LA REINA A REMOJO


Isabel II, que llegó en 1858 hasta Asturias a tomar baños, recorrió la ría de Avilés cortando una cadena como alegoría del escudo de la villa 
(infografía: Miguel De la Madrid).



La visita de la reina Isabel II a Avilés en 1858. Protocolo, vítores y males hereditarios que el Cantábrico se encargó de aplacar.
           
A Isabel II unos molestos picores la trajeron hasta Avilés. En aquella época, España estaba dentro de un laberinto en el que luchaba el viejo país, que no se resignaba a dejar de ser absolutista y el nuevo que pugnaba por ser liberal.
Isabel II asistía como árbitro, muy poco neutral, acosada por un ciento de conspiraciones y camarillas que intentaban convencerla de esto y de lo otro. Todos querían hacerse con la voluntad de una reina declarada mayor de edad a los 13 años. Y los carlistas pegando tiros. Razones de Estado, sin duda. Pero la razón principal de aquel viaje no era de esa clase… eran los picores de la reina.
Sabido es que Isabel II, “la de los tristes destinos” para Galdós,  contaba entre las desventuras de su vida el haberse tenido que casar con su poco fogoso primo carnal Don Francisco de Asís. Conocido es también que era hija del nunca bastante vituperado Fernando VII, quien la concibió, ya viejo y enfermo, con su sobrina carnal y cuarta esposa, María Cristina de Borbón. Y reconocido al fin es que la reina sufría una enfermedad cutánea que la asediaba desde niña y por la que hubo quien le auguró una corta existencia.
Pues bien, esa enfermedad que le dejó en herencia su padre, la obligó a tomar baños de mar durante toda su vida. Uno de esos períodos balnearios la trajo a Gijón en el verano de 1858. Y, mientras la reina mojaba la epidermis y ablandaba placas costrosas, aprovechaba para recorrer los alrededores con una corte en miniatura. Ya hemos llegado a Avilés.
Las siete leguas que separaban Gijón de esta villa fueron un festejo para la comitiva regia. Agasajada con pendones y colgaduras en casas, hórreos y quintanas. En el barrio de Los Molinos un arco gótico de triple entrada recibía a los Soberanos con la leyenda “Avilés a la tierna madre de los españoles”. Desde allí, las calles rematadas con arena y adornadas con flores conducían hasta la Plaza de la Constitución, en la que el Ayuntamiento desbordaba colorido decorado con vasos, gallardetes, damascos, flores, transparentes, alegorías, luces y hasta las estatuas, de tamaño colosal, de reyes, Pedro Menéndez y Rui Pérez.
Era 23 de Agosto, aproximadamente a las tres y media de la tarde, cuando la carreta abierta del Marqués de Ferrera hacía entrar en Avilés a Isabel II y su familia en medio de un gran gentío. Unas doce mil almas y el despiste de la corporación que no estaba aún formada para la ocasión. Tras la misa fueron a su acomodo en el palacio de Ferrera, del que salieron para recorrer a pie la población entre aclamaciones, fuegos artificiales y composiciones que se despacharon en su honor hasta pasada la media noche. Blancas voces de Avilés, con mucho ensayo detrás, acompañaban el paseo real con una composición original de este jaez:

Salve a tu nombre, reina querida.
Todo tu pueblo clama a una voz:
¡tú eres la gloria de nuestra vida!
¡tú el ángel eres de nuestra unión!

