EL MÉDICO INFELIZ

    
Maletín de médico decimonónico. Infografía: Miguel De la Madrid
   Tras este título de cuento infantil de los hermanos Grimm, libremente traducido, se oculta una historia prosaica, lejana y real. Una historia anterior a la mitad del siglo XIX, cuando ser médico en Avilés era una profesión dura y un bien muy escaso. Y larga, sobre todo muy larga.
Las historias que esta serie cuenta tienen que ver con noticias que, de una u otra forma, tuvieron eco en los medios de comunicación, pero la de hoy viene de un momento en el que, en Avilés, por no existir no existía ni imprenta. No había periódicos, por tanto. Las noticias, sobre todo las oficiales, tenían un cauce para hacerse presentes, un medio formal: la “Gaceta de Madrid”. El Boletín Oficial del Estado de entonces. He aquí cómo, tirando de un hilo tan frío y tan lejano, podemos llegar a reconstruir, no sin esfuerzo, una historia cercana.
La noticia es del 16 de noviembre de 1841. Ya llovió. Y como entonces dicen que llovía aún más, era el peor momento para quedarse sin médico, a las puertas de que el invierno sembrase de virus el lugar para deleite de La Parca. A pesar de eso la Gaceta decía que la plaza de  médico titular de la villa de Avilés, dotada con 6.000 reales anuales, se hallaba vacante y que los que gustasen optar a ella tenían dos meses para presentar sus solicitudes en la secretaría del ayuntamiento de Avilés.
¿Qué había pasado? ¿Por qué Avilés se había quedado sin médico? Lo normal es que fuese por muerte o por jubilación. Eso no sería noticia para contarla hoy, pero la investigación de esta pista, en apariencia vulgar, demostró ser todo menos eso. Ocultaba una historia curiosa que comenzó unos meses atrás.
Fue cuando el médico titular de Avilés, que lo era por entonces José Rodríguez Villargoitia, decidió que ya no lo sería más. Que renunciaba y que lo hacía entre enigmáticas razones que no quería detallar, siempre con alusiones a penosas causas “conocidas de todo el mundo”. Y así se despidió de los regidores avilesinos, desde Pravia y por carta.
A los señores del Ayuntamiento Constitucional de Avilés el anuncio no les gustó ni poco ni mucho ni nada. Quedarse sin médico era asunto de poca gracia. En la Asturias de entonces eran rara especie, sustituida muchas veces por Intrusos del más variado pelaje, desde los más misteriosos ensalmadores a los curiosos de toda la vida. Eran tantos que, en 1847, hubo de abrirse un registro de intrusos para que los ayuntamientos comprobasen títulos y fraudes.
Los no titulados eran hábiles en componer huesos, reparar calamidades de la vida cotidiana o recetar cocimientos y fervediellos, pero poco eficaces para sanar algo más complicado que la patada de una vaca. Dese luego, ninguno de ellos atesoraba conocimiento académico alguno, ni pertenecía por derecho al personal de las ciencias de curar. Pero tenían fama y clientela, entre otras cosas porque, en algunos concejos de la comarca como Illas y Corvera, no había médico de ninguna clase y acudir a los médicos de los concejos limítrofes, si es que se tenía dinero para ello, era llegar tarde.
Intrusos los ha habido hasta hoy en todas la profesiones, incluso en la de contar la Historia. En aquel lejano tiempo con ellos se vivía pues, como queda claro, entonces el médico era un artículo de lujo, por escaso y por necesario. Sólo por Real Decreto de 5 de abril de 1854 su presencia se aseguró con la organización de los partidos de médicos (para poblaciones de más de 200 vecinos) cirujanos (para las mayores de 100) y farmacéuticos (para las superiores a 1.000). La cosa no mejoró demasiado entonces, pero nuestra historia habla de quince años antes, cuando era mucho peor aún.
En tan sombrío panorama lógico es que a los repúblicos avilesinos no les gustase la unilateral decisión de Villargoitia. Peor que se despidiese “a la inglesa”,  abandonando a la ciudad y su puesto de médico titular sin permiso del ayuntamiento, y mucho peor aún, dejar en el aire que todo el mundo sabía la razón. Ellos insistían en que no. Y pidieron explicaciones que, si era necesario, habían de llegar por medio del alcalde o el juez de Pravia. Avilés seguía sin médico y sin causa aparente de tal carencia. Villargoitia tuvo que explicarse, otra vez, y la cosa no mejoró.
Entre las enigmáticas razones que llegó a esgrimir asomaron cosas como que tenía que librarse de “impresiones dolorosas que atacaban mi ánimo y mi salud”. Decía que había tenido que sufrir odios, injurias y amenazas urdidas clandestinamente por algunas personas y que, además, todo eso era “voz pública”. Se iba, intentando recuperar el sosiego y la salud y dejando un deseo flotando en el aire para su sustituto: “plegue al cielo que la ocupe quien pueda ser más feliz y quien pueda contribuir más al bienestar del Pueblo, que el que por última vez dirige esta su renuncia”.
 No había que ser un genio para darse cuenta de que, por encima de todo, aquel médico era infeliz. Que, por lo que fuere, Avilés no había sido su destino perfecto. Que se estaba abrasando en las calderas del infierno grande que era aquel pueblo pequeño. Todo eso estaba detrás, pero él seguía parapetado en aquella corta explicación.
No coló. Sus razones no fueron suficientes para convencer a los del Ayuntamiento. Rechazaron la renuncia. Intentaron que volviera, pero sabían también que la cosa era difícil. En el intento, y para que Avilés no permaneciese desatendida, ofrecieron la plaza interinamente al vecino de Oviedo Ignacio José López, antiguo médico cirujano de Pola de Siero. De inmediato hubo acuerdo en ocho de las nueve condiciones del contrato y empezó a prestar servicio. El Jefe Político de la región acabó declarando la plaza vacante por enfermedad “de cuerpo y de ánimo” del antiguo titular.
Y así la noticia llegó a la Gaceta de Madrid. Hubo que anunciar la vacante y convocar a todos cuantos estuvieran interesados en presentarse a ella. De esa manera entró 1842. Avilés seguía con un médico en precario que, para colmo de males, la Diputación de Oviedo trasladó a la capital para que ayudase en el reconocimiento de los “quintos” de ese año. El Ayuntamiento de Avilés no podía permitirse sustituir al sustituto y logró que la Diputación renunciase a sus pretensiones mientras la selección definitiva seguía su curso.
Fueron quince los médicos interesados en la plaza de Avilés. Llegaron peticiones de toda España. El Ayuntamiento pidió informes sobre todos a colegios, ayuntamientos y universidades. Sobre su conducta y adelantamiento en el desempeño de su carrera. Del uno al otro confín al norte de Madrid llegaron respuestas: de Avilés, Cangas de Onís, Valladolid, Madrid, Sahagún, Villarramiel de Campos, León, Real Sitio de San Ildefonso, la Coruña, Mondoñedo y Salamanca.
Finalmente la plaza fue para el interino. El Ayuntamiento le valoró como mérito esa interinidad a Ignacio José López, que pasó a ser médico titular de esta villa y su concejo. Pero Avilés no pareció cerrar la situación. Ese mismo año, otra vez la Gaceta, anunciaba nueva vacante, en este caso del médico-cirujano titular, Pedro Luis Martínez.
En la letra del anuncio quedaba escrita la peripecia y también la penuria de los galenos de aquella época. Había desempeñado el cargo durante cincuenta años. Tenía más de noventa y la causa de su retiro eran “las continuas dolencia y operaciones dolorosas” por las que “se hubiese inutilizado”. Así, exhausto, tuvo derecho a una pensión de 200 ducados de los 400 que cobraba. Poco tiempo le quedaba para contarlos.

Como ven, la ocupación de médico de pueblo no era envidiable entonces. Se moría con las botas puestas y, a lo peor, no había otro médico titulado para asistir en aquel último momento. No era una profesión para ser muy feliz. 

