba las trazas para un ferrocarril de San Martín del Rey Aurelio a Avilés. Finalmente, el 23 de noviembre de 1864, Juan Manuel de Manzanedo remataba un proyecto de ferrocarril para unir León con Avilés, pasando por Puente los Fierros y Mieres.
      Muchos proyectos y muchas esperanzas, pero lo cierto es que un entramado económico y político operaba en contra de nuestra villa. Ni siquiera la monarquía fue ajena al asunto pues, en tiempos de la reina madre María Cristina, pesaron los intereses de su marido, Fernando Muñoz, Duque de Riánsares, muy interesado en un ferrocarril que sacase el carbón de sus concesiones de la cuenca del Nalón. El proyecto de Mieres se hizo fracasar desde Madrid y, con él, las opciones de Avilés en favor de los intereses económicos que planeaban cercanos a la Casa Real. Un duque, marido de una Cristina.
Como había sucedido en el siglo anterior con el final de la carretera de Castilla, el puerto elegido por el gobierno español no fue Avilés sino Gijón. Y hasta allí se dirigió la primera locomotora de la línea que partía de Madrid en 1884. A nuestra villa no le quedó más alternativa que agitar el pañuelo. Muchos trenes y ninguna estación en Avilés, así que pasaron de largo.
Y siguieron pasando hasta que uno, con veinte años de trayectoria a sus espaldas, se detuvo. Fue entonces, en 1881, cuando se adjudicó la concesión a la sociedad Crédito General de Ferro-carriles, con una subvención del Estado de 1.260.000 pesetas. En 1887 la Compañía del Norte tomó a su cargo esa concesión después de tener asegurada, además de aquella subvención del Estado, otra especial del ayuntamiento de Avilés de 420.000 pesetas. Jugaron dos marqueses: el diputado del distrito, Marqués de Teverga, hábil para conseguir recursos públicos, y el Marqués de Comillas, hábil para proteger sus recursos privados, pues quería abastecer de carbón, desde Avilés, a los vapores de su Compañía Trasatlántica.
      Es decir que, por fas o por nefas, se había decidido que el ferrocarril llegase al fin hasta Avilés y con él se sobrepasase la frontera del progreso, pero, de inmediato, se levantaron otras.
      Ya se sabe que, en esto de la ingeniería de caminos de hierro, la línea recta tal vez no sea la distancia más corta entre dos puntos, especialmente si el tiralíneas está en manos de caciques. Traer el ferrocarril implicaba decidir el proyecto, describir el trazado y situar la estación. Es decir, todas las cosas por las que en Avilés se discutió. Todas por las que se levantó la nueva frontera entre dos bandos irreconciliables.
Riñeron primero "serinistas" y "villabonistas", por el lugar donde el ramal de Avilés enlazaría con el de Oviedo-Gijón. Más tarde, el trazado por Avilés enfrentó a quienes defendían la margen derecha de la ría frente a la izquierda, pensando que el tren arrastraría el puerto al otro lado de la ría (como hoy). Y luego ya, eso lo hemos contado muchas veces, los "industriales" del marqués de Ferrera, frente a los "cantistas" del marqués de Teverga, por ver si la estación se instalaba donde está hoy, o se edificaba, más o menos, donde está el apeadero de FEVE ("la Industria").
      Y estalló la guerra. Y se llegó a las manos que, casualmente, portaban garrotes. Me refiero a aquella sanjuanada avilesina de 1889 en la que, al abrigo de la luna, los partidarios del marqués de Teverga sembraron la noche de cristales y cabezas rotas y firmaron con tinta roja la división política de la sociedad avilesina que, al mismo tiempo, describían ya con tinta negra sus primeros periódicos.
     Sólo hacía un año de tan violento encuentro. Los que entonces se vieron molidos a palos, los "industriales", silbaron o tiraron cantos a los "cantistas" y al propio tren. Los caciques y el rencor guiaban las manos de unos y de otros, pero, fuese la lluvia, la algarabía, el arco en honor al marqués de Teverga o la evidente importancia del día, el tren se impuso a la riña pueblerina y acabó siendo una ocasión memorable que escenificó su reconciliación, para la galería, con el nacimiento de las fiestas de El Bollo tres años después.  
      Así volvemos al Somines y a José Menéndez Parra, con dolor de muñeca. Corriendo tras la palabra de los alcaldes de Avilés y Oviedo, de los representantes de la iglesia, la Universidad, la prensa, la sociedad, la política y al fin del propio José García San Miguel. Todos satisfechos y bien comidos, arrimando la inauguración a su gestión política.
      Y así llegamos al día de hoy. El siglo XXI se sigue pareciendo al siglo XIX. La misma frontera que un día fue de vapor hoy es de hierro y desacuerdo. Los proyectos se discuten y los repúblicos se pelean viendo pasar los trenes y los años, siempre al mismo lado de las vías, que siguen en el mismo sitio y no hay manera de acordar en que otro sitio se tienen que poner.
      Parece que fue ayer.

DOS MESES QUE ATERRORIZARON A AVILÉS (Y II)

Antiguos depósitos de Valparaíso, hoy mucho más cerca del centro de Avilés que a principios del siglo XX. 
Infografía Miguel De la Madrid.

      Para muchos era un secreto a voces, deformado y hasta utilizado por alguna prensa de forma sensacionalista, pero al fin, cuando sólo se llevaban quince días de aquellos dos meses fatales, la infección tífica era noticia. El terror. La crónica continúa.