Alegre canción, pero ni el pueblo estaba tan unido, ni era precisamente eso lo que acostumbraba a decir de aquella soberana, puesta en solfa en calles y tabernas por el tráfico de su alcoba, en la que su marido hacía las veces de guardia urbano. Sin embargo debió gustarle, acostumbrada como estaba al halago de cortesanos que se doblaban como juncos a su frente y conspiraban como hierros a su espalda.
 El día siguiente era el destinado a visitar las minas y fábrica de Zinc de Arnao, por entonces emblema del progreso avilesino. Una falúa llevó a las augustas personas desde el embarcadero de Avilés hasta San Juan. La comitiva era impresionante pues formaban, desde el presidente del consejo de ministros hasta la duquesa de Alba; desde el arzobispo de Cuba al Patriarca de las Indias. Grandes personalidades, con la travesía asegurada por el confesor de la Reina. De escolta, unas setenta embarcaciones a punto de zozobrar por el gentío que las abarrotaba, además de el bergantín “Rápido” y las corbetas “Flora” y “Villa de Avilés”, buques que por aquellos años no paraban de trasladar emigrantes a Cuba.
 Tras atravesar una playa atestada, la comitiva cruzó el túnel de Arnao en dos trenes mineros arrastrados por caballerías. Seis minutos de interminable travesía en vagoneta agachando la cabeza. La estancia en Arnao fue singular por cuanto la reina, contra pronóstico y contra las advertencias de su séquito, bajó a la mina por el pozo vertical y recorrió su galería submarina acompañada por el precavido general O’Donnell y los vítores de los asombrados mineros que sudaban en el tajo. Conocido episodio del que la verdad y la leyenda se han hecho lenguas sin cesar y sin dejar de glosar el valor de una reina que, dicen algunas crónicas, no había querido usar calzado especial ni abrigo alguno para la humedad.
Complacida de la hazaña, Isabel II se fue ejerciendo su afición más querida; dar limosnas. Dejó 4.000 reales para los trabajadores de la fábrica y su brazalete de oro y pedrería para la esposa de su director, Jules Hauzuer (la reina era compradora compulsiva de joyas).
Al retornar a Avilés, la falúa real cortó una cadena que, sujeta de dos torres, atravesaba la ría como simulacro del escudo local y de la toma de Sevilla. Al cortarla, varios niños, disfrazados de moros se fueron al agua (aplausos).
Ya en el ayuntamiento, el alcalde, Hermenegildo Suárez Solís, le ofreció al Príncipe de Asturias una copia del fuero envuelta en terciopelo y rematada en oro. Más limosnas. La reina dejó 10.000 reales para los pobres del concejo, dos mil para las monjas de San Bernardo, que se dejaron la garganta vitoreándola y dos mil más para el Hospital de Caridad. Fueron 400.00 los reales que Isabel II dejó en limosnas en aquel viaje a Asturias.
Una visita lucida y hasta “milagrosa”, si seguimos a Armando Palacio Valdés, relator de la historia del descreído, librepensador, anticlerical y zapatero de Sabugo de nombre Mamerto. Era tan poco monárquico aquel vecino del barrio marinero que contaba todo tipo de insidias sobre la reina y había llamado a sus hijas, sin bautismo católico de por medio, Libertad, Igualdad y Fraternidad. Precisamente con Fraternidad, bellísima niña por lo que parece, acudió a ver llegar a Isabel II. La reina vio a la niña y la alzó en brazos para besarla al tiempo que ponderaba su belleza. Tal fue la impresión que Mamerto se convirtió a la monarquía vitoreando a la soberana.
           Gran ocasión, magníficos fastos, aclamaciones mil, conversión de Mamerto... Desde luego. Pero, en realidad, todo se debió a aquellos malditos picores. 

                                                                                        Publicado en La Nueva España, 17-VI-2012.


EL SABUGUERO DE LOS PUÑOS DE ACERO (I)


La Pantera de Sabugo, un boxeador de barrio que triunfó en la Asturias de Primo de Rivera
(infografía: Miguel De la Madrid).



El camino de un chaval de Sabugo, convertido en boxeador, hasta alzarse con el título de campeón de Asturias de los pesos medios.
                       
