Hace más de veinte años que la historia local es una de las líneas de investigación de 

Juan Carlos De la Madrid.

Los textos que aquí se recogen corresponden a una serie publicada en las páginas de La Nueva España. Resume las aportaciones de sus muchos libros sobre Avilés e incluye noticias jamás publicadas. Su idea es mostrar como el difícil carácter de esta ciudad bipolar, siempre amiga del frentismo y de las dobles versiones, tiene un origen remoto que coincide, más o menos, con la aparición de la prensa. Noticias de los siglos XIX y XX, unas grandes y otras de apariencia modesta, se recuperan aquí para viajar al nacimiento de historias varias y toparse con muchas explicaciones y algunos problemas aún sin resolver en el Avilés actual.

Otros blogs del autor:

Playas frías.
La herencia de los siglos.
Varietés.
Una patria posible. Fútbol y nacionalismo en España.
La carrera de América.
Plagio y copia








QUINCE AÑOS DE 1000 AÑOS


Las cuatro ediciones de Avilés. Una historia de Mil años entre otros libros del mismo autor sobre  esta ciudad.

          

             Tal día como mañana hará tres lustros que salía a la calle la primera edición de Avilés, una historia de mil años. Se celebraba el Día del Libro del año 1997. Ahora, que se vuelve a celebrar ese Día, hemos decidido ampliar la conmemoración con el nacimiento de una serie de artículos. Es un festejo. Se trata de recordar la aparición de aquella obra escribiendo una temporada sobre la historia de Avilés.
            Como todos los lectores pueden imaginar, aquel trabajo fue muy importante para su autor. Es muy difícil hablar de Una historia de mil años teniendo en cuenta que su autor y el de este artículo son la misma persona, pero callar sería una injusticia con un texto que ha marcado un antes y un después en el estudio de la historia de Avilés.
            Tradicionalmente la historia local, en casi todas partes, era terreno para eruditos y curiosos. Gente con buena voluntad, pero sin formación en esta materia, que se encargaba de recopilar, con su gusto personal, anécdotas, imágenes, documentos y reliquias varias del pasado de la villa. Crónicas, hijos ilustres, sucedidos o fábulas que pasaban por ciertas, se ensartaban sin criterio científico, para contar solo lo bueno, local y lejano. Pocos conflictos. El siglo XX no existía, más allá de alguna fiesta o esclarecido hijo. Los pueblos no se situaban en el mundo.
Sin duda esta era una opción respetable y hasta agradable, pero no profesional. Una historia de mil años fue otra cosa. Una historia total. Científica, moderna, e inserta en las novedades de la investigación. Es, en realidad, la única historia de Avilés completa y redactada con criterios profesionales.
Esa obra es la responsable de la preocupación reciente por el patrimonio y la historia de Avilés. Una materia que, cuando nació, despreciaban algunos de los que hoy se sirven de ella. Ahora le interesa a toda una generación de vocaciones tardías de ignota procedencia, a las autoridades, a los medios de comunicación, a los editores y hasta a la calle.
Una historia de mil años es también el creador de una marca. Esos Mil años de historia urbana que, en efecto, han dado un título, un capital y un orgullo a Avilés. Y mucho de que hablar. Es un símbolo que otras investigaciones se encargarán de matizar más temprano que tarde. Ya no es raro que jóvenes investigadores, con formación y empuje, dediquen sus trabajos a Avilés. Pero esa marca continuará siendo una referencia fundamental para saber quienes somos. Una villa milenaria.
La serie que hoy comienza es, como digo, un festejo, pero también es un recuerdo a otros trabajos. En primer lugar a Paralelo 38, hijo reconocido de Una historia de mil años que, antes de ser libro, nació como una serie aparecida en las páginas de La Nueva España. Hace ya 12 años. Será un ejemplo en cuanto al estilo. El mismo tipo de artículo. A la vez informativo, divulgativo y con un enfoque periodístico y literario. Que se lea sin dificultad y que informe de cosas a veces muy pequeñas, otras no tanto, pero que siempre merezcan la pena.
 Para ello he vuelto la vista atrás repasando otros libros que han marcado mi quehacer: El patrimonio artístico de Avilés, Cuando Avilés construyó un teatro, El Eco de Avilés, Cien años en primera página, Un siglo de recortes, Prensa y sociedad en una villa del Cantábrico… Es justo recordarlos también cuando se habla de su hermano mayor. Llevan la celebración aún más atrás de esos redondos 15 años. Los recordaré usando algunos de sus materiales y aportando otros totalmente nuevos.
A diferencia de Paralelo 38 esta serie no seguirá un orden cronológico. Aquella tenía la misión de retratar, de forma ordenada, el siglo XX. En esta los artículos irán saltando en el tiempo con el fin de darle mayor interés. De hacerla menos previsible y más entretenida al fin.
Que no tenga un orden (cronológico) no quiere decir que no vaya a tener un concierto. Desarrolla una idea fija. En estos tiempos tan duros, de crisis económica y parálisis generalizada, en nuestra tierra ha vuelto a aflorar el frentismo y el desacuerdo. Siempre ha sido mi teoría que ese espíritu viene de lejos. No tanto como mil años, pero sí como dos siglos. Aparece en el momento que los intereses se vuelven ideologías que hay que defender cara a la opinión pública.
Esta serie nace para retratar esos tiempos lejanos buscando una explicación a los presentes. Para contar acontecimientos de los siglos XIX y XX. El nacimiento de la prensa, de la opinión publicada, será el pivote sobre el que bascule todo lo que aquí se va a contar. Es su límite remoto y es su referencia formal. Estos artículos se llamarán Noticias que hacen historia. Son, por tanto, el producto de la intersección entre la historia y la prensa.
Y como hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, si algún día se pierden la entrega, podrán recuperarla sin dificultad en un blog. Allí todos estarán recogidos en la dirección que al pie de cada artículo se publica.
Pues eso. Que hace 15 años de 1000 años y en los domingos que siguen a éste se va a celebrar de la mejor forma posible, contando episodios de la historia de Avilés para quienes tengan la cortesía de leerlos. Son noticias de la historia; noticias que hacen historia.
            El domingo nos vemos. 
                                                                                       

                                                                                    Publicado en La Nueva España, en 22-IV-2012.




CON EL JALEO DEL TREN. Viaje a los orígenes de la ciudad bipolar


Los dos garrotes que enmarcaron la llegada del ferrocarril y de otros proyectos importantes para Avilés, sirven aquí de palio a la primera locomotora 
(montaje: Miguel De la Madrid).