Marzo. El primero de mes concluían las especulaciones y los paños calientes. El alcalde contaba la verdad por escrito: Avilés estaba invadida por fiebres tifoideas. Sí, era cierto, y había que tomar precauciones. Profilaxis general. No se podían comer alimentos sin cocer previamente. En los recipientes de la basura no se podía sacar restos de alimentos sino sólo sus cenizas, se prohibía visitar a los enfermos y se declaraba obligatoria la vacunación o inyección antitífica para todos los mayores de dos años. Las medidas empezaban a dibujar un estado de excepción imposible de disimular.
La Escuela de Artes y Oficios funcionaba como laboratorio municipal de campaña para vacunar todos los días de cinco a siete. Pronto se amplió el horario a las mañanas. Las parroquias y las alcaldías de barrio del término municipal colgaban bandos del alcalde anunciando días y horas de vacunación en cada lugar. El pánico había salido a la calle y, pese a los intentos de lanzar mensajes positivos dentro de Avilés, la prensa de toda España ya lo sabía. En “El Heraldo de Madrid” del día 3 se leía lo siguiente:
 “En el Gobierno Civil se ha recibido un telefonema del alcalde de Avilés informándole de la gravedad de la epidemia tífica en aquella ciudad y pide se envíen médicos porque la mayoría de los de Avilés enfermaron, y los que están bien de salud se encuentran agobiados por el trabajo incesante.”
Había más de un recurso literario en esa información. La situación real no era tan grave, pero la declaración de la epidemia ya era oficial y las medidas extraordinarias continuaban. El gobernador suspendió los carnavales y envió al inspector provincial de salud, además de a un médico epidemiólogo, para evaluar el alcance de la enfermedad.
Pronto lo provisional se hizo definitivo y se organizaron los servicios médicos apoyados en la Brigada Provincial Sanitaria y en la presencia del Inspector General de Sanidad, Francisco Bécares, en Avilés hasta el 11 de marzo. Los médicos locales estaban desbordados. Eran quince. Dos ya estaban infectados y fueron sustituidos por Luis López Negrete y Antonio Fernández Mora, que se alojaban en La Serrana. Hasta el hotel había que ir a avisarlos o a dejar la papeleta de la beneficencia para que se desplazasen a las casas pobres, aquellas en las que no había de nada, salvo enfermedad.
La infección seguía progresando y no todos los llamados se presentaban voluntariamente a la vacunación. Se extremaron las medidas, incluso la de multar con 25 pesetas a quien no se vacunase o enviarlo a prisión preventiva (donde sería vacunado). Por bando de 19 de marzo se obligaba a todos los empresarios que tuviesen personal a su cargo a entregar en la alcaldía la relación de todos los vacunados y de los que se hubiesen negado a ello. Se iba peinando la Villa.
De diversas formas el auxilio de urgencia se puso en movimiento. Ya el 5 de marzo visitaba Avilés el obispo de la diócesis Juan Bautista Luis Pérez. La cosa no era como para estar tranquilo. Una suscripción pública distribuía socorros entre los más necesitados, también la Asociación Patronal hacía lo mismo entre las familias de los obreros de sus industrias. La Diputación Provincial entregó 5.000 pesetas para los mismos fines, las trajo en mano su presidente, el avilesino Nicanor de las Alas Pumariño. Las medidas subieron un escalón, desde la prevención a lo inevitable. El 17 de marzo el alcalde ya prohibía conducir a hombros los cadáveres. Ni siquiera la proyección de “El Rajá de Dharmagar”, en el Palacio Valdés, distraía del problema. Hasta Rodolfo Valentino estaba ya muerto.
Entonces a la guerra contra la bacteria se sumó la guerra de opinión que, en el fondo, era también política. Los periódicos de Avilés estaban enfrentados entre sí y con la prensa de Oviedo, que sembró la alarma. En especial “El Carbayón”, que hablaba de Avilés como foco de infección procedente de la contaminación de las aguas. El gobernador civil prohibió a la prensa hacer comentarios sobre el asunto.
El semanario local “El Progreso de Asturias”, dirigido por Julián Orbón, tomó parte activa en esa lucha. El avilesino José María Graíño Obaño, ingeniero jefe de la División Hidráulica del Miño, denunció ante el gobernador civil las obras que se estaban realizando en el manantial de Valparaíso. Luego, desde las páginas de “El Progreso”, achacaba el mal a sus aguas. Se llevó una multa de 50 pesetas por uno de sus artículos, publicado el día 13, además de las iras del alcalde de Avilés, que lo consideró un mal avilesino. Alcalde e ingeniero acabaron enfrentados públicamente, aunque ambos, desde posturas distintas, creían estar defendiendo a Avilés.
El asunto de las aguas era de la mayor importancia. La epidemia era de fiebres tifoideas, una variedad de infección intestinal provocada por la bacteria salmonella tiphy. Sólo puede infectar a los humanos y la principal fuente de infección es el agua contaminada. De ahí que Graíño, y con él la prensa ovetense, atacaran al depósito municipal de Valparaíso.
Pero la demostración rotunda no llegó. El día 15 el ovetense “Región”, que también había aventado la contaminación de las aguas, reconocía su error. El propio “El Progreso” había informado sobre un análisis hecho en un laboratorio de Gijón encontrándose un “bacilo de paratifus”. Tal análisis jamás se realizó.
A pesar de los desmentidos no se pudo evitar que, con la infección, se fueran extendiendo daños colaterales. No sólo mataba personas, también amenazaba con matar la economía de la villa en producciones típicas de una cabecera de comarca. Sucedía eso con las bebidas gaseosas y, sobre todo, con el pan. El de Avilés empezó a ser rechazado en concejos limítrofes (desde Illas a Grado) por temor a que estuviera contaminado. De poco sirvieron los llamamientos oficiales haciendo saber que las aguas de Avilés, también las que se usaban para hacer el pan, estaban completamente sanas. Los industriales del ramo padecieron la epidemia aún sin contagiarse.
Un ciento de noticias fluían sin cesar. Corría por Asturias la especie de que Avilés, toda ella, era un hospital de campaña, que la gente se caía muerta por las calles y que, para no alarmar al personal, los cadáveres se enterraban de noche, cosa que hasta los propios avilesinos creían. Con o sin exageraciones, marzo se despidió cobrándose cuarenta de las de las noventa muertes acaecidas ese mes en todo el concejo. Muchos muertos para no conocer el foco de la epidemia con certeza absoluta.
Abril. Al finalizar la primera semana del mes se daba por finalizada la epidemia, retornando los médicos de refuerzo y concluyendo el aislamiento al que se había visto sometida la villa. La suscripción pública se cerraba con unas 30.000 pesetas recogidas y repartidas y, por decreto del alcalde, el 21 de abril se volvía a la normalidad reanudándose el curso en escuelas y centros de enseñanza.
            No se supo a ciencia cierta quién tenía razón. La versión oficial negaba la hipótesis de la contaminación del agua, con lo que se salvaba la responsabilidad del ayuntamiento y se ponía sordina a la alarma. La versión de Graíño o “El Progreso de Asturias” no tenían dudas sobre el primer foco de la infección. Medio centenar de avilesinos, fatalmente, ya no preguntarían nada.
            Poco después de que pasase el peligro, el Ayuntamiento tomó en arriendo todos los prados que rodeaban al depósito de Valparaíso con el fin de evitar que se tratasen con abonos orgánicos…Por si acaso.