            En la pila le pusieron José López, pero con ese nombre no daba miedo a nadie. Era alto, moreno y de cuerpo nervudo. Tenía 71 kilos de una musculatura endurecida por el trabajo y se movía con agilidad, como una pantera. Además era de Sabugo y presumía de ello. La cosa estaba cantada. El bueno de Pepín, que se transformaba en una fiera salvaje en el cuadrilátero, se llamaría “La Pantera de Sabugo”.
            La prensa tenía culpa de tan fiero nombre. Contaban sus hazañas haciendo rugir las máquinas de escribir con un eco tan lejano que se escuchaba en toda la selva mediática. El boxeo, como todo el deporte de competición, empezaba a ser, antes que nada, un invento de la prensa. Se vendían más ejemplares, se creaban polémicas, se fomentaban desafíos y, como se dice hoy, con todo ello se “fidelizaba” a los lectores.
            Durante los años veinte el fútbol avanzó con paso de gigante hacia su profesionalización, sólo el ciclismo parecía hacerle sombra en las letras de molde. Junto a ese deporte el boxeo empezaba a ser tenido en cuenta. Tener un campeón local fue la llave para que en Avilés el interés creciera sin precedentes. Los periódicos siguieron a “La Pantera” desde que empezó a despuntar, de modo que, cuando llegaron sus  victorias más sonadas, el boxeo era aquí un deporte capaz de arrastrar a los aficionados con el seguro enganche del éxito, destronando al fútbol de las preferencias de siempre.
También se fue creando ese ambiente tan especial que siempre ha perseguido al boxeo. Los cronistas de la prensa influían en los combates, ellos mismos eran promotores de los desafíos, hacían apuestas desde los papeles e incluso alguno compatibilizaba ese lugar en los diarios con cargos en la federación regional de boxeo. Demasiados intereses y muy poca transparencia.
Por otra parte en el boxeo la decisión de los jueces es más vulnerable a la crítica, su sistema de puntuación en los combates que no se resuelven por K.O. es muy cuestionable y de eso se valieron los periódicos para empezar a hablar a destajo de combates amañados y lanzarse órdagos y desafíos en una especie en la que el fútbol y el boxeo iban creciendo juntos. En algunos combates flotaba interesadamente la sombra del tongo. Vendía mucho.
La parcialidad teñida de amor al pueblo para adobar la tensión de los enfrentamientos era la estrategia. Hizo nacer una nueva suerte de género periodístico, la polémica entre cabeceras a cuenta de los enfrentamientos deportivos entre las diferentes localidades.
En esa jungla se movían aquellos boxeadores con apodo de fiera. Había nombres de andar por casa como Faroles, Panadero de Arnao, Minchero, Rigoleto, Abelardo El Marino o Jack El Castañero, pero aquel boxeo era como un zoológico de animales enjaulados por doce cuerdas. Jabato de Bilbao, Chacal de El Llano, Fiera de Avilés, León de Pumarín y, sobre todo, panteras mil, además de la de Sabugo: Pantera de Arosa, Pantera de Atocha, Pantera de El Llano y hasta Pantera de Tremañes. Como se puede ver, este felino era capaz de adaptarse a cualquier ecosistema.
En poco tiempo la fama asturiana del de Sabugo y sus victorias fueron suficientes como para convertirlo en aspirante al título regional. El combate sería en casa del campeón, Genaro González, “El León de Pumarín”, el 6 de febrero de 1928.
En Oviedo no se había conocido una expectación semejante por un match de boxeo. Días atrás se discutía en calles y cafés. Se cruzaban apuestas y opiniones. Incluso se olvidó la salida del Real Oviedo a Coruña. La lucha de la Pantera y el León lo acaparaba todo. El marco, incomparable, la reserva de la buena sociedad, el mismísimo teatro Campoamor, conseguido por los promotores hermanos Yeyo. De Avilés habían llegado por cualquier medio de locomoción más de setecientas personas. Y eso, en la Asturias de 1928 para ver a un púgil, era muchísima gente.
Pasada la media noche los luchadores saltan al ring. El León era tan fiero como lo pintaban y atacó con saña. La Pantera se defendía con directos de contención y más de una vez con la espalda contra las cuerdas. Hasta el tercer asalto la pelea iba franca para el de Pumarín, dejando patentes algunas de las carencias del sabuguero: encajaba bien, aguantaba mucho, pero pegaba flojo. Sus piernas eran rápidas, ágiles, pero con un punto de flaqueza para sostener tanto cuerpo. Retrocedía demasiado y no se decidía a atacar hasta que no intuía el cansancio del contrario. No tenía escuela, era de un boxeo tosco, pero efectivo en combates largos.
Al tercer round todo cambia. El León estaba cansado después de tanto ataque. Pantera se había movido bien, esquivando los peores golpes, que se fueron al aire, y su rival empezaba ahora a acumular gran fatiga, después de haber abofeteado a todos los fantasmas del cuadrilátero. Pantera aprovechó entonces sus virtudes, su izquierda veloz y su magnífica guardia para esconder la cabeza. Saca las manos y llega al estómago y a la cara del León. Los uppercuts del de Pumarín no encuentran ya destino. Por su rostro resbala la primera sangre y las cuentas de los jueces empiezan a sumar puntos para el de Sabugo. El cuarto asalto había caído de lado del púgil marinero. Sólo en los dos primeros los puntos daban clara ventaja al ovetense.
En el quinto asalto Pantera lanza una lluvia de golpes mientras no deja de bailar con una nueva guardia de pies. Coloca buenas manos. Directos arriba para aturdir y abajo para cortar el soplo. En el sexto una izquierda deja al León maltrecho, groggy, apoyado en las cuerdas sólo por la nuca. Un segundo puñetazo lo deja sin sentido, piernas encogidas y brazos colgando. No podía continuar, sólo el gong lo salvó del golpe de gracia. La pelea concluyó en el sexto asalto. El de Pumarín había pagado un exceso de confianza. Creerse que era más boxeador, como le decían todos los periódicos: “Región”, “Lunes Deportivo”, e incluso el prestigioso y bilbaíno “Excelsior”, la biblia del deporte por entonces.
Puede que fuese más boxeador, pero había dejado de ser el primero. La Pantera de Sabugo era el nuevo campeón de Asturias de los pesos medios.

                                                                           Publicado en La Nueva España, 20-V-2011

EL SABUGUERO DE LOS PUÑOS DE ACERO (y II)


Publicidad de los combates de La Pantera de Sabugo que circuló por Asturias y Madrid
(infografía: Miguel De la Madrid).



Aventuras madrileñas y otras andanzas de La Pantera de Sabugo, boxeador que un día quiso alzar los brazos entre las doce cuerdas del circo Price.