Y AL SÉPTIMO NO DESCANSARON

Edificio de la Escuela de Artes y Oficios, durante muchos años el local multiusos de Avilés (infografía: Miguel De la Madrid).
A los contadores de anécdotas y coleccionistas de gacetillas avilesinas siempre les ha hecho mucha gracia esto que hoy les voy a relatar. Aunque, si uno se acerca con rigor, enseguida se da cuenta de que la cosa tiene mucho fondo y poca risa. No se trata de curiosidades ni de chanzas, ni hay nada de broma en lo que a continuación se cuenta. Es, más bien, la radiografía de un tiempo y de quienes lo vivieron. Pero, claro, hay que bucear.
            Todo sucedió en el inverno de 1908. El domingo dos de febrero, por más precisar. Mal empezaba ese año en que el poder local era más frágil que nunca y la economía de Avilés había entrado en un túnel muy negro. No estaban los tiempos para perder clientes ni para perder ingresos en días como los domingos, santificados por los taberneros avilesinos haciendo mejores recaudaciones.
            Pero hacía tres años que las cosas eran distintas. El conservador Juan De la Cierva, padre del famoso inventor del autogiro y ministro en el “Gobierno largo” de Antonio Maura, se había empeñado en regular las costumbres sociales y eso incluía desde la prostitución a los teatros, desde los cafés al funcionamiento de la policía. Y, en medio de todo, una ley, la del Descanso Dominical, a la que nadie estaba haciendo mucho caso pero que, entre otras cosas, obligaba al cierre de las tabernas en el día del Señor.
Y así la cosa llegó a Avilés. La Cierva no era ministro para tomarlo a broma. Sacrificó su popularidad a la aplicación de esta ley y, aunque tuvo suerte diversa en su propósito final, fue inflexible en la necesidad de su cumplimiento, persiguiendo y multando a los infractores. Hacía tiempo que se venía avisando a los taberneros avilesinos y ellos como si nada. Aquel domingo de febrero estaban preparados para la resistencia pasiva. Se mantuvieron firmes y, tras el acuerdo tomado el sábado, dejaron abiertos sus locales contra la ley y contra los dictados de las autoridades. A mediodía una muchedumbre asistía confundida a un espectáculo poco usual. La Guardia Civil, ayudada por la Guardia Municipal, conducía hasta el edificio de la Escuela de Artes y Oficios, improvisada cárcel, a todos los taberneros de Avilés, resistentes a cerrar en cumplimiento de la ley.
No sólo a los taberneros, también cinco de sus esposas acabaron en el calabozo hasta las diez de la noche. Al día siguiente fueron puestos en libertad, tras prestar declaración, los taberneros y otros dos industriales, Manuel Galé y Adolfo Miranda, detenidos por error en la misma operación.
            A la Ley del Descanso Dominical, como sucede a veces con ciertas leyes novedosas, algunos no la tuvieron en cuenta, no se la creyeron, la dejaron pasar o no la vieron venir… pero llegó. Lo hizo en marzo de 1904.Y entonces muchos sectores profesionales se echaron a temblar al ver las consecuencias que podría acarrear a sus intereses. Y aparecieron las protestas. Empezaron a elevar su voz profesiones tan diversas como panaderos, albañiles, periodistas, barberos, tenderos, ferroviarios y hasta toreros. Por supuesto, los taberneros también.
En las poblaciones de menos de diez mil habitantes los alcaldes podrían autorizar la apertura de las tabernas en el horario que considerasen oportuno. Por este caso se coló Avilés, donde su alcalde sostenía el criterio de que las tabernas eran casas de comidas por la tarifa de contribución que pagaban. Esa era una de las formas de burlar la ley, que exceptuaba a los cafés y no a las tabernas, por lo que los taberneros empezaron a matricular sus negocios como figones o cafés económicos.
 Sucedía todo esto, entre otras cosas, porque los taberneros no podían soportar que, mientras en Avilés se cerraba, las tabernas de Gozón, Corvera, Illas y Castrillón, permanecían abiertas, legalmente abiertas, llevando a sus parroquianos a rezar en otras capillas de la comarca, dejando sus cuartos allí. Esos pueblos, y ciudades de mayor importancia como Oviedo, Mieres, Villaviciosa o La Felguera, habían encontrado la gatera por la que colar las exigencias de la ley acomodándolas a las costumbres locales.
El asunto no era sencillo. En un poblamiento tan disperso como el asturiano las aldeas acudían a surtirse a la capital comarcal los días festivos, con lo que era habitual que, en esos días, las villas cabeza de partido celebrasen mercado. Era una circunstancia muy común en toda España y prevista además por el Reglamento que desarrolló la Ley, según el cual podía lograrse así la exención de su cumplimiento si se celebraba un mercado tradicional los domingos. Y, con ese recurso, diversas localidades lograron salvar la situación para los comerciantes. Pero se abrió una espita peligrosa, dividiendo a los pueblos, y poniendo a prueba la fuerza de los poderes locales y, en la mayoría de los casos, del omnipresente caciquismo.
Ante tanta incertidumbre y tanto peligro para el negocio las tabernas miraron para otro lado, en lo que se refiere a la observancia de la nueva ley. Tiendas y colmados siguieron despachando su género hasta cuando tuvieron por conveniente. Mucho tiempo para sus dueños y una jornada agotadora para sus empleados.
Y aquí el enfrentamiento bajaba un nivel. Ya no se trataba de municipios contra el Estado, ni siquiera de municipios contra municipios, que también, sino de obreros (dependientes, camareros y otros) contra sus patronos. Aquellos taberneros y otros hosteleros y comerciantes, que, frente a la ley en la que se escudaban los obreros de la Junta de Reformas Sociales, no querían perder ingresos en días de buena faena. Sus empleados, que estaban asistidos por una ley que no acababa de ponerse en marcha, tampoco querían perder su descanso, si no dominical, al menos semanal.
A esto se unían las peculiaridades de las relaciones laborales de entonces, como el hecho de que los trabajadores cobraran los sábados y que, precisamente ese día, podían hacer las mejores compras de la semana, por lo que, en algunas ocasiones, “pactaban” con los patronos que el sábado se pudiera abrir sin límite horario, a cambio del cierre seguro los domingos.
Los trabajadores de la dependencia mercantil se consideraban en Avilés “los más esclavos y los más explotados” y se mantuvieron en guardia durante años. Tenían un trabajo muy duro, y una jornada laboral que les restaba tiempo para vivir. Por eso se despertó en ellos la conciencia de ser un grupo con intereses profesionales muy particulares y se organizaron para defenderlos. Lejos del alcance de las organizaciones obreras por antonomasia (anarquistas y socialistas) apoyaron sus reivindicaciones en instituciones sin filiación ideológica precisa, como la Asociación de Dependientes de Avilés. Su capacidad de presión fue muy limitada (tenía 22 socios en 1919) y el problema cerró en falso cuantas veces alguien decidió abrirlo.
Con el paso del tiempo las tabernas y establecimientos afines del centro de Avilés acabaron cumpliendo la ley, mientras que las de las afueras la siguieron sorteando durante décadas, para enojo de alcaldes y desesperación de dependientes. Éstos tomaron medidas de presión más severas y, con el apoyo de su Comité Nacional, lograron que se garantizase el cierre a las ocho de la tarde de todos los comercios, desde octubre de 1915.
Para que todo el mundo se enterara se repartieron 10.000 pasquines por los domicilios y aldeas de la comarca y, como sucedía en Gijón y Oviedo, se colocaron grandes carteles a la entrada de Avilés avisando del horario de cierre comercial. Pero los problemas continuaron muchos años después.
Es decir que, hace más de un siglo, la libertad de horarios de comercio era un asunto tan controvertido como lo es hoy, y casi por las mismas causas. En una villa que empezaban a languidecer y a entrar en una parálisis económica muy acusada. También como hoy.
Mucho más que una anécdota.

JULIÁN ORBÓN EN FLASHBACK (Y II)

Una primera página de “El Progreso de Asturias” hecha ceniza como la vida y la historia profesional de Julián Orbón (infografía: Miguel De la Madrid).