DOS MESES QUE ATERRORIZARON A AVILÉS I


La Parca se asomó en forma de epidemia al magro caserío de Avilés. Infografía Miguel De la Madrid.

Se dice que, al enemigo, ni agua, pero el agua también tiene enemigos. El tifus es uno. Y lo fue hasta bien avanzado el siglo XX. Para Avilés, que tardó en disfrutar del agua corriente, el tifus no era un enemigo corriente. Era de los peores. Y ya se sabe que, en todo tiempo, el asunto del agua suele tener consecuencias inmediatas en cuanto pierde la transparencia.
Desde siempre, a Avilés no le habían faltado ni agua ni tampoco un buen repertorio de enfermedades con que diezmar a sus habitantes, pero las fiebres tifoideas no estaban habitualmente dentro de ese repertorio. No se presentaban como epidemia, a pesar de los problemas de abastecimiento de la población y de que su parte baja confundía en muchos tramos marismas e inmundicias y salud con las endémicas y muy dañinas fiebres tercianas, responsables durante décadas cuando la salud faltaba en Avilés.
Pero el tifus y sus afines no habían sido, históricamente, enfermedades de preocupar. Es cierto que, en 1910, se declaró un brote epidémico en San Cristobal, parroquia por entonces mucho más alejada de la trama urbana de lo que hoy está. La infección tífica estaba alejada, localizada y, pese a afectar a quince personas y provocar seis muertos, pronto quedó controlada. Pudo ser importante, pero quedó abortada. Bastó que la Junta de Sanidad ordenase condenar un pozo de agua potable del que bebían las familias de los enfermos. Entonces la epidemia desapareció.
Lo mismo ocurrió con brotes similares en Miranda o Villalegre, controlados con poco esfuerzo y, desde luego, sólo de incidencia limitada. Es más, cuando en 1911 Gijón fue asolado por una terrible epidemia de tifus que amenazaba con llegar hasta aquí, la decidida labor del ayuntamiento, con amenazas de severas multas a todo aquel que no siguiera las normas de profilaxis, impidió que Avilés se viese perjudicada por un desastre que parecía demasiado cercano. Sólo se declararon quince casos, todos ellos venidos de Gijón, y sólo dos muertos. Buen saldo para tan terrible enemigo que iba dando anchos tajos de guadaña por donde pasaba.
Parecían males viejos. De poblaciones sin abastecimientos, sin higiene y sin medios para defenderse de aquellas enfermedades tan antiguas como mortales, pero el tiempo pasó y lo del tifus no desapareció. En 1927 languidecía la dictadura de Primo de Rivera y Avilés iba, poco a poco, cerrando su red de suministro de agua corriente, distribuida a partir de los dos depósitos de Valparaíso. Quienes ya tenían instalado un contador disponían también de todo el agua que pudieran pagar. Y había para todos. Para las fuentes públicas, sin restricción alguna, para suministro de fábricas, e incluso de forma gratuita para instituciones benéficas.
Lo dicho, suministro abundante y en movimiento, pues si el agua siempre había sido cooperador necesario en la difusión de enfermedades tifoideas, se trataba normalmente de agua estancada, de agua de pozo. Ya se sabe que "agua corriente no mata a la gente". Y no parecía que los tiempos y el suministro de Avilés pudiesen permitirse tal debilidad. Esos tiempos modernos habían traído modernas conducciones que parecían proteger de los viejos peligros.
Pero hay peligros que nunca envejecen y para los que jamás encuentra uno defensa. El tifus seguía merodeando por Europa en los años veinte, entre 1915 y 1922 afectó a 30 millones de personas en Rusia y Polonia. Mató a tres millones. Sin ir más lejos, ese mismo año de 1927 el tifus se declaraba en Trubia, un pueblo que, sin traída de agua, se contagió por la infección de las fuentes que surtían a la población. Esa dañina enfermedad y sus socios no andaban lejos, seguían merodeando por los alrededores y acabaron llegando a Avilés. Como fantasmas, dejando ver fugazmente su cara cuando ya era tarde.