En el capítulo anterior dejábamos a La Pantera de Sabugo saboreando su éxito. Muchos paisanos habían viajado hasta Oviedo para llevarle su aliento en la decisiva velada en que se proclamó campeón de Asturias. Tenía afición, admiradores rendidos a sus puños, convertidos en forofos para lo que hiciera falta. Y Pepín era de ley. Para reconocer tanto apoyo del público, al día siguiente de su gran triunfo ofreció una fiesta en El Parche y en las calles de Sabugo. Un baile, de 9 a 11 de la noche, amenizado por un organillo que Pantera pagaba de su bolsa de campeón.
Era el rey de Avilés. Lo reconocían por la calle. Allí donde fuera los niños le rodeaban y las chicas le ponían ojitos. Camuesco, aquel músico legendario, compositor de afamados cuplés, capaz de citar en sus letras al mismísimo Pedro Menéndez, le dedicó un pasodoble: “La pantera de Sabugo, pasodoble sobre motivos populares”. El púgil había ascendido al Olimpo de los nuevos dioses del deporte, con las viejas hechuras de los dioses de la tauromaquia. Tenía hasta pasodoble propio. Y eso era mucho tener.
Sus combates provocaban expectación en su villa natal y el Teatro-Circo Somines hizo reformas para acomodar mejor el ring. Había seguidores, había triunfos y, por si fuera poco todo lo dicho, las confiterías de Asturias se lo disputaban como reclamo publicitario de sus productos. En Avilés la Nueva Confitería lanzaba a los cuatro vientos, en llamativos reclamos, que el secreto del éxito del sabuguero eran sus teresicas (las de la confitería). No estaba de acuerdo la gijonesa Confitería Darío, que afirmaba en su publicidad que La Pantera iba de incógnito a su pastelería para comer las delicias con las que fortaleció sus puños hasta ganar al León de Pumarín. El arma secreta oculta en un obrador pastelero. O en dos. Era célebre en toda Asturias. 
Después de conquistar por tres veces en dos años el título regional poco le quedaba por ganar en su tierra. Peleas, desafíos aquí y allá por ir consiguiendo algunas bolsas sustanciosas. Se los lanzaban sus rivales más directos en los periódicos, de acuerdo con promotores y periodistas. Combates a 10 rounds con guantes de crin de seis onzas, vendaje reglamentario y bolsa para el ganador en el lugar elegido por La Pantera.
Y se usaba las más artera provocación. Un periodista de Oviedo, interesado en que La Pantera aceptase un desafío contra Julio Viejo en su casa, llegó a enviar una crónica a la “Gaceta Deportiva” de Barcelona, diciendo que en un combate anterior entre Pantera y Viejo, una admiradora del avilesino había cogido a Viejo por una pierna arañándole la pantorrilla. Todo en plena pelea. Agresión en el octavo round. Cualquier cosa servía para  provocar o para calentar el ambiente.
 Hubo entre aquellos combates alguna derrota dolorosa, como la pelea contra Peña, otra vez en el Campoamor, que La Pantera abandonó en el noveno round, completamente groggy por el castigo recibido. Sin embargo la victoria, en febrero de 1932, contra José Antonio López “Pin Astur”, le compensó de todo. Con ella llegó ese tercer título de campeón de Asturias. Y se creyó el mejor.
 Los sones dulzones del organillo le venían al oído. El pasodoble de La Pantera. La melodía de la victoria. Además tenía gente muy cercana repitiéndole al oído que era muy bueno. Necesitaba aprovechar el momento. Ganar todo lo que pudiera en muy poco tiempo. Así que decidió ir a probar en la Corte. La capital comenzaba a ser un lugar donde se veía a púgiles con proyección y de Pantera habían escrito los periódicos de Gijón que tenía posibilidades de boxear incluso en Nueva York. Si era una invención, no era mala. Como maniobra publicitaria, la mejor. Su nombre empezó a conocerse y el bueno de Pepín, tal vez mal aconsejado, bajo al Foro detrás de su fama.
Conoció aquel Madrid de agitación republicana. Allí se presentó, el 10 de marzo de 1933, contra Jaime López “Ponce de León”, un antiguo marinero con un martillo en cada mano. Eran dos pescadores entre doce cuerdas. Pero no para calar boyas.
Pantera se llevó una somanta. Fue vista por la media entrada que acudió al circo Price. Y la recordó, negro sobre blanco, una prensa capitalina muy cruel. El periodista madrileño Cruz y Martín le reservó una crítica demoledora. Así concluía: “La Pantera recibió un palizón, aguantándolo bien y perdiendo por puntos. El público hubiera perdido la paciencia, de no reír bastante con las extravagantes posturas de “la fiera”.
 Otros dijeron que Pantera no sabía boxear. Y otros, como el Revoltillo del Gracia, lo tomaron con humor, que es la peor forma de tomarse la derrota de un campeón:

  “En Price hubo una velada
y al empresario le plugo
anunciar como un fenómeno
al “Pantera de Sabugo”.
  Y a apenas asomó al “ring”
la tan renombrada fiera
pude ver que el empresario
nos dio gato por pantera.”

Fue una expedición fallida. Volvió sin haber besado la lona, sin haber caído al suelo, pero con el convencimiento de donde estaba su techo. Muy lejos de La Cibeles y a años luz de la Estatua de la Libertad. Muy poco más allá de Pajares. Aunque eso no acabó con Pantera. Su estilo de boxeo era crecerse en el castigo. Y eso es lo que hizo después de Madrid.
Habían pasado algunos meses de tan humillante derrota cuando Emilio Bautista, presidente de la Federación Castellana de Boxeo, recibió una postal dedicada por La Pantera de Sabugo. Era la típica fotografía de busto con el púgil guardia en alto, pero la zona de los brazos estaba absolutamente desgastada, en muy mal estado. Invisible. A Bautista le pareció de mal gusto que le enviaran una foto vieja y deteriorada y, buscando explicación al estado del obsequio, miró al dorso y la encontró, con creces, de puño y letra del sabuguero:
“He raspado la parte de los brazos. Perdóneme que me haya tomado esta libertad, pero es que mi guardia es secreta, y si usted la ve puede decírsela a otros púgiles, lo que sería perjudicarme”.