La vida de Julián Orbón siguió pasando veloz sobre los muros de la cárcel de Avilés. Necesitaba, como poco, un cirujano de hierro para sacarlo de allí. Como Miguel Primo de Rivera. Se le alegró la cara al recordarlo. Su dictadura, desde septiembre de 1923, decía llegar para dar fin a los males de España. La solución definitiva a la postración y al politiqueo. Otra vez buenos tiempos para Julián.
Sus ideas encontraban horma en la regeneración que predicaba la Unión Patriótica, el partido del régimen. Un cuerpo nuevo para la vieja patria infectada por la mala política. En los tiempos duros siempre hay ideas que se imponen, por la razón o por la fuerza. Y Allí estaba él, propagandista de si mismo en las páginas de su semanario, denunciando como ajeno todo malo que pasaba en España y como propio todo lo bueno que había sucedido en Avilés: el tranvía eléctrico, la estatua a Pedro Menéndez y, sobre todo, la terminación del teatro Palacio Valdés. Se reivindicaba como materia gris, como mente inspiradora y aún como brazo ejecutor. Eso dolía mucho a quienes habían estado en los proyectos. No miraban bien. Y la temperatura social y política seguía subiendo.
Tantos años de campañas en solitario caían ahora en tierra fértil y, con los ayuntamientos de la dictadura, llegó a ser teniente de alcalde. Salía de la concha del apuntador para dejarse bañar por las luces de las candilejas de la política. Y se paseó por el escenario para mostrar sus virtudes, pero también para convertirse, llegado el caso, en un blanco fácil. Compromiso a campo abierto.
Y de campos iba la cosa. En esos tiempos el ayuntamiento de Avilés fue campo de batalla con dos periodistas tiroteándose en la misma trinchera. Manuel González Wes, secretario municipal y director del diario local, y Orbón, teniente de alcalde y director del semanario local. El primero opuesto a la dictadura de Primo de Rivera anhelando la llegada de una república reformista por la que trabajaba hacía décadas y el segundo no siguiendo más dictados que los suyos.
Julián intentó eliminar a ese enemigo político, y, al no conseguirlo, amenazó, como había hecho otras veces, con dimitir de su cargo municipal. Y el alcalde, Valentín Alonso, accedió. Tragó aquel farol para desgracia de Orbón, convencido de que, ahora sí, iba en serio. La inestabilidad de los tiempos, especialmente en lo referente a la alcaldía, hacían verosímil la propuesta.
Pero no era así. Amenazaba para que le impidieran la marcha. Y el alcalde no lo hizo, con lo que pasó a la lista negra de El Progreso. Y así hasta que llegó su sucesor, en febrero de 1928, José López Ocaña, para el que Orbón reservó todas sus laudas, colgándole las medallas de todos los progresos de Avilés, hasta escribir que era “la población de su importancia mejor alumbrada de España”. Brillante flor para lanzársela a un alcalde en aquellos tiempos. Ya saben que, en “Es Avilés”, se canta como gran logro aquello de “…Y hermosa electricidad” (pronúnciese “eletrecidá”).
Con toda esa luz, y muchos menos taquígrafos, llegó la Segunda República. Para él una mala noticia. Siguió adelante, cómodo dentro de sus hechuras de polemista, sin renunciar a ninguna de las controversias que le salieron al paso durante estos años. Era valiente. Se esté o no de acuerdo con las ideas de Orbón, demostraba otra vez ser un viejo periodista. De esos de oficio. De un oficio muy distinto al que ahora se practica. En estos momentos se valora la imposible “objetividad”, entonces la prensa existía, como desde su nacimiento, para tomar partido. Para defender unos intereses y unas causas que no se ocultaban, se les dejaban claras a los lectores para que optasen por leer ésos u otros papeles. Todos tenían amo.
 A Julián Orbón durante aquellos años no le faltaron ni causas ni controversias. Como cuando, a finales de agosto de 1934, El Progreso de Asturias dio en organizar una “Fiesta Homenaje a la Prensa” en el teatro Palacio Valdés. La intención era rendir público y póstumo testimonio de admiración al fundador de Blanco y Negro y ABC, Torcuato Luca de Tena. Para ello se montó un acto benéfico, pero en el fondo político, donde discursearon, entre otros, Juan Ignacio Luca de Tena, hijo del homenajeado, y Antonio Royo Villanova, perteneciente al muy derechista Partido Agrario. Dos enemigos confesos de la República. Los contrarios a Orbón lo alinearon en la ultraderecha. Y entonces, como ahora, quien ejerce el poder hace listas negras de vetados, señalados, desafectos o perseguibles. La diferencia es que, ahora, se busca la muerte civil del acosado y, entonces, la otra.
Al estallar la revolución de octubre de 1934 El Progreso y su director estaban a la cabeza de la lista de objetivos. Las reacciones contra el periódico venían escalando en la misma proporción que sus campañas contra la “propaganda soviética”, el “ambiente de criminal tolerancia” o “el marxismo perturbador”. Los escritos fueron respondidos con amenazas cuando la huelga de 1930, apedreos en abril de 1932 y, al fin, bombas en octubre del 34.
La primera estalló en los talleres del semanario a las diez de la noche del viernes cinco de octubre. El periódico estaba situado en los bajos de las casas de su hermano Benjamín Orbón, entre la calle Rui Pérez y La Cámara, en la Plaza Nueva (la de abastos). Entonces se pudo sofocar un conato de incendio inundando los talleres de la planta baja, a la vez que, desde las ventanas del entresuelo, el sobrino de Julián, Carlos, respondía con varios disparos de pistola hacia el interior de la Plaza. Ese mismo domingo, otra vez a las diez de la noche, dos explosiones certificaban el inicio del incendio que devoraría a El Progreso de Asturias, las casas de los Orbón y adyacentes. Julián fue perseguido, acosado hasta que no le quedó sitio para huir o para ocultarse dentro de su propio pueblo. Disfrazado y desesperado, logró salvar la vida, en el último momento, saltando cercas y corriendo calles. Huyendo y refugiándose en casa de un amigo hasta la llegada de las tropas del general López Ochoa.
No le quedó casi nada en Avilés. Sólo el rencor hacia los que habían destruido su casa y todas las pertenencias de la familia. Los chorros de agua que sofocaron el incendio se tiñeron con el negro de la tinta de las colecciones de El Progreso, perdidas sin remedio. Con ellas llegó también un chorro de rencor hacia la villa entera, de la que se marchó acusándola de “cobardía colectiva”. Se refugió en Gijón, donde encontró residencia y amparo profesional en la prensa.
Se había tirado sin pagar de la barca de Caronte. Pero el barquero siempre exige su moneda y, si no pagas, se lo dice al cartero, que siempre llama dos veces. Así que volvió a llamar en casa de Julián Orbón en el mismo inicio de la guerra civil. Los periodistas eran entonces propietarios de máquinas de la guerra de propaganda que se libraba con más saña aún que la otra. Acabaron siendo víctimas de los primeros días, del descontrol, de la memoria y también de la llamada “justicia popular”.
Julián Orbón fue detenido en Gijón y trasladado luego a la vieja cárcel de Avilés. Era la madrugada del 28 de julio de 1936. Allí estaba, este hermano y tío de músicos, habitante del mundo de la controversia y la política. Subido a esos caballos atravesó la frontera entre los siglos XIX y XX, en una vida profesional que había comenzado al son de Guantanamera, en la Cuba de finales del 800 cuando, veinteañero y huérfano, decidió emigrar. Una historia densa, como los tiempos que le había tocado vivir. Historia que era de uno y era de todos.

Eso pensaba, tal vez, repasando su vida, pergeñando una belicosa noticia sobre aquellos acontecimientos para cuando saliera de la cárcel. Se iban a enterar. Pero entonces la noticia era él mismo. Los recuerdos se interrumpieron. No quedaba más tiempo. Descarga de mosquetón y fundido a negro.

JULIÁN ORBÓN EN FLASHBACK (I)

Julián Orbón, un hombre en el punto de mira. En este caso homenajeado por las fuerzas vivas de la dictadura de Primo de Rivera en Avilés el 23-VIII-1924 (infografía: Miguel De la Madrid).