El peligro se hizo presente nada más empezar ese año. Finalizaban los veinte pero, para estos menesteres de las enfermedades, Avilés parecía encontrarse cerca de otros tiempos más antiguos y muy malos. Hablar de enfermedades mortales, mencionar la posibilidad de epidemia, de inmediato se extendía a gran velocidad por el pueblo y era causa de terror entre la población. Ya digo que la memoria actuaba al instante para traer a la gente lo peor de unos recuerdos que aún no eran demasiado lejanos. Infectaba más el miedo que los microbios.
Por eso, cuando empezaron a manifestarse síntomas de enfermedad, las noticias empezaron también a correr. Fueron dos desgracias paralelas: la batalla contra la propagación de la enfermedad y la batalla contra la propagación de las noticias. Ambas contiendas dejaron sus víctimas, de mediados de febrero a mediados de abril. Dos meses de pánico. He aquí la crónica de los hechos.
Febrero. A mediados de mes ya había enfermos en Avilés. Las noticias no circulaban fácilmente en la villa, estaban controladas, que no censuradas, para evitar alarmas. Pero saltaron al resto de Asturias vía Oviedo. Los periódicos de toda la región lo sabían y contaron con gruesas letras que en Avilés había epidemia, que había muchos enfermos y que se temía un contagio de grandes proporciones.
            El primer golpe fue duro, pero intentó pararse. Se dijo que la enfermedad que atacaba a los avilesinos era la gripe. La noticia parecía más blanda, pero no consoló a una ciudad que, en el otoño de 1918, había recibido la visita de la injustamente llamada “gripe española”, que llegó a afectar, de diversas formas, a 2.500 avilesinos. Su macabro recuerdo aún estaba fresco. Más aún cuando lo que publicaba la prensa regional es que en Avilés había unas trescientas personas atacadas por la gripe. Eso lo escribía el gijonés “El Noroeste” del día 15, citando como fuente al Inspector Provincial de Sanidad que, a su vez, habría recibido la información del alcalde de Avilés.
Se desmintió. Las autoridades de Avilés salieron al paso. Convocaron al Inspector Provincial de Sanidad, que vino a la villa a visitar a varios enfermos para, decían, no encontrar otra manifestación que la de una gripe corriente, sin especial gravedad. En el Instituto Provincial de Higiene se le hizo un análisis bacteriológico a  una muestra de agua procedente del domicilio de un enfermo para concluir, se dijo, que no había ni rastro del bacilo tífico. Se repitió, una vez más, que sólo era gripe, y en proporciones normales, teniendo en cuenta que la enfermedad se extendía por España y el extranjero esos mismos días. Nada de tifus, campañas alarmistas. Pero entre la gente, sobre todo entre los enfermos y sus familias, precisamente empezaba a cundir la alarma.
La gripe, que en efecto era epidemia mundial aquellos días, comenzaba a remitir, pero algunos enfermos presentaban cuadros más complejos. Se sospechaba de algo más y se enviaron nuevas muestras de agua y de sangre de los enfermos para ser analizadas en el Instituto Provincial de Higiene. Allí, en aquellas muestras de sangre, ya se localizó el bacilo tífico.
Cuando finalizaba el mes la alarma era ya pánico y el mismísimo alcalde, Valentín Alonso, hubo de dictar un bando, el día 26, negando el tifus una vez más y prometiendo mano dura a cuantos sostuvieran lo contrario: “contra algunas personas que se dedican a esparcir rumores alarmistas sobre el estado sanitario de la localidad, bien exagerando el número de enfermos y defunciones, bien atribuyendo éstas a dolencias que con aquéllas no guardan relación alguna”.
Gastó mucho esfuerzo el alcalde asegurando que los niveles de mortalidad, por cualquier clase de enfermedades, eran normales en Avilés. Su obligación era que el pueblo gozase de calma, pero esa empresa ya era casi imposible.


MISA DE VARIETÉS

La Fornarina, ascendiendo sobre la publicidad de ferias del Iris en 1915. Infografía de Miguel De la Madrid.