Así de chulo era este Pantera.

Publicado en La Nueva España, 27-V-2012.


UN AVILESINO A BORDO DEL "TITANIC"




     Con la fiebre desatada por el centenario del naufragio del "Titanic" miles de publicaciones se han ocupado de toda clase de historias. En Avilés hace quince años que, a partir de una investigación de Juan Carlos De la Madrid, salió a la luz la historia de Servando Ovies, un naufrago asturiano.  Se publicó, en 1998, en La Nueva España y en el año 2001 en el libro Paralelo 38. Estos días aquellos escritos fueron copiados sin el respeto, la cortesía y el rigor de citar la investigación que recortaban.  A continuación se transcribe íntegro el texto de aquella investigación, la única que se ha hecho para averiguar la identidad de este, ahora, célebre  náufrago.



1. Servando Ovies Rodríguez: un destino marcado por el Atlántico. 

Conocí la historia de Servando Ovies hace ahora diez años. Cástor G. Álvarez amigo entrañable y hombre de vivísima memoria, me puso sobre la pista de quien él llamaba “el avilesino del Titanic”. Esta historia me fascinó desde el primer momento, acaso por la pasión que Cástor sabía imprimir a su relato, trufado de referencias misteriosas en una narración casi novelesca sobre un supuesto corredor de joyas que desapareció con su secreto en el fondo del mar.
Confieso que, tras el primer momento de interés, dejé un tanto de lado la historia del “Titanic” aunque, desde entonces, fui coleccionando todo tipo de documentación y noticias sobre el naufragio del mítico buque. Con el tiempo llegaron a mi poder, siempre de forma casual, referencias, noticias dispersas y documentos inconexos, que hacían tomar cuerpo a la noticia de Cástor. Una entrevista con Carmen Rodríguez Suárez-Puerta, una de las personas cercana a la familia de Servando que sobrevive (es hija de su primo) completó la historia. Carmen fue narrando con lucidez y precisión todos aquellos detalles que vinieron a poner orden en lo que hasta entonces era una tentadora, pero amorfa, colección de datos.

Me sorprendí reuniendo documentos en tiempo record para componer el relato que sigue. Quedan lagunas por cubrir, algunas son tan profundas como el propio Atlántico, de otras jamás se conocerá su verdadera profundidad. Pero sin duda eso también servirá para cimentar la leyenda de este asturiano que participó, para su desgracia, en uno de los mayores naufragios que hayan conocido los siglos.
Página del libro Paralelo 38 con la partida de nacimiento y fotografía de Servando Ovies.


2. De la “Eusebia” al Titanic”.      


El destino de Servando Ovies Rodríguez comenzó a escribirse mucho antes de que subiera a bordo del “Titanic”. Realmente aquella mañana de abril de 1912 no era más que la consecuencia de acontecimientos que venían sucediéndose desde muchos años atrás, incluso muchos años antes de que Servando viniera al mundo en la medianoche del 21 de febrero de 1876 al final de la calle de Rivero en Avilés, probablemente en lo que entonces era número 105 pero que hoy, reformada aquella casa, no se corresponde con la que en Avilés llegó a conocerse popularmente como “casa del loro”.

Servando era hijo de don Ramón Ovies y Doña María del Carmen Rodríguez, una mujer muy resuelta cuya familia influiría en la de vida de Servando de una forma determinante. Precisamente el espíritu de empresa y los negocios de esa rama de la familia acabarían por decidir la orientación profesional de nuestro protagonista. Su propia madre, “Carmela” como era conocida en familia, llegó a regentar en la casa natal de Servando un negocio de embutidos y los famosos “jamones de Avilés”, mercancía ésta por la que fuera conocida la villa durante muchos años, aunque en realidad allí sólo se exportaban.

Dije al principio que el destino de Servando Ovies no le pertenecía ya que desde muy niño había de estar ligado a un proceso que envolvió por aquel entonces a muchos asturianos: la emigración a Cuba. Como otros rapaces de su edad (no más de quince años) partió hacia la Gran Antilla en busca de la colocación que le ofrecía su tío José Rodríguez López, otro avilesino emigrado en los años cuarenta y que en 1850 ya había montado “El Palacio de Cristal”, un almacén que tendrá mucho que ver en nuestra historia.

Desde entonces su destino quedó marcado por el viaje, los barcos y el Atlántico. Cruzar el océano llegó a ser una forma de vida: primero para empezar su actividad laboral en el viaje como emigrante, más tarde para surtir a sus negocios cubanos que necesitaban del casi rutinario aprovisionamiento en Europa.