Imagino a Julián Orbón mirando a los muros de la vieja cárcel de Avilés. Ausente. Viendo proyectada en las piedras la muerte de su padre, profesor de idiomas de la Universidad de Oviedo, que cayó fulminado un mal día en la calle Argüelles. Muerto sin avisar y sin ver, por muy poco, el siglo XX.  
Había empezado a pensar en su pasado. Ya sólo tenía eso. El futuro en aquel país en guerra no existía para casi nadie y el presente se le estaba escapando a toda velocidad. Julio de 1936. Tiempos salvajes. Puede que entonces esa vida que dicen le mira a uno de frente en el instante final, atravesara el pensamiento de Julián a toda velocidad. Todos los recuerdos. Una vida que explicaba, como pocas, ese brutal desenlace que tomaron los tiempos. El rescate de las viejas facturas que, unos y otros, empezaron a cobrar en el 36.
Pasó treinta años trabajando en asuntos y cargos de representación, durante los que se forjó un puesto en eso que se llama “la vida pública”. A medio camino entre Avilés y La Habana, adonde llegó a principios del siglo XX, con una carta de recomendación de “Clarín” bajo el brazo, que le abrió las puertas de El Diario de la Marina, periódico defensor del poder español en Cuba y de gran influencia en la colonia hispana. Aquel diario, fundado en 1844, era ya viejo entonces, pero tenía una amplia nómina de suscriptores entre la colonia y el comercio de la Isla. Orbón siempre lo citó como su verdadera escuela de periodismo y a su director, Nicolás Rivero, como uno de sus principales valedores. Porque Julián era, sobre todo, un periodista de la vieja escuela.
Desde entonces su vida se convirtió en una especie de gymkana para sortear los obstáculos de la política y de su propio carácter, más propenso a crearse enemigos que a lo contrario. Tres décadas saltando el Atlántico hacia la orilla más conveniente y dedicándose lo mismo a fundar periódicos y revistas, que a mantener corresponsalías, organizar eventos y homenajes. Defendiendo mil causas, peleando duro por todas ellas, pero cada vez más solo con sus ideas, en unos años en que los hombres se acabaron matando por ellas.
Primero fue liberal. Devoto del omnipotente y segundo Marqués de Teverga. Otro Julián. En ese momento, su abrazo a la causa de los sanmiguelistas le llevó a ser colaborador temprano de El Diario de Avilés, cuyos responsables apreciaron en él una prosa sobrada de “galanura de estilo”, que ocultaba un grueso ariete de polémica, con el que se lanzó contra todo aquello que se le movió cerca. Eran los tiempos en que el marqués de Teverga y los suyos dominaban los resortes caciquiles, que la prensa, como todo Avilés, era sólo suyo. El bando de los ganadores. El mejor lugar para repartir estopa. Y Julián Orbón entonces ya era uno de los mejores repartidores de la comarca.
Dejó de ser liberal al fundar un semanario, El Heraldo de Avilés. No había acabado 1904. Su trayectoria estaba clara, siempre experto en buscarse apoyos, en organizar todo tipo de actos sociales y en situarse muy bien en aquellas instituciones que podían garantizar una posición social suficientemente visible para sus intereses.
Pasó entonces por una fase en que se convirtió en algo así como “comisionista del homenaje”. Una ocupación en la que aún hoy se pueden encontrar a sucesores de Orbón. Así, dirigió los homenajes al filósofo Estanislao Sánchez Calvo y al maestro Juan de la Cruz y los juegos florales de 1904. Los eventos más relevantes de la discreta vida pública del Avilés de principios del siglo XX lo tenían por intendente y estratega. Era, además, secretario de la Extensión Universitaria y presidente de la Asociación Coral Avilesina. Es decir, estaba bien colocado en los mejores resortes de la vida social, política y cultural. Logró hacerse visible y tener un poder de influencia real en todo aquello que más le interesó. Siempre presente, siempre importante.
Buenos tiempos, pero breves. En 1906 salió por pies de un gran escándalo que le buscaba la espalda a grandes zancadas. Debió dejar la Coral, la Extensión Universitaria, sus apreciadas comisiones de festejos y buscar abrigo y retirada en La Habana. Un cuartel lejano, pero siempre seguro.
Cinco años después ya era reformista de los de Pedregal, los que habían desbancado en las instituciones a los viejos liberales con nuevas ideas republicanas y dinero fresco. Volvía a Avilés, lleno de relaciones en Madrid y con los más notables americanos, presto a acercarse al nuevo poder reformista a través de la Sociedad Fomento de Avilés, una institución que intentó sacar a la villa de los malos tiempos que ya vivía con todo tipo de iniciativas, desde el urbanismo al turismo. Fue su secretario hasta que, según sus enemigos, un “ataque de megalomanía” lo arrojó nuevamente al mar en 1915, con los últimos fondos de la sociedad invertidos en un pasaje para La Habana. Vivía más en el Atlántico que en tierra firme. Su suelo siempre había sido movedizo, azaroso, peligroso…
 El día de Reyes de 1917, entre los regalos de la cabalgata, asomaba otra vez Julián Orbón a la opinión de Avilés envuelto en las páginas del semanario El Progreso de Asturias. Ya no tenía más bando que sí mismo, en un proceso de radicalización de formas e ideas, paralelo al que vivía la sociedad española, con el que atravesó los años veinte. En esta nueva mudanza los enemigos eran Pedregal y sus correligionarios, después de una década al frente del ayuntamiento de Avilés. Los sitió desde su periódico, agitando o creando fantasmas de escándalo y desgobierno que se les aparecían a cada paso para atormentarlos. Y recibió respuesta desde el diario local de Manuel González Wes, pedregalista destacado, periodista y secretario municipal al mismo tiempo, que dirigió como hombre orquesta aquel diario haciéndolo órgano, vocero y defensor de Pedregal.
Frente a todo esto estaban las columnas de El Progreso. No hacían prisioneros y Orbón seguía sin hacer amigos, menos que nunca en Avilés. Cualquiera podía estar señalado. Lo mismo cargaba contra los maestros por no reprimir el uso de la blasfemia, que contra los bailes públicos por inmorales. Se alejó para siempre de los partidos del caduco sistema de la Restauración. Ni liberales ni monárquicos ni republicanos ni reformistas colmaban sus deseos de orden y seguridad. Al otro lado tampoco retrataba un mejor panorama. Las nuevas fuerzas obreras no eran de su agrado y las combatió sin descanso. Fue paladín de la regeneración moral y material, atrincherado en un conservadurismo cada vez más belicoso.
Contra los socialistas cargó en 1920 por los “sucesos de Moreda”, en los que se enfrentaron a tiros obreros del Sindicato Católico y del sindicato minero socialista, SOMA. Doce muertos. Orbón se despachó con un artículo durísimo, titulado “Cobardías”, acusándolos de ser “propagandistas desalmados que no dudan en asesinar a traición a sus compañeros si con eso calman el rencor almacenado en sus entrañas”. El Centro de Sociedades Obreras le respondió con otro artículo, “Vilezas”, llamándolo “ente despreciable”, mercenario que vende su pluma a los poderosos para difamar “a tanto la línea”.

Duras palabras, dichas en un lugar tan pequeño como Avilés, iban más allá del papel. Sonaban a amenaza por ambas partes. A “sé quién eres”, a “verás cuando lleguen los míos”. Sonaban a esas cosas que no se olvidan. A las que se guardan. A las que se recuerdan cuando aparece la ocasión. Y años después, por desgracia, iban a sobrar las ocasiones.

POCA DILIGENCIA

Infografía de Miguel De la Madrid a partir de publicidad de "Los Horgas"