         Pasaban treinta minutos de las once, el dieciocho de julio de 1915, cuando moría Consuelo Vello Cano. Tal vez este nombre deje indiferente a la mayoría de la parroquia, pero fue el que le pusieron en la pila a “La Fornarina”, uno de los  primeros mitos eróticos del universo del espectáculo en España. Una cupletista pionera en el oficio de cantar en solitario, subida a las tablas para sublevar al personal. Ella abrió un largo camino que fueron recorriendo nombres muy variados y muy conocidos, desde Raquel Meller a Imperio Argentina, de Concha Piquer a Sara Montiel, de Marisol a Rocío Jurado.
            La noticia de su muerte asoló los ambientes de la farándula, pero también hizo mella en el público en general. Ese culto y distinguido público al que la cantante tantas veces se había dirigido para recibir su encendido aplauso. Se trataba de una estrella, de una de las primeras que podían lucir tal nombre. Y esto es mucho decir, pues, en 1915, el estrellato como sistema de promoción artística no estaba inventado ni en Hollywood (que aún estaba por inventar con todas las de la ley).
            En los lugares por los que había actuado Fornarina era recordada. Se recordaban sus canciones, sus vestidos y su belleza. Moría joven, y eso hace mucho, pero había vivido intensamente y dejaba larga estela.
            Ese rastro llegaba hasta Avilés, donde su fama precedió a esta cantante. Consuelo había llegado a Asturias en 1906, a cantar en el café Madrid de Oviedo y luego a hacer bulto, cuanto más bulto mejor, en un festival taurino en la plaza de Buenavista. Aún no tenía mucho recorrido. Hacía sólo cuatro años que había iniciado su carrera artística actuando como vicetiple de zarzuela con un insignificante papel enEl Pachá Bum Bum” y en Asturias digamos que no causó sensación.
            Poco tiempo después empezó a ser conocida en toda España y sus hazañas también llegaron hasta aquí. A medio camino entre la verdad y leyenda, entre el montaje publicitario primerizo y la realidad, se hablaba en Avilés de su atrevimiento en el escenario, de sus “toilettes” y sus “deshabillés” y, por no entrar en más detalles, circuló por los alrededores una noticia que incendió los telégrafos y que, supuestamente, tenía su origen en Murcia. Según la escandalosa información, ese mismo año de 1906, en noviembre, se leería un edicto episcopal en todas las parroquias pidiendo la excomunión para la Fornaria, con el argumento de que cantaba cuplés demasiado atrevidos. La prensa clerical, siempre según esas informaciones, pedía que se apedreara a la cantante en cuanto asomara por el escenario y ella, a riesgo de desórdenes, debía ser protegida en sus actuaciones por la guardia civil.
            Como puede verse, antes de soltar su primer gorgorito en la villa del Adelantado, la Fornaria era la encarnación canora de Lucifer. Lejos de la moral, las buenas costumbres y los ejemplos edificantes. Mejor no acercarse a ella. Se desconocía su arte y se la situaba en lo peor de las varietés, de ese género que, heredero del teatro sicalíptico, inundaba teatritos y barracones con señoras que más que voz tenían anchas caderas, redondas anatomías y ganas de mostrar lo prohibido para levantar en armas al personal. Estaban dirigidas más que por agentes artísticos, por traficantes de carne. Vamos, lo que venía siendo el género ínfimo.
            Y es cierto que el mundo de la prostitución no siempre estuvo lejos de estas estrellas. El ambiente donde ejercían su profesión estas cantantes no era siempre el más saludable moralmente hablando. En un momento de indefensión social y legal de la mujer, era una profesión desempeñada sólo por mujeres y controlada sólo por hombres, en la que sus protagonistas procedían normalmente de los sectores más bajos del espectro social, y en él desarrollaban su trabajo. Además, esos escenarios eran locales confusos, barracas con mucha frecuencia, a precios baratos y en condiciones poco exigentes.
            En ese mundo la Fornarina no fue una excepción. Madrileña, hija de guardia civil gallego y lavandera toledana, con una infancia y adolescencias muy duras. Un tiempo en el que, después de viajar muchas veces al Manzanares para blanquear la ropa ajena, acabó recalando a la Plaza Mayor, donde cambió las mojaduras y los sabañones por otro oficio mucho más viejo que la hizo detenerse en más de una esquina y que la llevó a trabajar en un taller de modistillas que no era tal cosa. Y era otra la colada que tenía que colgar.
            Pero, en poco tiempo y con mucha suerte, se demostró que Consuelo valía para esto del artisteo. Y eligió muy bien los peldaños que fue pisando en su carrera, de modo que, cuando en la segunda década del siglo XX, las llamadas “variedades selectas” empezaron a despegarse del “arte frívolo”. Fornarina estaba allí, con Raquel Meller y La Goya, para borrar su pasado y empezar a ser estrella y artista. Ellas sabían cantar, dominaban la escena, recibían buenas críticas. La estrella de barracón había muerto. Su pasado se había borrado. Había nacido otra estrella, culta y decente. De verdad.
            Y fue precisamente entonces cuando se presentó por vez primera en Avilés. En esos años entre 1911 y 1914 en los que, por toda Asturias, se paseó como una gran artista. Ella y su arte fueron respetados desde la primera vez que se subió a un escenario avilesino. Por eso, cuando llegó la noticia de su muerte, a todos tomó por sorpresa. Y más que a nadie a la empresa del pabellón Iris, para quien la cupletista había sido un gran negocio: lo más sagrado. Así quiso que se la recordara.
            Los empresarios del pabellón, aprovechando su proximidad a la nueva iglesia de Sabugo, programaron para el 27 de julio de 1915 nada menos que una misa de Requiem por el alma de la Fornarina. La empresa hizo publicidad del acontecimiento como si se tratara de uno más de los grandes “sucesos” que se subían a su afamado palco escénico. Invitó al acto “a todas las personas piadosas y público en general” y, por si no fuera suficiente reclamo el acontecimiento, decidió hermosearlo con la mismísima orquestina del Iris, la misma que acompañaba a tantas cupletistas, interpretando, en esta ocasión, “durante el sacrificio de la misa, escogidos trozos de música religiosa”. ¿Habrá existido en parte alguna, alguna vez, una misa “de varietés” como ésta?
            Sin duda fue una maniobra osada. No todos estaban en disposición de entender como, a quien no hacía mucho le colgaban los sambenitos más nefastos y escandalosos para la fe y las buenas costumbres, se le dispensaran ahora exequias de gente formal y aún muy piadosa. Que, en misa tan “arrevistada”, se rezara por el descanso eterno y se despidiera para la eternidad a aquella mujer motejada como novia de Satán en las mismas calles muy poco tiempo antes. Y hubo protestas.
            Algunos avilesinos se escandalizaron de que se dedicaran en la villa plegarias a la más famosa de las cupletistas, se recordó su vida pecadora, lo peor de sus andanzas. Nada valía para redimir a tan malvada mujer. Pero hasta eso tuvo respuesta. Se recordó a los protestones que la caridad y la misericordia eran virtudes cristinas, que nadie estaba libre de culpa a la hora de rendir cuentas y que Fornarina supo morir muy bien: besando la imagen de Cristo y dejando en el testamento, además de 80.000 duros, su deseo de ser amortajada con el hábito de la Soledad. ¡Cómo no iba a celebrarse una misa en Sabugo!
            En medio de ese lance, Consuelo Vello se fue al cielo de las cupletistas, acompañada por las cristianas honras fúnebres de la compañía del Iris, un pabellón que, esos mismos días, cerraba para pintar y hacer arreglos con vistas a la temporada de ferias. Entonces se estrenó la serie de películas de Rocambole y actuaron nada menos que Margaritu Xirgu, Raquel Meller y la Argentinita.
            Show must go on.