La llegada del ferrocarril es la metáfora del Avilés contemporáneo. El de la villa que busca el proyecto definitivo que la lance al progreso, pero que, cuando lo tiene a tiro, es incapaz de ponerse de acuerdo. Los intereses y la opinión cavan sus trincheras y el tiempo se pierde en largas guerras de posiciones y victorias pírricas. Ningún avance. Al final, cuando se levanta el campo, no queda más que un paisaje devastado por los obuses. Las divisiones internas malogran el presente y complican el futuro. Y así pasan los siglos.
Todo empezó un veintitrés de junio de 1889. Era domingo y era de noche. Noche de San Juan. En la plaza de la Constitución, frente al ayuntamiento, aguardaban grupos dispersos de hombres en espera de la danza de mujeres que retornaba de Rivero. Como dicen las coplas de la danza prima, esa noche había que dormirla con cuidado.
No muy lejos de allí, en el campo de Caín, otros que no dormían iban formando una tropa singular. Sabugueros, aldeanos del contorno, liberales teverganos y trabajadores de las obras del puerto. Una arenga y en marcha. Llevaban garrotes y navajas. Hubo testigos, sin duda exagerados, que entre la oscuridad de la noche quisieron ver trescientas sombras. Muchas sombras parecen. Pocos no eran. Ascendieron a buen paso la calle de La Cámara y entraron en la plaza como cuña gigante que arremetió contra los grupos dispersos de quienes esperaban para escuchar y repetir coplas satíricas por el asunto del ferrocarril. Carreras, insultos, cristales rotos en casas de Rivero, El Muelle, y el café del Louvre. Golpes, muchos golpes, mientras las autoridades miraban para otro lado. Hay quien dice que dos tenientes de alcalde y un concejal encabezaban la tropa. Tanto da. Sólo al día siguiente el gobernador de la provincia envió doce guardias civiles a las órdenes de un teniente. Ya era tarde. La refriega había dejado diez heridos y una llaga difícil de cerrar que partía en dos a una villa a punto de estrenar un siglo nuevo.
Ese siglo llegaba antes de tiempo. En el verano de 1890, con el ferrocarril, el progreso moderno anticipaba la centuria venidera. Ésa fue la causa del enfrentamiento. Los intereses políticos y económicos se hicieron garrote y, con él, los cantistas del marqués de Teverga lograron dominar a la otra parte de Avilés que quería edificar la estación en La Industria, solar más propicio a los intereses del resto de caciques, encabezados por el marqués de Ferrera. Las manos fueron el final de una larga pendencia, pero también el principio de una lucha de intereses que tiñó de ira toda la primera década del siglo XX.
Este pórtico sirve de guía útil para que cada quien vaya interpretando la historia más reciente de Avilés manejando unas claves que no han dejado de repetirse desde entonces: progreso y regreso, proyectos y antiproyectos, caciquismo irreconciliable, puerto y ferrocarril, división imposible de soldar.
El progreso de las condiciones más óptimas en las que murió el siglo XIX y empezó el siglo XX, que acabó gastándose de inmediato cuando la suerte cambió y el puerto de El Musel ascendió entre la incapacidad de los avilesinos para aprovechar sus mejores bazas.
A lo largo de los años siempre ha sido así. A una fase de progreso, a veces casual, le sigue una fase de regreso, de decadencia, en la que la ciudad queda sonada por los golpes del infortunio sin saber como levantarse. A principios del siglo XX fue por el ferrocarril y el puerto, al final del siglo por la siderurgia. Nace el siglo XX en la abundancia y muere en la escasez. Llega el XXI con las mejores promesas y se topa con las peores realidades.
El caciquismo, las banderías, los propagandistas envidiosos, ignorantes y resentidos, los proyectos no conseguidos, los políticos de corta talla y tosco talle para sortear dificultades, se venían fraguando desde mediados del siglo XIX y llegaron, con variaciones, a pervivir a lo largo de todo el siglo XX. Una clase dominante bien asentada vio ascender al grupo de los débiles atrincherándose en su poder y controlando sus propios intereses, casi siempre económicos, para arrojarlos sin misericordia al contrario con desprecio por la prosperidad de la villa.
Siempre hubo al menos dos grupos. Dos entre los poderosos o el de éstos y los débiles. Jamás hubo acuerdo. Nunca objetivos comunes. La envidia y el exterminio del contrario fueron las manos que movieron los garrotes de final del siglo XIX. Las que empuñaron las venganzas de la guerra civil en el XX. Las mismas que a finales de ese siglo fueron incapaces de sumar y no restar, de acordar y no confrontar, de colocarse bajo la misma bandera para dar salida a los muchos males de la ciudad.
Y al fin todo volvió: el problema del ferrocarril, el de dónde poner la industria, el de por dónde hacer crecer la ciudad, el de hacer grande a un puerto que siempre ha sido pequeño, el de apostar por un proyecto de todos para afrontar el siglo XXI.
El principio es el final. Aquí se ve como era necesario irse a aquella lejana noche en la que los caciques y los garrotes fueron los mismos que se arrastraron a lo largo del siglo en Avilés.
Todo había empezado en aquella noche de San Juan.  
                  

                                                                          Publicado en La Nueva España, 29-IV-2012




JULIÁN ORBÓN EN FLASHBACK (I)

Julián Orbón, un hombre en el punto de mira. En este caso homenajeado por las fuerzas vivas de la dictadura de Primo de Rivera en Avilés el 23-VIII-1924 (infografía: Miguel De la Madrid).

Imagino a Julián Orbón mirando a los muros de la vieja cárcel de Avilés. Ausente. Viendo proyectada en las piedras la muerte de su padre, profesor de idiomas de la Universidad de Oviedo, que cayó fulminado un mal día en la calle Argüelles. Muerto sin avisar y sin ver, por muy poco, el siglo XX.  
Había empezado a pensar en su pasado. Ya sólo tenía eso. El futuro en aquel país en guerra no existía para casi nadie y el presente se le estaba escapando a toda velocidad. Julio de 1936. Tiempos salvajes. Puede que entonces esa vida que dicen le mira a uno de frente en el instante final, atravesara el pensamiento de Julián a toda velocidad. Todos los recuerdos. Una vida que explicaba, como pocas, ese brutal desenlace que tomaron los tiempos. El rescate de las viejas facturas que, unos y otros, empezaron a cobrar en el 36.
Pasó treinta años trabajando en asuntos y cargos de representación, durante los que se forjó un puesto en eso que se llama “la vida pública”. A medio camino entre Avilés y La Habana, adonde llegó a principios del siglo XX, con una carta de recomendación de “Clarín” bajo el brazo, que le abrió las puertas de El Diario de la Marina, periódico defensor del poder español en Cuba y de gran influencia en la colonia hispana. Aquel diario, fundado en 1844, era ya viejo entonces, pero tenía una amplia nómina de suscriptores entre la colonia y el comercio de la Isla. Orbón siempre lo citó como su verdadera escuela de periodismo y a su director, Nicolás Rivero, como uno de sus principales valedores. Porque Julián era, sobre todo, un periodista de la vieja escuela.
Desde entonces su vida se convirtió en una especie de gymkana para sortear los obstáculos de la política y de su propio carácter, más propenso a crearse enemigos que a lo contrario. Tres décadas saltando el Atlántico hacia la orilla más conveniente y dedicándose lo mismo a fundar periódicos y revistas, que a mantener corresponsalías, organizar eventos y homenajes. Defendiendo mil causas, peleando duro por todas ellas, pero cada vez más solo con sus ideas, en unos años en que los hombres se acabaron matando por ellas.
Primero fue liberal. Devoto del omnipotente y segundo Marqués de Teverga. Otro Julián. En ese momento, su abrazo a la causa de los sanmiguelistas le llevó a ser colaborador temprano de El Diario de Avilés, cuyos responsables apreciaron en él una prosa sobrada de “galanura de estilo”, que ocultaba un grueso ariete de polémica, con el que se lanzó contra todo aquello que se le movió cerca. Eran los tiempos en que el marqués de Teverga y los suyos dominaban los resortes caciquiles, que la prensa, como todo Avilés, era sólo suyo. El bando de los ganadores. El mejor lugar para repartir estopa. Y Julián Orbón entonces ya era uno de los mejores repartidores de la comarca.
Dejó de ser liberal al fundar un semanario, El Heraldo de Avilés. No había acabado 1904. Su trayectoria estaba clara, siempre experto en buscarse apoyos, en organizar todo tipo de actos sociales y en situarse muy bien en aquellas instituciones que podían garantizar una posición social suficientemente visible para sus intereses.
Pasó entonces por una fase en que se convirtió en algo así como “comisionista del homenaje”. Una ocupación en la que aún hoy se pueden encontrar a sucesores de Orbón. Así, dirigió los homenajes al filósofo Estanislao Sánchez Calvo y al maestro Juan de la Cruz y los juegos florales de 1904. Los eventos más relevantes de la discreta vida pública del Avilés de principios del siglo XX lo tenían por intendente y estratega. Era, además, secretario de la Extensión Universitaria y presidente de la Asociación Coral Avilesina. Es decir, estaba bien colocado en los mejores resortes de la vida social, política y cultural. Logró hacerse visible y tener un poder de influencia real en todo aquello que más le interesó. Siempre presente, siempre importante.
Buenos tiempos, pero breves. En 1906 salió por pies de un gran escándalo que le buscaba la espalda a grandes zancadas. Debió dejar la Coral, la Extensión Universitaria, sus apreciadas comisiones de festejos y buscar abrigo y retirada en La Habana. Un cuartel lejano, pero siempre seguro.
Cinco años después ya era reformista de los de Pedregal, los que habían desbancado en las instituciones a los viejos liberales con nuevas ideas republicanas y dinero fresco. Volvía a Avilés, lleno de relaciones en Madrid y con los más notables americanos, presto a acercarse al nuevo poder reformista a través de la Sociedad Fomento de Avilés, una institución que intentó sacar a la villa de los malos tiempos que ya vivía con todo tipo de iniciativas, desde el urbanismo al turismo. Fue su secretario hasta que, según sus enemigos, un “ataque de megalomanía” lo arrojó nuevamente al mar en 1915, con los últimos fondos de la sociedad invertidos en un pasaje para La Habana. Vivía más en el Atlántico que en tierra firme. Su suelo siempre había sido movedizo, azaroso, peligroso…
 El día de Reyes de 1917, entre los regalos de la cabalgata, asomaba otra vez Julián Orbón a la opinión de Avilés envuelto en las páginas del semanario El Progreso de Asturias. Ya no tenía más bando que sí mismo, en un proceso de radicalización de formas e ideas, paralelo al que vivía la sociedad española, con el que atravesó los años veinte. En esta nueva mudanza los enemigos eran Pedregal y sus correligionarios, después de una década al frente del ayuntamiento de Avilés. Los sitió desde su periódico, agitando o creando fantasmas de escándalo y desgobierno que se les aparecían a cada paso para atormentarlos. Y recibió respuesta desde el diario local de Manuel González Wes, pedregalista destacado, periodista y secretario municipal al mismo tiempo, que dirigió como hombre orquesta aquel diario haciéndolo órgano, vocero y defensor de Pedregal.
Frente a todo esto estaban las columnas de El Progreso. No hacían prisioneros y Orbón seguía sin hacer amigos, menos que nunca en Avilés. Cualquiera podía estar señalado. Lo mismo cargaba contra los maestros por no reprimir el uso de la blasfemia, que contra los bailes públicos por inmorales. Se alejó para siempre de los partidos del caduco sistema de la Restauración. Ni liberales ni monárquicos ni republicanos ni reformistas colmaban sus deseos de orden y seguridad. Al otro lado tampoco retrataba un mejor panorama. Las nuevas fuerzas obreras no eran de su agrado y las combatió sin descanso. Fue paladín de la regeneración moral y material, atrincherado en un conservadurismo cada vez más belicoso.
Contra los socialistas cargó en 1920 por los “sucesos de Moreda”, en los que se enfrentaron a tiros obreros del Sindicato Católico y del sindicato minero socialista, SOMA. Doce muertos. Orbón se despachó con un artículo durísimo, titulado “Cobardías”, acusándolos de ser “propagandistas desalmados que no dudan en asesinar a traición a sus compañeros si con eso calman el rencor almacenado en sus entrañas”. El Centro de Sociedades Obreras le respondió con otro artículo, “Vilezas”, llamándolo “ente despreciable”, mercenario que vende su pluma a los poderosos para difamar “a tanto la línea”.