Si, entre los lectores de esta serie quedara algún buen aficionado al difunto género del Oeste, sin duda estará al tanto de que en toda película de cierto empeño y argumento interesante no puede faltar una diligencia. Siempre está en el lugar oportuno para que luzca John Ford, para que suba John Wayne, para que ataquen los indios, para llevar el correo, para traer al malo… para pasar por allí. Pero pocas veces pensaron, tal vez, que esos mismos carruajes, y en años parecidos, daban servicio muy lejos de las praderas del Far West. Por ejemplo en Avilés.
Y es que, por seguir con la proximidad del símil, a la fuerza ahorcan. No había otra cosa y con esos bueyes se tenía que arar. Y viajar. Hasta muy entrado el siglo XX, con la generalización de trenes y automóviles, la diligencia o sus parientes cercanos, carromatos, “barcos” o “galeras” eran el medio de transporte más usado por aquellos que podían pagárselo. Otra cosa no podía caminar por carreteras con firme de piedra partida, llenas de curvas, peraltes y desmontes realizados con una tecnología arcaica y donde encontrar un puente era todo un acontecimiento digno de festejo. Unos caminos que, en palabras del viajero inglés Richard Ford, sólo eran aptos para “el carro de la Osa Mayor”.
            Entonces se viajaba a lomo de mulas o, como era muy frecuente, a pie, por endiablados caminos que entretenían las horas y desesperaban el ánimo de los viajeros. Hablar de carreteras sólo es posible a partir de la segunda mitad del siglo XIX, antes ni siendo muy generoso se podría usar ese término. En esos años se aprobó el reglamento del Cuerpo de Ingenieros de Caminos y la Ley de Expropiaciones Forzosas y, al finalizar el reinado de Isabel II, en 1868, la red nacional de carreteras, o algo parecido, ya tenía unas dimensiones considerables.
Eran, en todo caso, vías pensadas para transportar mercancías, que no procuraban ningún tipo de comodidad a las personas. Como dejó escrito el siempre agudo Mariano José de Larra, en los coches viajaban sólo los poderosos, los carromatos y las acémilas estaban reservados a las mujeres de militares, estudiantes y predicadores cuyo convento no les proporcionaba mula propia. Nadie más viajaba.
Aún así, en el Principado la diligencia no llegaba ni siquiera a todas las cabeceras de los concejos, ni siquiera en el siglo XX. Sólo a los sitios donde la rueda podía pasar. Los viajeros, siempre por necesidad, se las arreglaban como podían. Quienes tenían caballería propia la usaban, y quienes podían alquilarse una, lo hacían, bien fuese completa o “media caballería”, compartiendo a ratos algún mulo de un arriero, libre de carga, con otro viajero.
Las diligencias, por tanto, dulcificaron sólo un poco un ácido panorama, llevando pasajeros en sus diferentes departamentos, mejor o peor colocados, según billete y posibilidades. La berlina era un departamento cerrado en la parte delantera, el interior iba en el centro del vehículo y el cupé, delante de la baca. Ésta, en la parte superior, podía habilitarse para transportar viajeros protegidos por toldos, entre baúles y cajas de un equipaje que aportaban los viajeros de billete completo, que les permitía transportar tres arrobas de peso por cabeza.
Eran vehículos capaces hasta para doce viajeros, arrastrados por ocho mulas o entre dos y cuatro caballos, con muda de tiros en función de la distancia recorrida. Grandes carruajes, muy poco refinados, de cuatro ruedas, portezuelas laterales o posteriores, asientos delanteros, y en baca, con una parte tapada con lona para los equipajes, conducidos por un mayoral, un postillón y un zagal. Éste, si el tiempo y la ocasión lo permitían, montaba el caballo delantero.
En tan duras condiciones la paciencia se imponía, sobre todo en las grandes rutas. Por ejemplo, para realizar un viaje de Oviedo a Madrid había que utilizar 120 caballos, en tiros sucesivos, 15 zagales, 5 postillones y un mayoral. Se avanzaba a razón de 40 kilómetros diarios, partiendo la jornada en dos, desde la madrugada a la comida y después de ésta hasta la caída del sol.
Tómese esta descripción y aplíquese al kilometraje entre Avilés y Oviedo, y se conocerán las condiciones del transporte de viajeros en las diligencias del Avilés decimonónico, que movían al año no menos de 10.000 viajeros (eran muchos más los que viajaban a lomo de mula o a pie) y una cantidad no despreciable de mercancías.
La línea a la capital fue atendida, hasta 1866, por la empresa ovetense la Unión Asturiana. Ancha era la ruta para ella, nadie la inquietaba y, ausente de competencia, ponía los precios que tenía por conveniente. Pero ese negocio tan libre se le acabó en diciembre de 1866, fecha en la que el empresario avilesino Francisco Artime entró en el negocio poniendo en marcha una nueva empresa, la Villa de Avilés, con nuevas diligencias y nuevos precios (18 reales en berlina y 14 en interior) que acabaron por arruinar a la empresa ovetense que, no acostumbrada a la competencia, bajó los precios para recuperar clientes hasta unos ridículos 4 reales. Fue cuestión de tiempo que, con tan menguada recaudación, la vieja empresa acabase cerrando. Poco tiempo después, a finales de 1867, una nueva compañía entró en la pugna de precios y servicios.
Realmente la competencia no se ventilaba sólo en la bajada de precios, sino también en la comodidad y la velocidad del viaje. Sobre lo primero, habida cuenta de las carreteras y del tipo de carruajes que se manejaban, no había mucho que hacer, pero sobre lo segundo sí que se intentó ganar terreno y minutos al reloj. El margen de maniobra era escaso. Las diligencias de Avilés invertían, en los pocos kilómetros que separaban a la villa de la capital, tres horas si el trayecto se hacía hacia Oviedo, “subiendo”, y dos horas 45 minutos en el viaje de vuelta, “bajando”. En esos quince minutos residía el único margen de mejora.
Ustedes ya se hacen cargo de que esos lejanos tiempos eran muy distintos a los de la actual Fórmula 1 de nuestros desvelos. Aquí no había ingenieros, ni evolución de motores ni cambio de neumáticos, ni siquiera un Fernando Alonso que echarse al pescante. La única posibilidad de ganarle kilómetros al segundero y a la competencia consistía en tirar de látigo. En hacer que el mayoral fustigara a las caballerías hasta la extenuación. Y eso hacían, precisamente, a riesgo de mercancías y viajeros.
En peligrosa competencia, como en las películas del Ponny Express, las empresas de carruajes de Avilés intentaban atraerse a la clientela prometiendo un viaje más veloz. Los mayorales despreciaban el reglamento de carruajes, hacían sonar el látigo sobre las orejas y lo chocaban contra las grupas de las bestias. Y las autoridades, como si lloviera, que era cosa que sucedía a menudo embarrando el firme y mojando a los pasajeros dentro de las propias diligencias, en las que, más de uno, hacía el viaje con el paraguas abierto.
Un peligro. Hasta Lugones la carretera era ancha, pero era una carretera de esas que les he descrito, primitiva, lenta y traicionera. Lo dicho, peligro, mucho peligro tenían aquellos cocheros que se exponían, por el beneficio empresarial, al perjuicio médico haciendo volcar los coches en alguna ocasión. Todo por un mal cuarto de hora. De película.
En fin, que, como había pocas diligencias, los mayorales tenían que poner la mayor diligencia en que su diligencia llegase antes que la diligencia de la competencia. Creo que me han seguido. Al galope, claro.


CASA PARA EL PRÍNCIPE

Infografía: Miguel De la Madrid


          A principios del siglo XX cualquier manual de hidroterapia que se preciase incluía un repertorio de instrucciones para ejecutar con provecho los baños de mar, más o menos de este tenor: “la inmersión en el baño ha de ser brusca y total, procurando sobre todo mojarse bien la cabeza desde el primer momento, a fin de evitar congestiones”. O, como sostenía el doctor Bataller y Contastí para los que supieran nadar, “acercarse a la orilla y así que ve acercarse una ola, entrar con denuedo en el baño sumergiéndose enteramente”. No por casualidad los llamaban “baños de impresión”.
            Tan impresionante ejercicio, sin embargo, estaba reservado a muy pocos. No hacía mucho que la playa se había inventado para el disfrute social y ocioso. Sólo los que tenían dinero y tiempo para gastar eran clientes de los baños de mar. Una costumbre exclusiva en la que los reyes de países diversos fueron la vanguardia y el modelo que todo bañista de posición gustaba de imitar.
            Si hubiera una clasificación de los reyes más bañistas seguramente los Borbones estarían en los primeros puestos. Siempre han sido monarcas de mucho viajar y mucho remojar. Empezando por Isabel II, que puso en el mapa a la vieja playa de Pando de Gijón en 1858. Y eso era precisamente lo que se les pedía, que hiciesen publicidad, que dieran ejemplo y dieran lustre a una playa que quisiese atraer a bañistas elegantes que, por imitación a los monarcas, dejasen sus hernias y sus cuartos veraneando en ese mismo destino. Tener como turista a un rey aseguraba que toda una grey de viajeros de orondas carteras haría crecer el lugar, dejando dinero y prosperidad en ese negocio recién nacido. Algo así como lo que Marbella hizo, muchos años después, con  famosos de toda laya para proyectarse como destino de lajet set” internacional. Eso es lo que intentaron las playas asturianas desde el siglo XIX.
            Isabel II hizo lo que pudo por el veraneo de Asturias, pero no fue capaz de nadar y guardar la ropa y eso la llevó directamente al exilio al salir de los baños de Lequeitio, donde la encontró la revolución “Gloriosa” de 1868. Así que nuestra región siguió esperando por bañistas de sangre azul. Al menos hasta que Alfonso XIII, ya con el siglo XX, empezase a frecuentar Asturias. A que su afición a los balandros lo trajese a regatear a Gijón o su puntería a tirar al pichón en la finca de los marqueses de Argüelles en la playa riosellana de Santa Marina. Asturias se estaba colocando en una carrera en la que San Sebastián y Santander le sacaban varios cuerpos de ventaja. Ellas acabaron conservando el veraneo de la Casa Real, sobre todo cuando el palacio de la Magdalena se unió al donostiarra de Miramar para convertirse en verdaderas cortes de verano entre 1913 y 1930.
            De los reyes no se podía esperar otra cosa que viajes golondrina y muy poco chapuzón. Pero Asturias no desmayó. Ofrecer casa al monarca era una vieja aspiración y, si no se podía con el rey, al menos había que intentarlo con su hijo, aprovechando una ventaja estratégica que sólo esta tierra tenía: el primogénito del rey, desde la noche de los tiempos, era príncipe de Asturias.
            Hacía tiempo que Gijón tenía un proyecto como éste en sus oraciones, pero, en un esfuerzo supremo de decisión, la comarca de Avilés dio un paso al frente, aprovechando la promoción que toda la maniobra podría suponer para la playa de Salinas. En esos terrenos se podría instalar un palacio que, como en Santander, se ofrecería luego al Príncipe como residencia de verano. Pero esa tierra no le pertenecía a las olas, tenía dueño.
En la primavera de 1921 las fuerzas vivas más vivas del contorno se dirigieron al propietario de las “perras” y de la playa, Louis Hauzeur, director general de la Real compañía Asturiana de Minas. Le enviaron un mensaje firmado por los alcaldes de Avilés y Castrillón, entidades diversas de ambos concejos y los directores de periódicos de la comarca. La carta estaba llena de aplastantes evidencias como que “es incomprensible que después de tantos siglos el Príncipe heredero no tenga aquí su residencia, aunque no sea más que algunos días de verano”.
Aclarada la intención faltaba ubicar el solar y se pensó en la península de Bellavista, en Salinas, mirando, por un lado al mar y, por otro, a los pinares del dueño de la finca. Para que todo fuese más tradicional y solariego, un palacio edificado con la forma de una casona asturiana a todos les pareció la mejor idea. Serviría, incluso, para sellar la vieja amistad entre los reyes de España y los de Bélgica. Argumento, sin duda, definitivo para llegar al corazón del belga Hauzeur.
Se consiguió, además, que el director de la fábrica de Arnao, Juan Sitges, sirviese de embajador para presentar el proyecto a su jefe y, por aquello de aprovechar la ocasión, le deslizase también el propósito de parcelar el frente de la playa de Salinas para construir una urbanización de elegantes hotelitos mirando al mar, que se verían muy mejorados en sus posibilidades turísticas y rentabilidad inmobiliaria con la definitiva puesta en marcha, ese mismo año, del tranvía eléctrico. Un proyecto, al que no le hacía ascos la Real Compañía, y que llevaba años rondando por algunas cabezas y algunos despachos.
Ya saben, la vieja idea: se toma una playa con posibilidades, se le construyen chalés de lujo, se la comunica bien y luego se llama a gente adinerada para que pase allí sus horas ociosas del estío. ¿Qué no viene la gente? Se trae a otra gente más importante para que dé ejemplo y también negocio y, si es la Casa Real, inmejorable. No hay gasto, todo es inversión. Nada hay más alto ni más rentable en asuntos de veraneo.
Principiaba abril del citado 1921 cuando el señor Hauzeur dio en contestar a la carta desde París. Y le parecieron muy bien las ideas. La primera por la conocida  “adhesión que la Real Compañía ha sentido, desde su fundación, por los Reyes de España y el respetuoso y sincero afecto que, tanto mis antecesores en la dirección de la Compañía, como yo, les hemos profesado”. La segunda porque el señor Sitges ya se la había hecho saber, e incluso le había adelantado un plano en el que se parcelaba la superficie de la playa donde luego se construyó el paseo de Salinas.
Pero el príncipe jamás llegó a Salinas. Su palacio se quedó sólo en el proyecto de un cuento de hadas. No se edificó en Salinas ni tan siquiera en El Cervigón gijonés, donde se repitió el intento tres años después con un proyecto del arquitecto Manuel del Busto. No hubo el suficiente peso como para atraerlos. El veraneo asturiano lo intentó todo para estar en primera división, pero no pasó de la promoción, y allí se quedó. Los reyes no escucharon la súplica que, desde su primer veraneo, Asturias les hizo con versos como estos:
“¡Por Dios, non marchen d’aquí!
            ¡Faigan aquí so morada!
Pos xente que los defienda
Hayla per esta montaña
Mas lleal y mas valiente
Q’en dengun puntu d’España”.