CON LA MÚSICA A OTRA PARTE

Infografía de Miguel De la Madrid sobre tarjeta postal.



Cuando se dispersó el humo del vapor, con el último bufido de la locomotora, apareció ante los ojos de la expedición avilesina la estación del Norte. Estaban en Madrid. Como quien sale de la máquina del tiempo, pero era la máquina del tren. Y aquello era una fiesta.
Se había preparado un recibimiento con el Orfeón España y representaciones de sociedades, en especial del Centro Asturiano. Muchos paisanos sobre el andén. La Asociación Coral Avilesina bajaba de ese tren para, al día siguiente, 5 de mayo de 1906, ofrecer en el Teatro de la Princesa lo que en los periódicos del Foro llamaban “Fiesta Asturiana”, unos y “Asturias en Madrid”, otros.
Un bolo de importancia para una institución como La Coral. Irse a la capital de España a demostrar sus dotes artísticas y hacerlo con buen pie, pues nada más ponerlo en el andén ya se veía que la cosa estaba “a favor de obra”. Hacía tiempo que el Centro Asturiano de Madrid venía preparando tanto despliegue de bienvenida, lo venía propagando, moviendo a la colonia y soltando noticias por los periódicos, que prepararon un ambiente muy propicio y engrasaron la reserva de entradas en los propios locales del Centro. En Calle Clavel número 2, daban razón.
Para comprender tanto aparato y tanto entusiasmo tenemos que entender lo que suponían los coros a principios del siglo XX. Eran una representación de la ciudad a la que pertenecían. Viajaban a lugares lejanos llevándola consigo como pequeña embajada y, al volver de una competición musical, eran recibidos como héroes en la misma estación, recorrían las calles del pueblo y luego eran llevados a los sitios más sagrados, donde las autoridades les rendían honores. Entonces esos lugares aún les pertenecían. Años después serían desplazados por los equipos de fútbol, con el mismo cometido, pero mayor capacidad de representación, que se tradujo pronto en mucho mayor aparato y parafernalia. Hasta hoy.
A Madrid se iba a otra cosa. A cantar y a triunfar en un teatro postinero. Porque todo sucedió en El teatro de la Princesa, dedicado a la primogénita de Alfonso XII, María de las Mercedes de Borbón y Austria. El edificio, construido a expensas de Don Alfonso Osorio de Moscoso, duque de Terranova y marqués de Monasterio, había abierto sus puertas el 15 de octubre de 1885. La sala dio que hablar desde el primer día. Su situación les pareció tan lejana del centro a los madrileños que decían de él que era el teatro de provincias más cercano a Madrid. Eso, hoy, parece todavía más burla que entonces, pues este coliseo principesco desde 1929 dedicado a la actriz María Guerrero, está tan cerca de Recoletos o de Chueca, que puede hacer pensar en las dimensiones de aquel Madrid que acogió a La Coral. No se olviden  que con ella viajábamos.
Y al teatro hemos de entrar. Como en los días de estreno. Bullicio en los pasillos, la colonia asturiana acudiendo al llamado del Centro de Madrid y personajes notables que se asomaban a los palcos. Todos los representantes de los viejos poderes, y alguno de los nuevos que ya se iban abriendo paso en Avilés: los marqueses de Teverga, José Manuel Pedregal, Crescente García San Miguel, General Suárez Inclán y Eladio San Miguel. Miraban a la escena y al lugar de la presidencia donde estaba nada menos que la Infanta Isabel de Borbón. Gran expectación y arriba el telón.
 Abrió el espectáculo la “Suite asturiana”, interpretada por la orquesta de la Sociedad de Conciertos, la lectura de Marcos del Torniello de una composición en bable y un popurrí de aires de la tierra. Entonces salió La Coral, a cantar. A exhibir ochenta voces, ochenta, a las órdenes de Enrique del Valle.
La cosa dio para más. José Benigno García o, si lo prefieren, Marcos del Torniello, ese poeta de casa que acostumbraba a sacar arrugados versos de la chaqueta, iba a presentar lo que entonces dieron en llamar “el boceto de costumbres asturianas ‘La Esfoyeta”. Decían de la obra que estaba tomada del natural, que era un trozo de la vida de esa Asturias que en Madrid veían al otro lado de unos lejanos montes. Y gustó. Precisión no debió faltar, pues el propio Marcos del Torniello se incorporó al elenco de actores, al lado de María Cabo, Rosa Méndez, Delfina Robés, e Ignacio y Leoncio Pérez.
 Fue entonces cuando sonó “Asturianas”, composición para tiple y tenor con acompañamiento de orquesta, obra de Heliodoro González. Fue muy celebrada en el teatro y entre los críticos de aquella velada a los que les pareció que había sabido trasladar al pentagrama la tierna melancolía de los cantos regionales. Y faltaba el fin de fiesta que puso Benjamín Orbón. Recriado como músico en Madrid, entonces ya empezaba a tener gran estima como pianista, antes de su definitiva consagración americana. Para la ocasión interpretó un concierto de Listz que llevó el delirio a los palcos.
Quedó un bis para el día siguiente. Los salones del Centro Asturiano sirvieron de auditorio para que la Coral interpretara tres popurrís de aire asturiano: “La Alborada” de Veiga, “El adiós del recluta” y “La Aurora” de Raventós. Allí mismo el tenor Ángel Álvarez se atrevió a interpretar una romanza de “Marina” y el aria ¡Oh Paradiso!”, dejando a la concurrencia preparada para un final con la rapsodia en bable de Marcos del Torniello. El triunfo fue completo, tanto como para cerrar el viaje con una visita a la residencia de la Infanta Isabel, que dio lustre regio a la despedida de coristas y músicos avilesinos.
Así que la expedición avilesina retornó con un recuerdo imborrable, satisfecha de aquel histórico viaje a la Corte. Pero la historia no acabó ahí. La Coral estaba acostumbrada a los lauros, pero también estaba hecha a la pelea. Entre bastidores, tras la patas, entre cajas y  mucho más allá de la concha del apuntador de estos teatros, se ocultaba el verdadero fantasma, localista y provinciano, que amenazaba el éxito del evento.
Por su ya comentada capacidad de representación y de movilización, los coros siempre eran algo más que grupos de cantantes a la orden de un director. Fueron también exponente de las luchas políticas que se vivieron a principios de siglo, luchas a las que no fueron ajenos los coros de Avilés, siempre aprovechados por unos u otros para que les dieran lustre y visibilidad social.
Y esas luchas se reprodujeron tras el viaje en la persona de su organizador, el ya muy conocido en esta páginas, Julián Orbón. El viaje arrojó un déficit de cinco mil pesetas que Orbón imaginó, al montar la expedición, cubrirían “algunos entusiastas hijos de Avilés que tienen su residencia de invierno en la villa y corte”. A ellos fue, personalmente, a pedir equilibrio para el presupuesto. Sin éxito entre la gente linajuda, que supo aplaudir desde los palcos, pero que no estaba preparada para pagar una entrada tan cara. El problema sólo se solucionó cuando Ramón López, copropietario del café Colón, acabó asumiendo la factura.  
Así fue como, un rotundo triunfo, se trocó en el más sonado fracaso para su promotor. En Avilés el viaje fue tratado como escándalo, fijándose precisamente en ese desfase económico y señalando a Julián Orbón como el principal responsable de no muy claros manejos. Su suerte cambió. Ese mismo año dejó de estar al frente de la Coral, de la secretaría de la Extensión Universitaria y de sus apreciadas Comisiones de Festejos. Sólo le quedaba, una vez más, una retirada estratégica. No mucho después volvió a La Habana.
En esa ocasión la Coral se fue con la música a otra parte y triunfó, pero el retorno al hogar no sonó bien. Sobre todo para Julián Orbón, que tuvo que marchar a otra parte, a Cuba y en vapor. Como en una habanera.