Duras palabras, dichas en un lugar tan pequeño como Avilés, iban más allá del papel. Sonaban a amenaza por ambas partes. A “sé quién eres”, a “verás cuando lleguen los míos”. Sonaban a esas cosas que no se olvidan. A las que se guardan. A las que se recuerdan cuando aparece la ocasión. Y años después, por desgracia, iban a sobrar las ocasiones.

POCA DILIGENCIA

Infografía de Miguel De la Madrid a partir de publicidad de "Los Horgas"

Si, entre los lectores de esta serie quedara algún buen aficionado al difunto género del Oeste, sin duda estará al tanto de que en toda película de cierto empeño y argumento interesante no puede faltar una diligencia. Siempre está en el lugar oportuno para que luzca John Ford, para que suba John Wayne, para que ataquen los indios, para llevar el correo, para traer al malo… para pasar por allí. Pero pocas veces pensaron, tal vez, que esos mismos carruajes, y en años parecidos, daban servicio muy lejos de las praderas del Far West. Por ejemplo en Avilés.
Y es que, por seguir con la proximidad del símil, a la fuerza ahorcan. No había otra cosa y con esos bueyes se tenía que arar. Y viajar. Hasta muy entrado el siglo XX, con la generalización de trenes y automóviles, la diligencia o sus parientes cercanos, carromatos, “barcos” o “galeras” eran el medio de transporte más usado por aquellos que podían pagárselo. Otra cosa no podía caminar por carreteras con firme de piedra partida, llenas de curvas, peraltes y desmontes realizados con una tecnología arcaica y donde encontrar un puente era todo un acontecimiento digno de festejo. Unos caminos que, en palabras del viajero inglés Richard Ford, sólo eran aptos para “el carro de la Osa Mayor”.
            Entonces se viajaba a lomo de mulas o, como era muy frecuente, a pie, por endiablados caminos que entretenían las horas y desesperaban el ánimo de los viajeros. Hablar de carreteras sólo es posible a partir de la segunda mitad del siglo XIX, antes ni siendo muy generoso se podría usar ese término. En esos años se aprobó el reglamento del Cuerpo de Ingenieros de Caminos y la Ley de Expropiaciones Forzosas y, al finalizar el reinado de Isabel II, en 1868, la red nacional de carreteras, o algo parecido, ya tenía unas dimensiones considerables.
Eran, en todo caso, vías pensadas para transportar mercancías, que no procuraban ningún tipo de comodidad a las personas. Como dejó escrito el siempre agudo Mariano José de Larra, en los coches viajaban sólo los poderosos, los carromatos y las acémilas estaban reservados a las mujeres de militares, estudiantes y predicadores cuyo convento no les proporcionaba mula propia. Nadie más viajaba.
Aún así, en el Principado la diligencia no llegaba ni siquiera a todas las cabeceras de los concejos, ni siquiera en el siglo XX. Sólo a los sitios donde la rueda podía pasar. Los viajeros, siempre por necesidad, se las arreglaban como podían. Quienes tenían caballería propia la usaban, y quienes podían alquilarse una, lo hacían, bien fuese completa o “media caballería”, compartiendo a ratos algún mulo de un arriero, libre de carga, con otro viajero.
Las diligencias, por tanto, dulcificaron sólo un poco un ácido panorama, llevando pasajeros en sus diferentes departamentos, mejor o peor colocados, según billete y posibilidades. La berlina era un departamento cerrado en la parte delantera, el interior iba en el centro del vehículo y el cupé, delante de la baca. Ésta, en la parte superior, podía habilitarse para transportar viajeros protegidos por toldos, entre baúles y cajas de un equipaje que aportaban los viajeros de billete completo, que les permitía transportar tres arrobas de peso por cabeza.
Eran vehículos capaces hasta para doce viajeros, arrastrados por ocho mulas o entre dos y cuatro caballos, con muda de tiros en función de la distancia recorrida. Grandes carruajes, muy poco refinados, de cuatro ruedas, portezuelas laterales o posteriores, asientos delanteros, y en baca, con una parte tapada con lona para los equipajes, conducidos por un mayoral, un postillón y un zagal. Éste, si el tiempo y la ocasión lo permitían, montaba el caballo delantero.
En tan duras condiciones la paciencia se imponía, sobre todo en las grandes rutas. Por ejemplo, para realizar un viaje de Oviedo a Madrid había que utilizar 120 caballos, en tiros sucesivos, 15 zagales, 5 postillones y un mayoral. Se avanzaba a razón de 40 kilómetros diarios, partiendo la jornada en dos, desde la madrugada a la comida y después de ésta hasta la caída del sol.
Tómese esta descripción y aplíquese al kilometraje entre Avilés y Oviedo, y se conocerán las condiciones del transporte de viajeros en las diligencias del Avilés decimonónico, que movían al año no menos de 10.000 viajeros (eran muchos más los que viajaban a lomo de mula o a pie) y una cantidad no despreciable de mercancías.
La línea a la capital fue atendida, hasta 1866, por la empresa ovetense la Unión Asturiana. Ancha era la ruta para ella, nadie la inquietaba y, ausente de competencia, ponía los precios que tenía por conveniente. Pero ese negocio tan libre se le acabó en diciembre de 1866, fecha en la que el empresario avilesino Francisco Artime entró en el negocio poniendo en marcha una nueva empresa, la Villa de Avilés, con nuevas diligencias y nuevos precios (18 reales en berlina y 14 en interior) que acabaron por arruinar a la empresa ovetense que, no acostumbrada a la competencia, bajó los precios para recuperar clientes hasta unos ridículos 4 reales. Fue cuestión de tiempo que, con tan menguada recaudación, la vieja empresa acabase cerrando. Poco tiempo después, a finales de 1867, una nueva compañía entró en la pugna de precios y servicios.
Realmente la competencia no se ventilaba sólo en la bajada de precios, sino también en la comodidad y la velocidad del viaje. Sobre lo primero, habida cuenta de las carreteras y del tipo de carruajes que se manejaban, no había mucho que hacer, pero sobre lo segundo sí que se intentó ganar terreno y minutos al reloj. El margen de maniobra era escaso. Las diligencias de Avilés invertían, en los pocos kilómetros que separaban a la villa de la capital, tres horas si el trayecto se hacía hacia Oviedo, “subiendo”, y dos horas 45 minutos en el viaje de vuelta, “bajando”. En esos quince minutos residía el único margen de mejora.
Ustedes ya se hacen cargo de que esos lejanos tiempos eran muy distintos a los de la actual Fórmula 1 de nuestros desvelos. Aquí no había ingenieros, ni evolución de motores ni cambio de neumáticos, ni siquiera un Fernando Alonso que echarse al pescante. La única posibilidad de ganarle kilómetros al segundero y a la competencia consistía en tirar de látigo. En hacer que el mayoral fustigara a las caballerías hasta la extenuación. Y eso hacían, precisamente, a riesgo de mercancías y viajeros.
En peligrosa competencia, como en las películas del Ponny Express, las empresas de carruajes de Avilés intentaban atraerse a la clientela prometiendo un viaje más veloz. Los mayorales despreciaban el reglamento de carruajes, hacían sonar el látigo sobre las orejas y lo chocaban contra las grupas de las bestias. Y las autoridades, como si lloviera, que era cosa que sucedía a menudo embarrando el firme y mojando a los pasajeros dentro de las propias diligencias, en las que, más de uno, hacía el viaje con el paraguas abierto.
Un peligro. Hasta Lugones la carretera era ancha, pero era una carretera de esas que les he descrito, primitiva, lenta y traicionera. Lo dicho, peligro, mucho peligro tenían aquellos cocheros que se exponían, por el beneficio empresarial, al perjuicio médico haciendo volcar los coches en alguna ocasión. Todo por un mal cuarto de hora. De película.
En fin, que, como había pocas diligencias, los mayorales tenían que poner la mayor diligencia en que su diligencia llegase antes que la diligencia de la competencia. Creo que me han seguido. Al galope, claro.