Pero volvamos por un instante a su tío. José Rodríguez López fue el iniciador de una de esas invisibles cadenas con las que Asturias se unió a la tierra americana. Él, precursor de esta saga de emigrantes, había salido en los tiempos más duros, en los veleros de no más de trescientas toneladas -los más famosos propiedad del primer Marqués de Teverga- auténticos cascarones de nuez que iban sobrecargados de rapaces estibados en sus sollados con la esperanza de poder dedicarse un día en La Habana al comercio. Esos buques, como “La Eusebia”, han dejado su nombre para la historia de tan duros años.

Aquella época anterior al vapor en la que todavía se podía emigrar por puertos asturianos y que vio en las crisis y hambres de medidos del XIX el mejor acicate para la emigración, había de marcar por completo, a través de quienes le precedieron, el destino de Servando. Llegó a una edad en la que necesariamente había de ir a trabajar a Cuba, el negocio de su tío, prósperamente asentado desde hacía ya décadas, era la mejor ocasión, como lo fue también para su primo José Antonio Rodríguez. Ambos engrosaron así una nómina de emigrantes casi “profesionales”, con su porvenir escrito desde su nacimiento. Fueron a Cuba no para huir de la miseria sino para labrarse un futuro en la confianza de que allí estaba su puesto de trabajo. Y desde luego así sería.


Postal publicitaria del "Titanic" para  la compañía White Star (Paralelo 38).


3.“El Palacio de Cristal”.


La llegada de Servando Ovies Rodríguez a Cuba se produjo en un momento realmente confuso. Las ansias independentistas de la Isla y todo tipo de presiones internacionales amenazaban ya con la que sería guerra definitiva en 1895, en la que una vieja potencia como España fue literalmente destrozada por la emergente potencia yanqui.

La independencia de Cuba no terminó con la presencia española. El grueso de los emigrantes, y la mayoría de la población extranjera, siguió siendo española. El acuerdo hispano-norteamericano que dio fin al conflicto (artículo IX del Tratado de París), y la Constitución de 1901 que lo desarrolló, garantizaron las personas y propiedades, así como la nacionalidad de quienes optaron por conservarla o transmitirla a los hijos que engendraran en suelo cubano.

Aquí es donde la potencia de una saga ya asentada como la que había iniciado José Rodríguez López adquiere una importancia y un valor explicativo notable. Negocios como “El Palacio de Cristal” empezaron a tomar un protagonismo decisivo entonces, ya que la población de españoles sólo disminuyó sus efectivos entre los empleados directamente vinculados a la administración de la vieja colonia (funcionarios, militares...) pero, con el dinamismo económico que impulsó la presencia norteamericana, los años iniciales del siglo XX fueron de crecimiento económico y de bonanza para los negocios de la Isla.

Fue en ese momento, posiblemente, cuando la prosperidad empezó a sonreírle a Servando Ovies. “El Palacio de Cristal” era un típico establecimiento regentado por asturianos, la mayoría parientes o vinculados por relaciones de antigua vecindad. Así, junto con Servando, había iniciado su periplo en tierras cubanas su primo José Antonio Rodríguez, destacado personaje en Cuba, dirigente del Círculo Avilesino y hombre muy conocido entre los ambientes de la emigración por sus muchas actividades, entre otras las colaboraciones literarias bajo la firma de “Bartolo”. De alguna forma las vidas de ambos discurrieron de una forma simétrica en lo profesional y hasta en algunos detalles de lo personal.

Pero no acababan aquí las relaciones de fuerte parentesco. Por el almacén fueron pasando todo un repertorio de socios que respondían a ese retrato ya mencionado, todos de Avilés, casi todos parientes, desde el primer socio de apellido Álvarez, en los lejanos días de la fundación, hasta José y Germán González, también de Avilés, o los García Pola, del barrio avilesino de la Magdalena, emparentados directamente con Servando Ovies . No era más que un exponente de la maraña de relaciones que, al menos desde hacía medio siglo, se habían venido trazando entre Asturias y Cuba. La fuerte cohesión de la colonia asturiana se demostraba en unos invisibles lazos que cruzaban el Atlántico para anudar familias a medio camino entre el parentesco y el negocio.

Almacenes como “El palacio de Cristal” fueron destino habitual para la colonia asturiana, buscando la protección profesional de sus paisanos. Téngase en cuenta que comercios como éste eran atendidos por dependientes que soportaban durísimas jornadas de trabajo, aunque encontraban estímulo con alguna participación, por pequeña que fuese, en el negocio, lo que les mantenía viva la ilusión de la prosperidad que era divisa de todo emigrante dedicado al comercio.

A principios de siglo no era éste el caso de Servando Ovies. El relevo generacional en el negocio familiar era ya un hecho y él formaba parte de la gerencia. Por entonces el almacén se dedicaba a la importación y exportación de tejidos aunque mucho menos a la confección. Será en la última fase, la que no vería Servando y a la que pertenece la foto aportada por Carmen Puerta (es la tercera sede del almacén en la calle Aguiar) la que se dedicará a la comercialización de sábanas, pantalones o las inevitables guayaberas cubanas.

Bien asentado en la Isla, y con el viento a favor en lo profesional, Servando contrajo matrimonio el dieciséis de julio de 1909 con Eva Matilde López del Vallado, una dama cubana de origen español con la que tuvo un hijo, Servando, de muy corta edad cuando desapareció su padre, y que, mucho tiempo después, llegó a realizar algún viaje hasta Avilés para visitar a sus primas.