EL REY DE LOS OTROS

Amadeo I apuntalando su infortunio en la calle marqués de Teverga (Infografía de Miguel De la Madrid). 

          Un coronel abría paso a la comitiva de Amadeo de Saboya. Iba desde el muelle hasta un lanchón camino de Arnao por una pasarela de lujo, orlada por pasamanos de ripias envueltas en percalina de color. Se afirmó en el enclenque pasamanos que cedió llevándose con él al agua la mano del coronel y, detrás de ella, todo su cuerpo. Lo sacaron sin sable, confundido para siempre entre las navajas de la basa en un desigual duelo de armas blancas, y con un aspecto no precisamente de gran gala. Era, cómo decirlo, una especie de mariscador de Estado Mayor.
            Qué mal augurio. El terreno fangoso de la ría de Avilés era el mismo terreno, incierto y movedizo, que había pisado aquella visita de un rey nuevo. Nuevo él y nueva la dinastía que con él empezaba para disgusto de la vieja aristocracia. La única diferencia entre el barro de la ría y el de la política de entonces es que en el primero aún se podía mariscar. En el otro se había cerrado la veda por exceso de toxinas y sobredosis de detritus. Y aún no había llegado el siglo XX.
Aquel 15 agosto de 1872 fue el momento simbólico que escogieron los dueños de Avilés para escenificar su ruptura en dos bandos irreconciliables. Que se odiaban, que llevaban años insultándose en la calle y en los primeros papeles y que, sobre todo, tenían intereses ocultos que tocaban la cartera, y eso era sagrado. De ella no se hablaba, se mentaban santos principios, defensas de libertades viejas, traiciones y batallas de añejo recuerdo. El humo de los cañones y el honor de los abuelos. La ideología disfrazaba las cosas, pero despistaba sólo lo justo. Luego vino lo del tren y los garrotes.
Por una parte estaba la aristocracia vieja. El bando de los de Ferrera, con título de marqués, que se mantenían fieles a su razón de ser, la monarquía. Para ellos no había más reyes que los de la casa de Borbón. La tradición. Pero el poder se iba repartiendo. José García San Miguel era uno de los cinco mayores comerciantes de Asturias, gran propietario y viejo traficante de emigrantes a Cuba. Sus iguales se agruparon en torno a la causa democrática con la euforia que le dieron los combates en la revolución de septiembre de 1868, La Gloriosa. Sus duros fueron pavimento para la larga carrera política de su hijo Julián. Venía con los nuevos pero, cuando hizo falta, no dudó en echar mano de la vieja política y de las viejas mañas caciquiles para perpetuarse en el poder. Eran equilibristas de los tiempos. Querían un cambio de las cosas, pero no tan radical como para que se llevase por delante sus muchos intereses y negocios. Como buenos profesionales, trabajaban con red.
Ese grupo nacía de la revolución que había apartado a Isabel II, la reina que se bañara en Gijón y bajara a la mina de Arnao. Julián García San Miguel consiguió su primera acta de diputado en las filas del progresismo radical, derrotando en 1869 al duque de Montpensier, candidato al trono de España. Un aval, aventado por España entera, más que sólido como para pasearse por la política de este distrito. Eran años de una extraordinaria inestabilidad. Ese tiempo que intentó clausurar Juan Prim buscando por Europa un rey. Lo encontró en Italia, en el hijo de Víctor Manuel II. Un rey distinto, constitucional, tal vez demasiado moderno para la España de los garrotes: Amadeo de Saboya.
Fue Amadeo I una especie de maletilla enfrentado a un Miura con una servilleta a cuadros. Se tiró de espontáneo en una plaza muy difícil y debió lidiar con el avispero nacional. Las viejas Españas. Sus viejos valedores y sus viejas pendencias dinásticas. La peor ganadería. De ese “ganao” que no respeta ni a los maestros.