CASA PARA EL PRÍNCIPE

Infografía: Miguel De la Madrid


          A principios del siglo XX cualquier manual de hidroterapia que se preciase incluía un repertorio de instrucciones para ejecutar con provecho los baños de mar, más o menos de este tenor: “la inmersión en el baño ha de ser brusca y total, procurando sobre todo mojarse bien la cabeza desde el primer momento, a fin de evitar congestiones”. O, como sostenía el doctor Bataller y Contastí para los que supieran nadar, “acercarse a la orilla y así que ve acercarse una ola, entrar con denuedo en el baño sumergiéndose enteramente”. No por casualidad los llamaban “baños de impresión”.
            Tan impresionante ejercicio, sin embargo, estaba reservado a muy pocos. No hacía mucho que la playa se había inventado para el disfrute social y ocioso. Sólo los que tenían dinero y tiempo para gastar eran clientes de los baños de mar. Una costumbre exclusiva en la que los reyes de países diversos fueron la vanguardia y el modelo que todo bañista de posición gustaba de imitar.
            Si hubiera una clasificación de los reyes más bañistas seguramente los Borbones estarían en los primeros puestos. Siempre han sido monarcas de mucho viajar y mucho remojar. Empezando por Isabel II, que puso en el mapa a la vieja playa de Pando de Gijón en 1858. Y eso era precisamente lo que se les pedía, que hiciesen publicidad, que dieran ejemplo y dieran lustre a una playa que quisiese atraer a bañistas elegantes que, por imitación a los monarcas, dejasen sus hernias y sus cuartos veraneando en ese mismo destino. Tener como turista a un rey aseguraba que toda una grey de viajeros de orondas carteras haría crecer el lugar, dejando dinero y prosperidad en ese negocio recién nacido. Algo así como lo que Marbella hizo, muchos años después, con  famosos de toda laya para proyectarse como destino de lajet set” internacional. Eso es lo que intentaron las playas asturianas desde el siglo XIX.
            Isabel II hizo lo que pudo por el veraneo de Asturias, pero no fue capaz de nadar y guardar la ropa y eso la llevó directamente al exilio al salir de los baños de Lequeitio, donde la encontró la revolución “Gloriosa” de 1868. Así que nuestra región siguió esperando por bañistas de sangre azul. Al menos hasta que Alfonso XIII, ya con el siglo XX, empezase a frecuentar Asturias. A que su afición a los balandros lo trajese a regatear a Gijón o su puntería a tirar al pichón en la finca de los marqueses de Argüelles en la playa riosellana de Santa Marina. Asturias se estaba colocando en una carrera en la que San Sebastián y Santander le sacaban varios cuerpos de ventaja. Ellas acabaron conservando el veraneo de la Casa Real, sobre todo cuando el palacio de la Magdalena se unió al donostiarra de Miramar para convertirse en verdaderas cortes de verano entre 1913 y 1930.
            De los reyes no se podía esperar otra cosa que viajes golondrina y muy poco chapuzón. Pero Asturias no desmayó. Ofrecer casa al monarca era una vieja aspiración y, si no se podía con el rey, al menos había que intentarlo con su hijo, aprovechando una ventaja estratégica que sólo esta tierra tenía: el primogénito del rey, desde la noche de los tiempos, era príncipe de Asturias.
            Hacía tiempo que Gijón tenía un proyecto como éste en sus oraciones, pero, en un esfuerzo supremo de decisión, la comarca de Avilés dio un paso al frente, aprovechando la promoción que toda la maniobra podría suponer para la playa de Salinas. En esos terrenos se podría instalar un palacio que, como en Santander, se ofrecería luego al Príncipe como residencia de verano. Pero esa tierra no le pertenecía a las olas, tenía dueño.
En la primavera de 1921 las fuerzas vivas más vivas del contorno se dirigieron al propietario de las “perras” y de la playa, Louis Hauzeur, director general de la Real compañía Asturiana de Minas. Le enviaron un mensaje firmado por los alcaldes de Avilés y Castrillón, entidades diversas de ambos concejos y los directores de periódicos de la comarca. La carta estaba llena de aplastantes evidencias como que “es incomprensible que después de tantos siglos el Príncipe heredero no tenga aquí su residencia, aunque no sea más que algunos días de verano”.
Aclarada la intención faltaba ubicar el solar y se pensó en la península de Bellavista, en Salinas, mirando, por un lado al mar y, por otro, a los pinares del dueño de la finca. Para que todo fuese más tradicional y solariego, un palacio edificado con la forma de una casona asturiana a todos les pareció la mejor idea. Serviría, incluso, para sellar la vieja amistad entre los reyes de España y los de Bélgica. Argumento, sin duda, definitivo para llegar al corazón del belga Hauzeur.
Se consiguió, además, que el director de la fábrica de Arnao, Juan Sitges, sirviese de embajador para presentar el proyecto a su jefe y, por aquello de aprovechar la ocasión, le deslizase también el propósito de parcelar el frente de la playa de Salinas para construir una urbanización de elegantes hotelitos mirando al mar, que se verían muy mejorados en sus posibilidades turísticas y rentabilidad inmobiliaria con la definitiva puesta en marcha, ese mismo año, del tranvía eléctrico. Un proyecto, al que no le hacía ascos la Real Compañía, y que llevaba años rondando por algunas cabezas y algunos despachos.
Ya saben, la vieja idea: se toma una playa con posibilidades, se le construyen chalés de lujo, se la comunica bien y luego se llama a gente adinerada para que pase allí sus horas ociosas del estío. ¿Qué no viene la gente? Se trae a otra gente más importante para que dé ejemplo y también negocio y, si es la Casa Real, inmejorable. No hay gasto, todo es inversión. Nada hay más alto ni más rentable en asuntos de veraneo.
Principiaba abril del citado 1921 cuando el señor Hauzeur dio en contestar a la carta desde París. Y le parecieron muy bien las ideas. La primera por la conocida  “adhesión que la Real Compañía ha sentido, desde su fundación, por los Reyes de España y el respetuoso y sincero afecto que, tanto mis antecesores en la dirección de la Compañía, como yo, les hemos profesado”. La segunda porque el señor Sitges ya se la había hecho saber, e incluso le había adelantado un plano en el que se parcelaba la superficie de la playa donde luego se construyó el paseo de Salinas.
Pero el príncipe jamás llegó a Salinas. Su palacio se quedó sólo en el proyecto de un cuento de hadas. No se edificó en Salinas ni tan siquiera en El Cervigón gijonés, donde se repitió el intento tres años después con un proyecto del arquitecto Manuel del Busto. No hubo el suficiente peso como para atraerlos. El veraneo asturiano lo intentó todo para estar en primera división, pero no pasó de la promoción, y allí se quedó. Los reyes no escucharon la súplica que, desde su primer veraneo, Asturias les hizo con versos como estos:
“¡Por Dios, non marchen d’aquí!
            ¡Faigan aquí so morada!
Pos xente que los defienda
Hayla per esta montaña
Mas lleal y mas valiente
Q’en dengun puntu d’España”.