La vida de Servando era por entonces la que se suponía a un acaudalado comerciante: vivía en un confortable piso en la esquina de las calles La Habana y Cuba y participaba de la vida social de la colonia asturiana de la que, como vimos, su primo era un destacado representante. Entre sus cometidos profesionales no eran infrecuentes los viajes a Europa (Manchester o París) en busca de tejidos con los que renovar las existencias de “El Palacio de Cristal”. Quiso el destino que uno de esos viajes le llevase al “Titanic”.

Servando Ovies según fotografía publicada por La Nueva España.

4. El último viaje.


Cruzar el Atlántico había sido parte de la vida de Servando Ovies. En 1912, poco después de cumplir los 36 años, no pudo completar la que pensaba iba a ser su travesía más confortable. Aquel viaje de Servando había de tener sin embargo alguno de los componentes que, entre la casualidad y la fatalidad, alimentaron la leyenda de cuántos en Avilés recuerdan su historia.

En efecto, Servando hubo de viajar a París para atender uno de sus frecuentes negocios, en este caso optó por un viaje con una escala diferente. Se trataba de pasar por Avilés para visitar a su familia, en especial a su madre. Aquí es donde el rastro de Ovies se hace, a la vez, más nítido y más confuso, pleno de detalles en los que la realidad, la leyenda o los recuerdos modelados por el tiempo, confunden la historia.

Según todas las versiones, el viaje a París en busca de géneros llevaba otras misiones de carácter personal que, con independencia de los detalles, lo relacionan siempre con su primo José Antonio Rodríguez: se trataba de transportar en los baúles del equipaje algunos efectos personales de José Antonio. La tradición popular dice que era el ajuar de la boda, aunque muy posiblemente se tratase de otro ajuar, en este caso el que iba a regalarle al que sería su ahijado, Alberto, hijo de José Antonio.

Sea como fuere, otra de las leyendas introduce algo de fatídico en este viaje. Varias personas coinciden en situar un episodio final en el comedor de su tía Flora, es decir en la villa de la Magdalena de los García Pola. Allí, en medio de aquel inmenso salón, la familia interrogaba y prevenía a Servando sobre el viaje. “El Titanic” era ya mito antes de nacer y para muchas personas la travesía iba a ser peligrosa. Se dice que, para tranquilizar a sus parientes, Servando pronunció unas palabras que hoy suenan a epitafio y que, como tal, se vienen repitiendo entre aquéllos que cuentan este episodio: “yo estaré más seguro en ese barco que vosotros en este comedor”.

El resto del viaje, entre París, Cherburgo y Southampton, entra dentro de la muy conocida historia de aquel descomunal trasatlántico. Pronto llegó la noticia del naufragio. En aquellos días la confusión se apoderó de cuantos tenían familiares en el “Titanic”. La información circulaba con dificultad, no era sencillo confirmar la lista de víctimas y, durante al menos una semana, llegaron a Cuba y a Asturias todo tipo de referencias contradictoras. Los diarios de ambos lugares se hicieron eco de ellas y se siguieron con vivo interés. Una gacetilla del diario ovetense El Carbayón, nos sirve para resumir esta situación cuando, el 23 de abril de 1912, ponía fin a ese período de ansiedad de esta forma:

“Entre los españoles que han perecido en la catástrofe del “Titanic”, figura nuestro paisano el avilesino D. Servando Rodríguez Ovies (sic). En un principio se dijo que el señor Rodríguez Ovies se había salvado pero la familia recibió un cablegrama particular con la triste noticia del fallecimiento ocurrido en la tremenda catástrofe. A todos los deudos del finado les enviamos la expresión de nuestro sentimiento por tan sensible pérdida”.

El último episodio del relato de Servando Ovies nos lleva, fatalmente, a Halifax, donde se almacenaban para su reconocimiento los cuerpos de náufragos que habían devuelto las frías aguas del océano. De alguna manera allí concluyen dos historias, lógicamente la del infortunado Servando Ovies, pero también la de una relación forjada en Cuba, que había llevado a dos personas de vidas similares a separarse cuando, José Antonio Rodríguez, que no pudo olvidar jamás aquel trance, reconoció por las iniciales bordadas en la ropa, un cadáver casi anónimo que había traído el mar.

ALERTA ROJA EN VALLINIELLO



Como puede verse en esta fotografía aérea de los archivos de Ensidesa, el porte de la industria y sus humos competían en ventaja con Avilés (infografía Miguel De la Madrid).

Cuando un gobernador civil, ahora ministro, vino a probar el enrarecido ambiente que respiraban los avilesinos.