Por breve tiempo, tal vez en un exceso de entusiasmo, se imaginó en Salinas un palacio de cuento para un príncipe azul. Y así fue al final: más cuento que otra cosa. Cierto es que el príncipe no se mudó a esta comarca, pero, de todas formas, se empezó a edificar en la playa, según planeaba la segunda parte del proyecto.
Comenzó así un negocio inmobiliario que, cuarenta años más tarde, acabaría derivando en la hormigonada silueta de los gauzones. Y ahora que hay cemento, falta arena…


BARBUDOS EN LAS MEANAS


Infografía: Miguel De La Madrid


La tarde del 7 de enero de 1959, bajo la placa de la calle Cuba, se concentró de manera espontánea una pequeña muchedumbre con ganas de celebración y de jolgorio. Como en Madrid y como en otros lugares de España, corrió el Bacardí, se bailó y se entonó la Bayamesa, himno cubano que sirvió de tema a la improvisada masa coral que daba servicio al baile.
            Se sabía que el dictador Fulgencio Batista había huido a Santo Domingo y que Fidel Castro entraría en La Habana como Caudillo vencedor al frente de sus “barbudos” de Sierra Maestra. En el mundo entero el asunto fue seguido y contado como una hazaña épica, como una guerra romántica. Los justicieros contra la tiranía.
            En España la cosa tenía otra dimensión añadida. Desde que la flota del Almirante Cervera, despedazada por los obuses yankees, sirviera de arrecife a los peces, en todo el país la perdida de Cuba se sintió como una amputación. En pocos lugares como Asturias, en pocos como Avilés donde esa amputación era real. Cuba fue durante mucho tiempo España. Aquella parte de España a la que iban a medrar los rapaces que no podían vivir con lo poco que la madre Asturias tenía para repartir. El lugar en donde, vomitados de las bodegas de los barcos, salían guajes asustados y dispuestos a comerse el mundo. Un nuevo mundo que, en la mayoría de los casos, se volvía contra ellos y  acababa por devorarlos, perdidos en un emporio comercial de unas proporciones que, por aquí, no se podrían ni soñar.
Muchas familias se repartieron a ambos lados del Atlántico. A mediados del siglo XX los descendientes de la semilla española plantada en masa desde mediados del siglo XIX llamaban con la voz de la misma sangre. Todo lo de Cuba era cercano. Todo amable. En las conversaciones, en la imaginación y en el corazón de muchos avilesinos Cuba estaba próxima. Siempre lo había estado.
Cuando el estallido revolucionario se convirtió en algo como para ser tenido en cuenta, corría por aquí que la situación de la mayor de las Antillas Mayores había llegado a ser insostenible. Se contaba que la injusticia económica la había doblegado hasta ser un satélite de los intereses norteamericanos que controlaban el 90% de las minas, el 40% de la industria azucarera, el 80% de los servicios públicos, el 50% de los ferrocarriles y la industria del petróleo, casi todas las haciendas y todas las vidas de los cubanos que sólo se reservaban para sí el 16% de los terrenos agrícolas. La mitad de las industrias estaban en La Habana, en el resto, las decisiones estratégicas, y hasta las reparaciones de maquinaria, se hacían desde el extranjero.
Cuba, en 1958 el primer país iberoamericano en número de automóviles o electrodomésticos en relación a sus habitantes, la Cuba de los contrastes, vivía postrada, sirviendo a unos intereses que no se correspondían con los de todos los cubanos. Su silueta de fornido caimán no era más que el pastel que se repartían los hombres de negocios del Norte, con la mano temblorosa de Hyman Roth en la inmortal escena de El Padrino II. Lo escribieron Eduardo Galeano y René Dumont, entre otros.
Parecía una causa justa la de Fidel y los suyos. Generó tal cantidad de informaciones, un seguimiento tal, que acabó convirtiéndose en un asunto cotidiano, con mucha gente a favor. Se contó muy bien, y las venturas y desventuras fueron gestas expandidas como una mancha de aceite. Los últimos románticos, los héroes del pueblo, los luchadores de la libertad…tantas marcas y tantos tópicos puestos a producir.
Siempre que se tiende a acabar con un viejo y decadente estado de cosas quien se embarca en la empresa tiene, además del beneficio de la duda, la ventaja del recién nacido.  Sus protagonistas eran grandes seductores de masas, protegidos por el paraguas de una empresa que caminaba con las velas hinchadas cubriendo a gran velocidad todas las singladuras hasta llegar al primer día del año 1959.
            Entonces las alturas eran históricas y las bravuras como un sol, los comandantes llevaban barba y fumaban cigarros habanos. Muy normal que, en la distancia, prendiera la épica de un empeño, el de aquellos combatientes del monte, que consiguió la simpatía internacional. Parecían bandidos buenos. Robines de los tropicales bosques cubanos que entraron en la misma Habana como caudillos triunfadores, jaleados por el pueblo redimido. Como si fuera cierto que las utopías, por más complejas que resultaran, por más ideales que fueran, tenían su oportunidad en el mundo tangible para hacerse finalmente realidad.
            Mas todo iba a gran velocidad. En poco tiempo los asuntos de Cuba dieron un giro notable. A la misma velocidad que el retrato del Che Guevara se convertía en un icono de masas vendido por el capitalismo para hacer caja, la revolución cubana le ponía la proa a Occidente. En aquel mundo sólo se podía estar en uno de dos bloques. Los vencedores de la revolución eran, valga la redundancia, revolucionarios, y se comportaron como tales. Demostraron a los dos mundos que para hacer su tortilla romperían todos los huevos que fueran necesarios.
Fidel Castro, el hijo del gallego, ya era primer ministro en febrero de 1959. En 1976 ya estaban concluidas las reformas necesarias para asegurarle el control de todos los poderes del Estado. Por el camino no encontró el acuerdo necesario con Estados Unidos y acabó asomando la cabeza por debajo del Telón de Acero. Desde allí empezaron a llegar alimentos, dineros, armas y la seguridad de poder sobrevivir en el mismo patio trasero del Tío Sam mucho más tiempo de lo que nadie pudiera imaginar.
Pero el patio no dio para todos. No hubo casa para tanta gente. Y muchos cubanos con raíces españolas, que habían trabajado durante generaciones, acabaron saliendo de la isla con lo puesto y sin otro capital que un doloroso recuerdo que les perseguiría cada día de su vida. Con la rabia por lo perdido, la perplejidad por la manera de perderlo y las lágrimas en los ojos empañando los recuerdos de toda una vida tirada a la basura. La nueva Cuba, la del 90% de industrias y el 70% de los terrenos agrícolas nacionalizados, no tuvo sitio para ellos, pero ellos no la olvidaron jamás.
Era el corazón, que siguió latiendo para siempre enterrado en tierra cubana, con un cuerpo que no tuvo más remedio que cruzar el Atlántico como hicieran los abuelos tantos años atrás. El mismo viaje, el mismo mar, pero navegando en sentido opuesto. Un retorno forzado, que dejó marcada a fuego la fecha de cuando salieron de Cuba. Parecía que, en una marcha precipitada, alguien había abandonado un tocadiscos con un disco sin fin de Luis Aguilé.
Una historia muy larga, de separaciones para familias y personas, de héroes y villanos que intercambian sus papeles según quien la cuente, en un mundo que llegó a caminar al borde del abismo. Una historia que parece tornarse en estos tiempos con el inesperado acercamiento de las autoridades cubanas y norteamericanas y el olvido de aquellos primeros años. Quién lo iba a pensar.
Todo eso que, quienes bailaban con júbilo aquel día de enero en Avilés, no podían sospechar. Vino después. Los Reyes Magos les habían traído juerga a los de la calle de Cuba, la fiesta más sana. Pero todo baile ha de tener un final.