Por breve tiempo, tal vez en un exceso de entusiasmo, se imaginó en Salinas un palacio de cuento para un príncipe azul. Y así fue al final: más cuento que otra cosa. Cierto es que el príncipe no se mudó a esta comarca, pero, de todas formas, se empezó a edificar en la playa, según planeaba la segunda parte del proyecto.
Comenzó así un negocio inmobiliario que, cuarenta años más tarde, acabaría derivando en la hormigonada silueta de los gauzones. Y ahora que hay cemento, falta arena…


BARBUDOS EN LAS MEANAS


Infografía: Miguel De La Madrid


La tarde del 7 de enero de 1959, bajo la placa de la calle Cuba, se concentró de manera espontánea una pequeña muchedumbre con ganas de celebración y de jolgorio. Como en Madrid y como en otros lugares de España, corrió el Bacardí, se bailó y se entonó la Bayamesa, himno cubano que sirvió de tema a la improvisada masa coral que daba servicio al baile.
            Se sabía que el dictador Fulgencio Batista había huido a Santo Domingo y que Fidel Castro entraría en La Habana como Caudillo vencedor al frente de sus “barbudos” de Sierra Maestra. En el mundo entero el asunto fue seguido y contado como una hazaña épica, como una guerra romántica. Los justicieros contra la tiranía.
            En España la cosa tenía otra dimensión añadida. Desde que la flota del Almirante Cervera, despedazada por los obuses yankees, sirviera de arrecife a los peces, en todo el país la perdida de Cuba se sintió como una amputación. En pocos lugares como Asturias, en pocos como Avilés donde esa amputación era real. Cuba fue durante mucho tiempo España. Aquella parte de España a la que iban a medrar los rapaces que no podían vivir con lo poco que la madre Asturias tenía para repartir. El lugar en donde, vomitados de las bodegas de los barcos, salían guajes asustados y dispuestos a comerse el mundo. Un nuevo mundo que, en la mayoría de los casos, se volvía contra ellos y  acababa por devorarlos, perdidos en un emporio comercial de unas proporciones que, por aquí, no se podrían ni soñar.
Muchas familias se repartieron a ambos lados del Atlántico. A mediados del siglo XX los descendientes de la semilla española plantada en masa desde mediados del siglo XIX llamaban con la voz de la misma sangre. Todo lo de Cuba era cercano. Todo amable. En las conversaciones, en la imaginación y en el corazón de muchos avilesinos Cuba estaba próxima. Siempre lo había estado.
Cuando el estallido revolucionario se convirtió en algo como para ser tenido en cuenta, corría por aquí que la situación de la mayor de las Antillas Mayores había llegado a ser insostenible. Se contaba que la injusticia económica la había doblegado hasta ser un satélite de los intereses norteamericanos que controlaban el 90% de las minas, el 40% de la industria azucarera, el 80% de los servicios públicos, el 50% de los ferrocarriles y la industria del petróleo, casi todas las haciendas y todas las vidas de los cubanos que sólo se reservaban para sí el 16% de los terrenos agrícolas. La mitad de las industrias estaban en La Habana, en el resto, las decisiones estratégicas, y hasta las reparaciones de maquinaria, se hacían desde el extranjero.
Cuba, en 1958 el primer país iberoamericano en número de automóviles o electrodomésticos en relación a sus habitantes, la Cuba de los contrastes, vivía postrada, sirviendo a unos intereses que no se correspondían con los de todos los cubanos. Su silueta de fornido caimán no era más que el pastel que se repartían los hombres de negocios del Norte, con la mano temblorosa de Hyman Roth en la inmortal escena de El Padrino II. Lo escribieron Eduardo Galeano y René Dumont, entre otros.
Parecía una causa justa la de Fidel y los suyos. Generó tal cantidad de informaciones, un seguimiento tal, que acabó convirtiéndose en un asunto cotidiano, con mucha gente a favor. Se contó muy bien, y las venturas y desventuras fueron gestas expandidas como una mancha de aceite. Los últimos románticos, los héroes del pueblo, los luchadores de la libertad…tantas marcas y tantos tópicos puestos a producir.
Siempre que se tiende a acabar con un viejo y decadente estado de cosas quien se embarca en la empresa tiene, además del beneficio de la duda, la ventaja del recién nacido.  Sus protagonistas eran grandes seductores de masas, protegidos por el paraguas de una empresa que caminaba con las velas hinchadas cubriendo a gran velocidad todas las singladuras hasta llegar al primer día del año 1959.
            Entonces las alturas eran históricas y las bravuras como un sol, los comandantes llevaban barba y fumaban cigarros habanos. Muy normal que, en la distancia, prendiera la épica de un empeño, el de aquellos combatientes del monte, que consiguió la simpatía internacional. Parecían bandidos buenos. Robines de los tropicales bosques cubanos que entraron en la misma Habana como caudillos triunfadores, jaleados por el pueblo redimido. Como si fuera cierto que las utopías, por más complejas que resultaran, por más ideales que fueran, tenían su oportunidad en el mundo tangible para hacerse finalmente realidad.
            Mas todo iba a gran velocidad. En poco tiempo los asuntos de Cuba dieron un giro notable. A la misma velocidad que el retrato del Che Guevara se convertía en un icono de masas vendido por el capitalismo para hacer caja, la revolución cubana le ponía la proa a Occidente. En aquel mundo sólo se podía estar en uno de dos bloques. Los vencedores de la revolución eran, valga la redundancia, revolucionarios, y se comportaron como tales. Demostraron a los dos mundos que para hacer su tortilla romperían todos los huevos que fueran necesarios.
Fidel Castro, el hijo del gallego, ya era primer ministro en febrero de 1959. En 1976 ya estaban concluidas las reformas necesarias para asegurarle el control de todos los poderes del Estado. Por el camino no encontró el acuerdo necesario con Estados Unidos y acabó asomando la cabeza por debajo del Telón de Acero. Desde allí empezaron a llegar alimentos, dineros, armas y la seguridad de poder sobrevivir en el mismo patio trasero del Tío Sam mucho más tiempo de lo que nadie pudiera imaginar.
Pero el patio no dio para todos. No hubo casa para tanta gente. Y muchos cubanos con raíces españolas, que habían trabajado durante generaciones, acabaron saliendo de la isla con lo puesto y sin otro capital que un doloroso recuerdo que les perseguiría cada día de su vida. Con la rabia por lo perdido, la perplejidad por la manera de perderlo y las lágrimas en los ojos empañando los recuerdos de toda una vida tirada a la basura. La nueva Cuba, la del 90% de industrias y el 70% de los terrenos agrícolas nacionalizados, no tuvo sitio para ellos, pero ellos no la olvidaron jamás.
Era el corazón, que siguió latiendo para siempre enterrado en tierra cubana, con un cuerpo que no tuvo más remedio que cruzar el Atlántico como hicieran los abuelos tantos años atrás. El mismo viaje, el mismo mar, pero navegando en sentido opuesto. Un retorno forzado, que dejó marcada a fuego la fecha de cuando salieron de Cuba. Parecía que, en una marcha precipitada, alguien había abandonado un tocadiscos con un disco sin fin de Luis Aguilé.
Una historia muy larga, de separaciones para familias y personas, de héroes y villanos que intercambian sus papeles según quien la cuente, en un mundo que llegó a caminar al borde del abismo. Una historia que parece tornarse en estos tiempos con el inesperado acercamiento de las autoridades cubanas y norteamericanas y el olvido de aquellos primeros años. Quién lo iba a pensar.
Todo eso que, quienes bailaban con júbilo aquel día de enero en Avilés, no podían sospechar. Vino después. Los Reyes Magos les habían traído juerga a los de la calle de Cuba, la fiesta más sana. Pero todo baile ha de tener un final.