Los carlistas en pie de guerra, los alfonsinos, al acecho, la Iglesia a la contra y, para colmo, el único pilar en el que se iba a asentar la nueva dinastía, el general progresista Prim, era asesinado justo antes de la llegada del nuevo monarca en un atentado del que aún hoy se habla y se cavila, tan confuso como el futuro de Amadeo. Un reinado que moría antes de nacer, emboscado como Prim en la calle del Turco.
Con el general moría el inventor que sostenía la probeta de la nueva mezcla. Detrás del humo que salía de aquel invento ya sólo se veía la cara asustada y borrosa del monarca, que tenía problemas hasta para entender el idioma de sus nuevos súbditos, algunos de los cuales no querían entenderse con él ni por señas.
Agítese todo eso y viértase sobre el Avilés de entonces en el momento que aquel desafortunado coronel se sacudía el barro de la guerrera. Los bandos del pueblo no pudieron escoger mejor notario que el rey para dar fe pública de tan profunda división. Para que su pelea tuviese árbitro, sin importarles que a ese custodio del reglamento le saltase a la cara la sangre de los estacazos.
Aquel viaje fue un vía crucis. Lo venía siendo desde Santander, Santoña, Bilbao y San Sebastián. Lo fue en Gijón y en Oviedo, donde sólo las bandas dieron realce a la comitiva que era recibida en las calles como si de un funeral se tratase. Avilés, desvío necesario por ser feudo del ya diputado Julián García San Miguel, era la esperanza. Pero no resultó más que otra estación de penitencia a la que el rey llegó desde la capital del Principado. De poco sirvieron los cánticos de los voluntarios de la libertad (que luego recibieron la Cruz de Isabel la Católica). De menos aún los protocolos y algunas demostraciones callejeras. No hubo bombas, ni cohetes, ni arcos de triunfo, ni repique de campanas. La visita fue un rosario de desprecios a quien era rey de España. Fue tratado como un intruso, con grosería, con la violencia que los tiempos iban dejando en este pueblo. Con el deseo de que aquel Amadeo “primero” fuese el último.
La antigua aristocracia miraba tras los visillos del desdén cómo el de Saboya atravesaba Avilés. No se abrieron los viejos palacios. No se abrieron las iglesias viejas. Los del bando de los "Sanmigueles" sólo consiguieron abrir la capilla de El Carbayedo, que no estaba custodiada por un cura, para que el rey pudiera rezar al Cristo del barrio alto. Durante años tan sencillo gesto fue recordado como un triunfo, como si así hubieran roto el sitio de la vieja nobleza que tampoco abrió las puertas del palacio de Ferrera. Fue la nueva burguesía quien dio acomodo al nuevo rey en casa de José García San Miguel. Nuevos ricos, nuevas reglas.
Desde entonces la aristocracia de siempre guardó aquel recuerdo como un mal sueño. Era el rey de los otros. El nuevo poder subía a Amadeo I a los altares de la democracia y José García San Miguel, el rico hospitalario, transformó su casa en palacio. De casa comercial a sede de un marquesado; el de Teverga. Lo había ganado en buena lid por la fidelidad a tan breve rey. Y tenía todo el dinero para defenderlo en la nueva política que se estaba adueñando ya de Avilés. La casa de Teverga iba ser, en los años venideros, el lugar desde el que se iban a tomar las decisiones que luego sancionaría la casa de la Plaza de la Constitución. Una era el cuartel y otra era el parlamento, moradas separadas, pero poderes juntos. Todos en sus manos.
Y así estaban los bandos en formación. Uno frente al otro. Marqueses contra marqueses. Aristocracia vieja contra aristocracia nueva. Sangre azul contra la roja sangre de La Gloriosa, teñida desde entonces para la ocasión. División para siempre.
El 10 de febrero de 1873 Amadeo I cayó sin demasiada resistencia y, con él, la monarquía, al día siguiente. Había llegado la República. La Primera. También fue muy breve. En la madrugada del 3 de enero de 1874 el general Pavía entraba en las Cortes al frente de una fuerza de guardias civiles para disolverlas por la fuerza y acabar con ellas.

Qué mal augurio, el de aquel coronel.