          Como dice la guaracha de Carlos Puebla: llegó el comandante y mandó a parar. 

Publicado en La Nueva España, 1-III-2015.

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ASTURIAS


 Famosa tarjeta postal con la entrada a la Provincia de Oviedo por Pajares, completa con una infografía de Miguel De la Madrid.


El primer intento para que la Provincia de Oviedo, la de los documentos, pasase a ser Asturias, la de los corazones.

Jamás ha existido una comunidad humana si no hay nombre que la llame. Asturias, el nombre, nació a la escritura al menos en el siglo VIII. Se supone que a las mentes y a los corazones ya había nacido antes. Por eso las cosas que se cuentan en este artículo vienen de lejos.
Acerquémonos un poco. Hasta 1833. Por entonces una reforma administrativa cambió los lindes y hasta los nombres de los territorios de España. La respaldó un Real Decreto de 30 de noviembre, firmado por el ministro de Fomento, Javier de Burgos. Se trataba de romper con el Antiguo Régimen, con sus servidumbres y ataduras a través de una nueva estructura territorial, geográfica y política. Con él nacieron la provincia y su órgano electivo: la Diputación. Ambas han desaparecido ya a este lado del Pajares, pero entonces tuvieron una gran importancia. Asturias no se llamó de esta vieja manera, sino Provincia de Oviedo. Los papeles pudieron sobre los sentimientos.
Hasta aquellos momentos España era un Estado débil en su idea y en sus mecanismos administrativos. Después de las provincias, el centralismo y la uniformidad cultural ganaron enteros, aunque en realidad la mayor fortaleza fue de las mismas provincias y no del Estado. España era una suma de estructuras locales con unas diputaciones en las que se jugaban las influencias de los señores del territorio, maduradas en interminables tardes de casino. Solares de caciques. Poblachones con guarnición militar, escuela, hospital, hospicio, funcionarios y, en el mejor de los casos, terminal de ferrocarril, que organizaban la vida comercial del territorio. La capital lo era casi todo.
Siendo Oviedo indiscutida capital, todos sabían, y sentían, que el resto del territorio no se podía representar solamente con ese nombre. Que no era suficiente con las líneas rojas de los atlas, las que se chapuzaban en el mar o ascendían a los montes de planas cartografías. Que desde el Eo al Deva y desde el Cabo Peñas a los Picos de Europa había mucha tierra, mucha mar y mucha gente que caía a las afueras de Oviedo. Aunque así pasaron casi cien años.
No parecía la dictadura de Primo de Rivera el momento más propicio para dar pábulo a las ambiciones regionalistas. Había nacido, entre otras cosas, para aplacar las ansias de los ya muy influyentes nacionalismos periféricos, especialmente el catalán. Pero fue muy poco antes de la llegada del General cuando el regionalismo se despertó en Asturias.
Este movimiento había aflorado con fuerza en toda España tras la Primera Guerra Mundial. Desde posturas conservadoras, en nuestra región se intentaron algunos experimentos como la Liga Pro Asturias de Nicanor de las Alas Pumariño o la Junta Regionalista de su competidor Juan Vázquez Mella, capaz de agrupar sectores ultraconservadores e incluso carlistas. En 1918 se publicaba la “Doctrina asturianista”. Dos años después, la creación del Centro de Estudios Asturianos tuvo gran repercusión con su labor de investigación sobre temas de la tierra. Eran buenos momentos para la causa regional. Ese sentimiento fue hábilmente utilizado por el aparato de la dictadura de Primo de Rivera, refugiada tras el nacionalismo carbonero. El carbón era nación.
Todos estos elementos nos llevan al Avilés de los años veinte. Allí el poderío de José Manuel Pedregal y el Reformismo se tradujo en un acercamiento al regionalismo. Desde el 5 de enero de 1919 el viejo Centro Instructivo Republicano Reformista, quedaba sustituido por un Centro Democrático Regionalista, “siempre dentro de la unidad de la Patria”. Los gestos eran importantes; las palabras más aún, y el ayuntamiento de Avilés decidió realizar un gesto que tenía mucho que ver con las palabras y con lo que ellas nombraban: adoptó un acuerdo para pedir que fuese sustituida la denominación “provincia de Oviedo”, por la de “provincia de Asturias”. Era abril de 1926.
Fue una iniciativa de gran repercusión. Se fundó en “razones históricas, de tradición y de propiedad de nombre, por expresar la palabra ‘Asturias’ sin equívocos ni restricciones de ningún género, la totalidad geográfica de la provincia, y ser aquel el nombre con que ésta es conocida en España y fuera de ella”. Se elaboró un documento y fue enviado a todos los ayuntamientos de Asturias para que pudiesen apoyar la propuesta dirigiéndose a la Diputación.
Los localismos y la opinión publicada se movilizaron de inmediato. El diario “Región”, como periódico de Oviedo, no podía manifestarse abiertamente a favor de que el nombre de su ciudad desapareciese de la más alta nominación de la región. Pero, como periódico asturiano, no podía oponerse frontalmente a que el nombre común de su tierra pasase a ser el nombre propio aceptado por todos. Que fuese Avilés la ciudad encargada de hacer la propuesta era lo que más dolía. Aquí basó el periódico ovetense una campaña de casi una decena de editoriales. Estaban de acuerdo con la propuesta, pero en desacuerdo con el proponente. Atizó una polémica localista con la excusa de una polémica regional.
En ese momento el asunto era ya de interés general y lo trataban todos los periódicos de Oviedo, Gijón y Avilés. Además, numerosos ayuntamientos habían respondido afirmativamente al llamamiento del avilesino: Aller, Amieva, Boal, Cabranes, Candamo, Castrillón, Castropol, Colunga, Corvera, Degaña, El Franco, Gijón, Gozón, Illano, Illas, Langreo, Luarca, Llanes, Muros de Nalón, Nava, Noreña, Peñamellera Alta, Siero y Villaviciosa. Es decir, sólo los que habían respondido directamente suponían casi la mitad de la población asturiana.
A ellos se sumó, y cursó petición formal, el Centro Asturiano de Madrid, con el simbólico peso de la diáspora, siempre dispuesta a estar en Asturias “en todas las ocasiones”. El pleno de la Diputación acordó pedir al gobierno el cambio de nombre en acuerdo tomado el 24 de junio de 1926.
Parece un asunto sin importancia, sobre todo teniendo en cuenta que la Provincia de Oviedo sobrevivió a este movimiento muchos años más, hasta que acabó entregando sus municipios y territorios a la comunidad autónoma que, con el nombre de Principado de Asturias, nacía con su Estatuto de Autonomía en 1981. Parecía, digo, un asunto de poca importancia en 1926, pero tenía mucha. La tuvo para Asturias y la tuvo para Avilés, que se situó a la vanguardia de causas que parecieron de la mayor trascendencia en toda la provincia.
En nuestro presente tan crítico Asturias divisa un futuro incierto. Es cuestión económica, pero también de identidad. Con la economía se van por el sumidero parte de los rasgos propios del pasado. Desaparecen con la retirada de viejas actividades productivas; la minería, por ejemplo.
Dentro de ese escenario se mueve Avilés, ciudad que perdió un día su identidad y encontró otra en una nueva actividad económica, que después perdió también. Una villa que lleva décadas alejada de los centros de decisión, aunque en ellos se decidan sus destinos. No viene mal, por tanto, recordar algún momento, como éste de 1926, en que Avilés marcó el paso a las iniciativas de la sociedad y de la identidad asturianas.
Hoy, más que nunca, sigue siendo importante seguir llamándose Asturias.
                                                                                   
                                                                           Publicado en La Nueva España, 1-VII-2012.