          Como dice la guaracha de Carlos Puebla: llegó el comandante y mandó a parar. 

Publicado en La Nueva España, 1-III-2015.

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ASTURIAS


 Famosa tarjeta postal con la entrada a la Provincia de Oviedo por Pajares, completa con una infografía de Miguel De la Madrid.


El primer intento para que la Provincia de Oviedo, la de los documentos, pasase a ser Asturias, la de los corazones.

Jamás ha existido una comunidad humana si no hay nombre que la llame. Asturias, el nombre, nació a la escritura al menos en el siglo VIII. Se supone que a las mentes y a los corazones ya había nacido antes. Por eso las cosas que se cuentan en este artículo vienen de lejos.
Acerquémonos un poco. Hasta 1833. Por entonces una reforma administrativa cambió los lindes y hasta los nombres de los territorios de España. La respaldó un Real Decreto de 30 de noviembre, firmado por el ministro de Fomento, Javier de Burgos. Se trataba de romper con el Antiguo Régimen, con sus servidumbres y ataduras a través de una nueva estructura territorial, geográfica y política. Con él nacieron la provincia y su órgano electivo: la Diputación. Ambas han desaparecido ya a este lado del Pajares, pero entonces tuvieron una gran importancia. Asturias no se llamó de esta vieja manera, sino Provincia de Oviedo. Los papeles pudieron sobre los sentimientos.
Hasta aquellos momentos España era un Estado débil en su idea y en sus mecanismos administrativos. Después de las provincias, el centralismo y la uniformidad cultural ganaron enteros, aunque en realidad la mayor fortaleza fue de las mismas provincias y no del Estado. España era una suma de estructuras locales con unas diputaciones en las que se jugaban las influencias de los señores del territorio, maduradas en interminables tardes de casino. Solares de caciques. Poblachones con guarnición militar, escuela, hospital, hospicio, funcionarios y, en el mejor de los casos, terminal de ferrocarril, que organizaban la vida comercial del territorio. La capital lo era casi todo.
Siendo Oviedo indiscutida capital, todos sabían, y sentían, que el resto del territorio no se podía representar solamente con ese nombre. Que no era suficiente con las líneas rojas de los atlas, las que se chapuzaban en el mar o ascendían a los montes de planas cartografías. Que desde el Eo al Deva y desde el Cabo Peñas a los Picos de Europa había mucha tierra, mucha mar y mucha gente que caía a las afueras de Oviedo. Aunque así pasaron casi cien años.
No parecía la dictadura de Primo de Rivera el momento más propicio para dar pábulo a las ambiciones regionalistas. Había nacido, entre otras cosas, para aplacar las ansias de los ya muy influyentes nacionalismos periféricos, especialmente el catalán. Pero fue muy poco antes de la llegada del General cuando el regionalismo se despertó en Asturias.
Este movimiento había aflorado con fuerza en toda España tras la Primera Guerra Mundial. Desde posturas conservadoras, en nuestra región se intentaron algunos experimentos como la Liga Pro Asturias de Nicanor de las Alas Pumariño o la Junta Regionalista de su competidor Juan Vázquez Mella, capaz de agrupar sectores ultraconservadores e incluso carlistas. En 1918 se publicaba la “Doctrina asturianista”. Dos años después, la creación del Centro de Estudios Asturianos tuvo gran repercusión con su labor de investigación sobre temas de la tierra. Eran buenos momentos para la causa regional. Ese sentimiento fue hábilmente utilizado por el aparato de la dictadura de Primo de Rivera, refugiada tras el nacionalismo carbonero. El carbón era nación.
Todos estos elementos nos llevan al Avilés de los años veinte. Allí el poderío de José Manuel Pedregal y el Reformismo se tradujo en un acercamiento al regionalismo. Desde el 5 de enero de 1919 el viejo Centro Instructivo Republicano Reformista, quedaba sustituido por un Centro Democrático Regionalista, “siempre dentro de la unidad de la Patria”. Los gestos eran importantes; las palabras más aún, y el ayuntamiento de Avilés decidió realizar un gesto que tenía mucho que ver con las palabras y con lo que ellas nombraban: adoptó un acuerdo para pedir que fuese sustituida la denominación “provincia de Oviedo”, por la de “provincia de Asturias”. Era abril de 1926.
Fue una iniciativa de gran repercusión. Se fundó en “razones históricas, de tradición y de propiedad de nombre, por expresar la palabra ‘Asturias’ sin equívocos ni restricciones de ningún género, la totalidad geográfica de la provincia, y ser aquel el nombre con que ésta es conocida en España y fuera de ella”. Se elaboró un documento y fue enviado a todos los ayuntamientos de Asturias para que pudiesen apoyar la propuesta dirigiéndose a la Diputación.
Los localismos y la opinión publicada se movilizaron de inmediato. El diario “Región”, como periódico de Oviedo, no podía manifestarse abiertamente a favor de que el nombre de su ciudad desapareciese de la más alta nominación de la región. Pero, como periódico asturiano, no podía oponerse frontalmente a que el nombre común de su tierra pasase a ser el nombre propio aceptado por todos. Que fuese Avilés la ciudad encargada de hacer la propuesta era lo que más dolía. Aquí basó el periódico ovetense una campaña de casi una decena de editoriales. Estaban de acuerdo con la propuesta, pero en desacuerdo con el proponente. Atizó una polémica localista con la excusa de una polémica regional.
En ese momento el asunto era ya de interés general y lo trataban todos los periódicos de Oviedo, Gijón y Avilés. Además, numerosos ayuntamientos habían respondido afirmativamente al llamamiento del avilesino: Aller, Amieva, Boal, Cabranes, Candamo, Castrillón, Castropol, Colunga, Corvera, Degaña, El Franco, Gijón, Gozón, Illano, Illas, Langreo, Luarca, Llanes, Muros de Nalón, Nava, Noreña, Peñamellera Alta, Siero y Villaviciosa. Es decir, sólo los que habían respondido directamente suponían casi la mitad de la población asturiana.
A ellos se sumó, y cursó petición formal, el Centro Asturiano de Madrid, con el simbólico peso de la diáspora, siempre dispuesta a estar en Asturias “en todas las ocasiones”. El pleno de la Diputación acordó pedir al gobierno el cambio de nombre en acuerdo tomado el 24 de junio de 1926.
Parece un asunto sin importancia, sobre todo teniendo en cuenta que la Provincia de Oviedo sobrevivió a este movimiento muchos años más, hasta que acabó entregando sus municipios y territorios a la comunidad autónoma que, con el nombre de Principado de Asturias, nacía con su Estatuto de Autonomía en 1981. Parecía, digo, un asunto de poca importancia en 1926, pero tenía mucha. La tuvo para Asturias y la tuvo para Avilés, que se situó a la vanguardia de causas que parecieron de la mayor trascendencia en toda la provincia.
En nuestro presente tan crítico Asturias divisa un futuro incierto. Es cuestión económica, pero también de identidad. Con la economía se van por el sumidero parte de los rasgos propios del pasado. Desaparecen con la retirada de viejas actividades productivas; la minería, por ejemplo.
Dentro de ese escenario se mueve Avilés, ciudad que perdió un día su identidad y encontró otra en una nueva actividad económica, que después perdió también. Una villa que lleva décadas alejada de los centros de decisión, aunque en ellos se decidan sus destinos. No viene mal, por tanto, recordar algún momento, como éste de 1926, en que Avilés marcó el paso a las iniciativas de la sociedad y de la identidad asturianas.
Hoy, más que nunca, sigue siendo importante seguir llamándose Asturias.
                                                                                   
                                                                           Publicado en La Nueva España, 1-VII-2012.

SE MONTÓ LA BARRACA EN EL PARCHE


Hace ochenta años que Avilés fue estación en el recorrido de unos cómicos de la legua dirigidos por Federico García Lorca (infografía Miguel De la Madrid).

Cuando llegaron al Parche daba la impresión de que aquellos dos camiones habían tragado mucha carretera. Eso se veía enseguida porque, entonces, ni los camiones ni las carreteras eran como las de ahora. Lija polvorienta que dejaba su huella en chapa, gomas y espaldas de los tripulantes. Venían de Grado, pero, por su aspecto, podían haber llegado de las fuentes de Nilo. Parecía un Safari. Y en cierto modo lo era; un safari cultural en busca de tierras abandonadas por la cultura: La Barraca, de Federico García Lorca.
Sus tripulantes eran cómicos en el más sincero y viejo sentido de la palabra. En todo lo demás eran muy jóvenes. Estudiantes universitarios, con ganas de comerse el mundo y algo más, pues se dedicaban a una empresa mayor: querían cambiar aquel mismo mundo, con el vigor, el idealismo y la ingenuidad propia de los pocos años.
            Su juventud era también la de la Segunda República. Cuando llegó, Lorca era ya un intelectual bien considerado en sus facetas de poeta y dramaturgo. Tenía una idea. Quería montar un teatro ambulante, portátil, de corto empeño en cuanto a transporte y montaje y, sin embargo, de largo alcance en cuanto a sus fines más profundos. Se trataba de recrear la farándula y, con ella, elevar las cualidades estéticas del teatro español. Darle nuevo vigor, a base de una transfusión de sangre joven.
            Para hacerlo había que viajar. Llegar a pueblos y villas y mostrar aquello que hacía siglos que se había sido escrito, a gentes que jamás lo habían podido conocer. El teatro del Siglo de Oro para los campesinos. Cierto que la idea estaba pensada para lugares más pequeños y más remotos que Avilés, aunque se montó también en Oviedo, pero no en Gijón, ante el disgusto de los más enterados. En fin, que nuestra villa estaba en el camino. El de los camiones y el de la vieja tradición de la Institución Libre de Enseñanza.
Era un proyecto de educar al pueblo, pero también de política nacional. Aquí sus intenciones se unían a las de las Misiones Pedagógicas del gobierno republicano. Tras los propósitos de La Barraca, como los del Coro y el Teatro del Pueblo de Alejandro Casona, había mucho más que teatro.
La piel de toro, como casi siempre, estaba metida aquellos primeros años republicanos en un problema de identidad nacional. Hacía más de tres décadas que, dentro de la misma España, había muchas españas. Algunas por diferencias sociales o económicas y otras por diferencias ideológicas y culturales. Fuertes poderes centrífugos, sobre todo en Cataluña y el País Vasco, cuestionaban ya la idea de España. La República tenía su propio plan para combatirlos. Se trataba de cimentar la unidad política en la unidad cultural. Una estrategia parecida a la que ya había usado el nacionalismo catalán, para quien la idea de la cultura como medio de hacer patria venía prestando buenos servicios hacía tiempo.
Se pensaba que en España el progreso había creado una fractura insalvable entre el campo y las ciudades. El país estaba metido en una crisis de la que sólo se saldría uniéndolo, estimulando un sentimiento patriótico común. Fue un debate muy vivo, con aristas cortantes. Entonces como ahora, las dificultades sacaban a la calle la controversia entre los que concebían una España más europea, como resorte de modernización, y los que querían que fuese más hispana que nunca.
Se buscó una salida que diese contento a ambas posturas. Una idea de España cimentada en torno a una vieja, pero fuerte, Castilla, capaz de unir a una nación muy regionalizada. Les pareció que, para ello, habría que usar instrumentos nuevos, como la cultura, con los que desalojar a otros viejos, como la religión, sin duda fuerte argamasa hasta entonces del viejo edificio patrio.
Era su propósito. Extendieron esa visión nacional, basada en el cine, el teatro o la literatura. Cultura española para cohesionar un país recorrido por Misiones Pedagógicas que podrían llevar al fin un discurso común, el del orgullo de pertenecer a esa cultura que se enseñaba en la escuela, para combatir a brazo partido el 32% del analfabetismo que campaba en la sociedad. Explicar a los habitantes de aldeas remotas que la historia de España era la historia de todos y de cada uno de ellos. Y hacerlo con el verso del Siglo de Oro, que los campesinos, acostumbrados a romances y aleluyas de ciego, entendían mejor que el teatro de su tiempo.
Poco más o menos así fue el programa de los gobiernos del Bienio Reformador, con estrategias parecidas a las que tenían los muy prestigiosos y primeros veraneantes de Salinas. Las ideas de la Institución Libre de Enseñanza habían llegado al poder. Aquel viejo proyecto de regeneración a través de la educación de una España en tantos años atrasada. Y allí estaba el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, con un cualificado representante de la Institución, Fernando de los Ríos, para darle a su amigo Federico García Lorca la subvención de 100.000 pesetas con las que engrasó los ejes de La Barraca, desde febrero de 1932.
Y con ese dinero se compraron los camiones en los que llegaron hasta Avilés aquellos muchachos que se anunciaron hace, justamente hoy, ochenta años. Llevaban consigo un proyecto que, como el logotipo diseñado por su director artístico Benjamín Palencia, aspiraba a triturar kilómetros con la rueda y triturar ignorancias con las cambiantes máscaras del viejo arte teatral.
El Parche se llenó de aquella tropa de operarios-artistas con sus monos de obrero de la cultura. Un trasiego sin fin, una actividad frenética de mover tablas, de subir y bajar forillos, focos y telas pintadas hasta que el corazón de Avilés pareciera un teatro, con el apoyo de la Biblioteca Popular Circulante y de varios avilesinos amantes de la Cultura.
Esa plaza siempre ha sido el mejor foro de la villa. Allí habían tenido lugar las puestas en escena de los acontecimientos políticos y sociales. Se había dado la bienvenida al progreso, vítores al poder y lágrimas a las desgracias. Pero también era, desde siempre, el lugar de las representaciones festivas, teatrales y hasta taurinas. Varias décadas antes de la llegada de La Barraca, esa misma plaza ya acogía cinematógrafo público, con una pantalla sujeta a los balcones de las consistoriales. Todo está inventado.
La noche del día 3 de septiembre de 1932, con actores bañados por reflectores eléctricos y un numeroso público sentado en las sillas colocadas por la Asociación Avilesina de Caridad, empezó la función. El mundo reconstruido en un escenario de 6 x 8. Fue por el libro de estilo que los barraqueros reservaban para públicos populares: los entremeses de Cervantes La cueva de Salamanca y La guarda cuidadosa, además de Los habladores.
Y ahí estuvo el problema. Frente al ayuntamiento de Avilés no hubo ese día una guarda muy cuidadosa y, además de los habladores que se subieron a las tablas, hubo muchos otros que se sentaron en la plaza a contemplaros. Y hablaron mucho. Y alborotaron más. Y acabaron trepando a las sillas para ver mejor, sin importarles que los que tenían detrás nada veían. Son cosas de la farándula. Una recreación perfecta. Absolutamente farandulera hasta en la reacción del público incontrolado. Ya les digo que aquello era un buen foro y, como sucede en este tipo de lugares, cuando alguien se reúne para exponer cualquier asunto, el auditorio puede intervenir en la discusión.
Y se montó. La Barraca de los estudiantes-actores y la barraca de los alborotadores que deslucieron un acto histórico. Claro que, entonces, ni unos ni otros sabían que estaban pasando, al menos, a la pequeña historia de Avilés.