SE MONTÓ LA BARRACA EN EL PARCHE


Hace ochenta años que Avilés fue estación en el recorrido de unos cómicos de la legua dirigidos por Federico García Lorca (infografía Miguel De la Madrid).

Cuando llegaron al Parche daba la impresión de que aquellos dos camiones habían tragado mucha carretera. Eso se veía enseguida porque, entonces, ni los camiones ni las carreteras eran como las de ahora. Lija polvorienta que dejaba su huella en chapa, gomas y espaldas de los tripulantes. Venían de Grado, pero, por su aspecto, podían haber llegado de las fuentes de Nilo. Parecía un Safari. Y en cierto modo lo era; un safari cultural en busca de tierras abandonadas por la cultura: La Barraca, de Federico García Lorca.
Sus tripulantes eran cómicos en el más sincero y viejo sentido de la palabra. En todo lo demás eran muy jóvenes. Estudiantes universitarios, con ganas de comerse el mundo y algo más, pues se dedicaban a una empresa mayor: querían cambiar aquel mismo mundo, con el vigor, el idealismo y la ingenuidad propia de los pocos años.
            Su juventud era también la de la Segunda República. Cuando llegó, Lorca era ya un intelectual bien considerado en sus facetas de poeta y dramaturgo. Tenía una idea. Quería montar un teatro ambulante, portátil, de corto empeño en cuanto a transporte y montaje y, sin embargo, de largo alcance en cuanto a sus fines más profundos. Se trataba de recrear la farándula y, con ella, elevar las cualidades estéticas del teatro español. Darle nuevo vigor, a base de una transfusión de sangre joven.
            Para hacerlo había que viajar. Llegar a pueblos y villas y mostrar aquello que hacía siglos que se había sido escrito, a gentes que jamás lo habían podido conocer. El teatro del Siglo de Oro para los campesinos. Cierto que la idea estaba pensada para lugares más pequeños y más remotos que Avilés, aunque se montó también en Oviedo, pero no en Gijón, ante el disgusto de los más enterados. En fin, que nuestra villa estaba en el camino. El de los camiones y el de la vieja tradición de la Institución Libre de Enseñanza.
Era un proyecto de educar al pueblo, pero también de política nacional. Aquí sus intenciones se unían a las de las Misiones Pedagógicas del gobierno republicano. Tras los propósitos de La Barraca, como los del Coro y el Teatro del Pueblo de Alejandro Casona, había mucho más que teatro.
La piel de toro, como casi siempre, estaba metida aquellos primeros años republicanos en un problema de identidad nacional. Hacía más de tres décadas que, dentro de la misma España, había muchas españas. Algunas por diferencias sociales o económicas y otras por diferencias ideológicas y culturales. Fuertes poderes centrífugos, sobre todo en Cataluña y el País Vasco, cuestionaban ya la idea de España. La República tenía su propio plan para combatirlos. Se trataba de cimentar la unidad política en la unidad cultural. Una estrategia parecida a la que ya había usado el nacionalismo catalán, para quien la idea de la cultura como medio de hacer patria venía prestando buenos servicios hacía tiempo.
Se pensaba que en España el progreso había creado una fractura insalvable entre el campo y las ciudades. El país estaba metido en una crisis de la que sólo se saldría uniéndolo, estimulando un sentimiento patriótico común. Fue un debate muy vivo, con aristas cortantes. Entonces como ahora, las dificultades sacaban a la calle la controversia entre los que concebían una España más europea, como resorte de modernización, y los que querían que fuese más hispana que nunca.
Se buscó una salida que diese contento a ambas posturas. Una idea de España cimentada en torno a una vieja, pero fuerte, Castilla, capaz de unir a una nación muy regionalizada. Les pareció que, para ello, habría que usar instrumentos nuevos, como la cultura, con los que desalojar a otros viejos, como la religión, sin duda fuerte argamasa hasta entonces del viejo edificio patrio.
Era su propósito. Extendieron esa visión nacional, basada en el cine, el teatro o la literatura. Cultura española para cohesionar un país recorrido por Misiones Pedagógicas que podrían llevar al fin un discurso común, el del orgullo de pertenecer a esa cultura que se enseñaba en la escuela, para combatir a brazo partido el 32% del analfabetismo que campaba en la sociedad. Explicar a los habitantes de aldeas remotas que la historia de España era la historia de todos y de cada uno de ellos. Y hacerlo con el verso del Siglo de Oro, que los campesinos, acostumbrados a romances y aleluyas de ciego, entendían mejor que el teatro de su tiempo.
Poco más o menos así fue el programa de los gobiernos del Bienio Reformador, con estrategias parecidas a las que tenían los muy prestigiosos y primeros veraneantes de Salinas. Las ideas de la Institución Libre de Enseñanza habían llegado al poder. Aquel viejo proyecto de regeneración a través de la educación de una España en tantos años atrasada. Y allí estaba el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, con un cualificado representante de la Institución, Fernando de los Ríos, para darle a su amigo Federico García Lorca la subvención de 100.000 pesetas con las que engrasó los ejes de La Barraca, desde febrero de 1932.
Y con ese dinero se compraron los camiones en los que llegaron hasta Avilés aquellos muchachos que se anunciaron hace, justamente hoy, ochenta años. Llevaban consigo un proyecto que, como el logotipo diseñado por su director artístico Benjamín Palencia, aspiraba a triturar kilómetros con la rueda y triturar ignorancias con las cambiantes máscaras del viejo arte teatral.
El Parche se llenó de aquella tropa de operarios-artistas con sus monos de obrero de la cultura. Un trasiego sin fin, una actividad frenética de mover tablas, de subir y bajar forillos, focos y telas pintadas hasta que el corazón de Avilés pareciera un teatro, con el apoyo de la Biblioteca Popular Circulante y de varios avilesinos amantes de la Cultura.
Esa plaza siempre ha sido el mejor foro de la villa. Allí habían tenido lugar las puestas en escena de los acontecimientos políticos y sociales. Se había dado la bienvenida al progreso, vítores al poder y lágrimas a las desgracias. Pero también era, desde siempre, el lugar de las representaciones festivas, teatrales y hasta taurinas. Varias décadas antes de la llegada de La Barraca, esa misma plaza ya acogía cinematógrafo público, con una pantalla sujeta a los balcones de las consistoriales. Todo está inventado.
La noche del día 3 de septiembre de 1932, con actores bañados por reflectores eléctricos y un numeroso público sentado en las sillas colocadas por la Asociación Avilesina de Caridad, empezó la función. El mundo reconstruido en un escenario de 6 x 8. Fue por el libro de estilo que los barraqueros reservaban para públicos populares: los entremeses de Cervantes La cueva de Salamanca y La guarda cuidadosa, además de Los habladores.
Y ahí estuvo el problema. Frente al ayuntamiento de Avilés no hubo ese día una guarda muy cuidadosa y, además de los habladores que se subieron a las tablas, hubo muchos otros que se sentaron en la plaza a contemplaros. Y hablaron mucho. Y alborotaron más. Y acabaron trepando a las sillas para ver mejor, sin importarles que los que tenían detrás nada veían. Son cosas de la farándula. Una recreación perfecta. Absolutamente farandulera hasta en la reacción del público incontrolado. Ya les digo que aquello era un buen foro y, como sucede en este tipo de lugares, cuando alguien se reúne para exponer cualquier asunto, el auditorio puede intervenir en la discusión.
Y se montó. La Barraca de los estudiantes-actores y la barraca de los alborotadores que deslucieron un acto histórico. Claro que, entonces, ni unos ni otros sabían que estaban pasando, al menos, a la pequeña historia de Avilés.

Publicado en La Nueva España, 3-IX-2012.