Publicado en La Nueva España, 3-IX-2012.

UN CURA ENTRE ROJOS (I)


Feliciano Redondo en los días de su estancia en Avilés (infografía: Miguel De la Madrid).



El Avilés a retaguardia de la guerra civil sirve de escenario para una historia singular.

Juan Carlos De la Madrid

            Este hombre que posa descansando, como si estuviera en un jardín clásico, lectura a mano y ropa de paisano, no es tal cosa. Es un cura. Feliciano Redondo para más señas. Leonés de nacimiento, con la edad de Cristo recién cumplida y visitante ocasional de Avilés en un mes de julio del año 1936. Por estas fechas hace setenta y seis años.
No le pareció el mejor mes ni el mejor año para ser cura en Avilés. La visita se le hizo larga. Quince meses y tres días. Los mismos que aquí duró la última guerra civil, desde el 18 de julio de 1936 al 21 de octubre de 1937. Los recordó para siempre como “Quince meses inhábiles en Avilés”.
Era Feliciano Redondo un profesor del seminario de Valdediós a punto de iniciar sus vacaciones. Automóviles Luarca estaba en huelga y, para tomar el tren hacia León, la mejor combinación que se le presentó fue pasar la noche en Avilés, aceptando la invitación de un amigo. La agitación era máxima. En Oviedo circulaban noticias confusas: que si la Escuadra trae al Tercio, que si todas las guarniciones están complicadas e irán sumándose a la sublevación, que si Aranda toma posiciones. Vientos de guerra. Temió verse atrapado allí en una situación incierta y decidió refugiarse en Avilés esperando acontecimientos.
Pero desde la noche del 17 de julio alpargatas moras ya pisaban las tierras de África, rebeladas contra la Segunda República. A partir de entonces no hubo días para viajar. La guerra civil había comenzado.
Los tiempos eran de enorme confusión.  Los gobiernos de la República habían sido hostigados por anarquistas, socialistas, monárquicos y militares. Estos dos últimos grupos, resueltos a aniquilar el sistema, organizados y con abundancia de armas en la mano, desataron el golpe definitivo, respondido con una resistencia, política y popular, convertida en revolución social.
El bando insurrecto tenía la fuerza. Unos 120.000 hombres armados y entrenados. Al otro lado, el gobierno, disponía de los recursos industriales, de las infraestructuras y de mayor población (unos catorce millones de habitantes), pero era una zona fragmentada que no podía conectar los minerales del norte con la industria manufacturera levantina y catalana. Un empate de ideologías y territorios que, olvidadas ya las urnas, sólo con las armas se quería resolver. Todos contra todos dentro de la piel de toro.
La vida, como el país entero, quedó dividida en dos bandos por la trinchera de la sangre. “Rojos” unos, “nacionales” otros. Etiquetas que el tiempo fue poniendo para explicar una inexplicable masacre entre hermanos.
El gobierno asistió a la quiebra absoluta de su poder militar. A primera hora puso armas en manos de milicianos y a veces de grupos incontrolados. Asturias, fiel a la República, había quedado aislada del resto de la zona gubernamental por el triunfo de los sublevados en Galicia y Castilla. Dentro de la propia región dos núcleos seguían la insurrección: Oviedo, defendida por el coronel Aranda, y el cuartel de Simancas de Gijón, que sólo prolongó un mes su resistencia.
La situación de Avilés a primera hora fue tranquila. Las fuerzas regulares de la villa (además de carabineros y policía municipal) eran escasas, habían mermado por la disolución de un escuadrón de caballería acantonado tras la revolución de octubre de 1934. En la mar, la inexistente flota gubernamental del Cantábrico (sólo un torpedero) estaba representada por buques de circunstancias, sobre todo lanchas guardapesca, que, como mucho, podrían garantizar algún suministro. En realidad, la única flota avilesina la componían los pescadores que, cuando pudieron, siguieron faenando durante la contienda.
Los primeros días fueron el momento de los mayores desórdenes. De las milicias armadas, con más entusiasmo que disciplina. Allí pescaron los oportunistas. Pandillas de delincuentes que se aprovecharon de la situación para sacar tajada. La alcaldía de Avilés denunció los sucesos ante Comité Local del Frente Popular cuando se llevaba casi un mes en esa situación de, en sus propias palabras, “reiteración de los hechos vandálicos y de vergonzosos latrocinios” cometidos por “algunos elementos que sin justificar representación de los Comités responsables ni de autoridad alguna realizan registros domiciliarios en determinadas casas para apropiarse de objetos de valor”. Tiempos de rencor y venganzas.
Representantes del viejo orden, derechistas, monárquicos, algunos periodistas o sacerdotes fueron blanco de estos incontrolados. Feliciano Redondo, dentro de uno de los grupos de riesgo, se vio atrapado en Avilés, preso del miedo. Vivió escondido con una familia amiga en una vivienda del número 35 de la calle Rui Pérez. Un refugio próximo a las casas de la plaza, las de los Hermanos Orbón, incendiadas en 1934, que, reconstruidas, acogieron en sus bajos la “Farmacia Única”. Le acompañaban, al principio, otros cinco refugiados más. Desde allí vieron como se desperezaba la guerra cuando el coronel Aranda lanzaba por la radio su bando asumiendo el mando en toda la provincia. Poco más iban a escuchar. Las radios fueron incautadas en los primeros días de la contienda. La única emisión se oía por el altavoz del ayuntamiento
A partir de entonces fueron topos. Buscaron noticias con sordina, intentando comprobar informaciones de segunda o tercera mano. Las arengas sañudas de Queipo de Llano hicieron concebir a sus informantes esperanzas de brevedad para la guerra. Pero todo era propaganda. Entre las noticias ciertas llegó la de la muerte del político y periodista Julián Orbón, el 28 de julio. Alguien dijo “¡ahora vienen a por los curas!”, y cundió el terror.
Feliciano Redondo veía en una casa de la misma calle, entre visillos, a otro refugiado. Y se pasaban noticias en lenguaje de signos. Siempre el final estaba cerca. Las tropas nacionales, al doblar la esquina, pero el tiempo seguía pasando. Registros por sorpresa y noticias alarmantes los mantenían en tensión mientras, el odio a “los rojos” seguía creciendo. Los imaginaba y los veía como energúmenos; como fieras con forma humana. Hasta desconfiaba de la criada de sus vecinos, Piedad, que le parecía “roja perdida”.
Siempre mantenía franca la posibilidad de huida hacia otro piso si las cosas se complicaban, pero, como ya era un topo, se construyó una madriguera. Tenía un escondite dentro de su escondite. Un lugar recóndito de la casa. La vieja despensa que comunicaba con el salón se condenó, cubriendo su puerta con un aparador. Desapareció de verás. Desde allí se ocultaba de cualquier visita, aunque fuese de confianza. Era ya el único refugiado.
Entre tabiques, verdaderos y falsos, escuchaba conversaciones, imaginaba reuniones y ponía cara a los sonidos. Llegó a conocer a todos los visitantes sin necesidad de verlos. Por la voz, por sus giros y palabras, por la forma de pisar. Hoy están los parientes de Valliniello; ayer vinieron los sobrinos de Carreño… Sólo le llegaban noticias de sacas y paseos sin retorno. Desde la cárcel a Lugones, al monte Palomo.
Se ocultaba en la casa, donde procuraba no dejarse ver y salir lo imprescindible a pasear por un Avilés donde nadie lo conocía. En la práctica había desaparecido. No lo buscaban allí, aunque los registros de casas para descubrir reuniones clandestinas, armas o refugiados continuaron.
Un día vinieron al piso donde se escondía. Y lo encontraron.

Publicado en La Nueva España, 22-VII-2012.