            En agosto de 1980 Asturias tenía el gobernador civil más joven de España. Flamante. Sólo llevaba un mes en el cargo. Jorge Fernández Díaz, se llamaba aquel político de la UCD. Él, tan nuevo, se iba a estrenar con un problema demasiado viejo, al menos para Avilés.
            Por la radio se enteró, como suele sucederle a los políticos, de que en Avilés se había desatado una alarma por contaminación atmosférica. Entre el 19 y 20 de agosto. 24 horas en emergencia de primer grado por una causa de todos conocida y avisada por el Centro de Análisis del ayuntamiento. La alerta había saltado en el puesto de vigilancia número 8, en Corujedo, San Pedro Navarro; Valliniello. Se habían medido 613 microgramos por metro cúbico de materia en suspensión. La ley admitía como límites normales 300 microgramos. Lo de Corujedo era llamativo, pero no único. Un año antes se habían reconocido niveles de 579, 552 y 525 microgramos en la misma plaza de España. El corazón de Avilés atacado por un colesterol fatal, que se apropiaba tanto de las fachadas como de las vías respiratorias. Toda la ciudad era una trampa para la salud. Ya se lo habían dicho a aquel gobernador civil tan bisoño y por eso, al día siguiente, dio una rueda de prensa en el ayuntamiento avilesino.
            Esa alerta tenía explicación. Como casi siempre, por otra parte. El papel lo resiste todo, aunque los pulmones no tanto. Productos Dolomíticos S.A. informaba de las causas: se trataba de un recalentamiento y mala combustión de chimeneas. Pero no era sólo así. No había casualidades ni situaciones pasajeras. La cosa venía de muy lejos. Los años posteriores a la foca trajeron el progreso envuelto en inmundicia. El aceite de ricino que tanto avilesino y tanto emigrante tragó por el bien de sus muchos hijos. Avilés, “la no ciudad”, creció acosada por empresas de mucho producir y de mucho contaminar. Y creció sin medida.
Durante años en las calles de la villa se había cantado con orgullo el “Es Avilés”, una canción que, entre muchas otras prendas, adjudicaba a Avilés las “comodidades de una ciudad grande”. Pues bien, ya lo era. Grande, digo, pero ciudad no. Lo era sólo por su porte y, en determinados lugares, hasta por su aspecto, pero no por los servicios, ni por las famosas “comodidades”. No por la vivienda, los suministros, las comunicaciones, la urbanización y el saneamiento. Sobre todo el atmosférico.
 Ensidesa, Endasa, Enfersa, Cristalería Española, Productos Dolomíticos o Asturiana de Zinc pagaban las facturas de Avilés, pero no la dejaban respirar. La instalación de sus más contaminantes plantas era dañina. Muy cercana a un núcleo tan poblado en un término municipal demasiado estrecho. Ni el clima ni los vientos hacían nada por ayudar. El tráfico rodado y la nefasta red de transporte público (desde 1960 no circulaba el tranvía eléctrico) añadían más humo a esa gran cámara de gases varios que era Avilés: partículas sólidas, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno, hidrocarburos, fluoruros, amoniaco, trimetilamina... Anualmente se emitían a la atmósfera, sólo en partículas sólidas, muchos cientos de toneladas. Cuando el viento venía de Ensidesa la emergencia estaba servida. No era cosa de accidentes. Era una costumbre, al menos dos veces al año.
Como se leía en los titulares del diario madrileño El País, meses antes de la alerta de Corujedo: “La contaminación alcanzó en Avilés niveles 40 veces superiores a los permitidos. Más de 200.000 habitantes soportan en Avilés una contaminación al borde de la alarma. Seis de cada diez enfermos presentan deficiencias respiratorias”.
            Éramos mundiales. Más que el mismo Bilbao. El mismo Valliniello era un fondo de saco donde iban a parar las basuras gaseosas de Ensidesa, Enfersa y Productos Dolomíticos. El 15% de los días del año en Avilés se superaban todas las marcas permitidas en materia sedimentable. Gran parte de la villa vivía en alarma ambiental permanente.
La gente se había acostumbrado. Era lo que había. Algunos usos tradicionales en los prados de los alrededores, como “echar la ropa al verde” para secar, ya eran imposibles. Más que verde, lo que se echaba era negro. En la época reglamentaria, si el anticiclón de agosto coincidía con días ventosos, las gafas de sol protegían de la carbonilla y no del astro rey.
Había costumbre. Pero no era gratis. La bronquitis simple y la asmática eran males endémicos de Avilés. Estaban así tipificados en repertorios médicos. Uno de cada tres avilesinos era bronquítico. Se decía que, entre finales de los setenta y principios de los ochenta, los cánceres de pulmón habían ascendido un 141%. Todos los cánceres, un 35%.
 Era tan grave la situación del Avilés de entonces que algunas mujeres no daban a luz; daban a sombra. Ponían en el mundo nuevos avilesinos entre placentas negras. Por ahí corrían fotos hechas en la entonces Residencia Sanitaria San Agustín, con algunos ejemplares de aquellos órganos siniestros. La hipótesis de trabajo era la contaminación de la sangre materna. Una especie de foto del interior de algunos avilesinos. Aunque no se destinó mucha energía a confirmar esa teoría, hubo quien habló de un inusual número de abortos sin explicar, de “síndrome de Avilés” y quien escribió que la nuestra era “una ciudad para morir”.
Había costumbre, pero empezaba a no haber resignación. En la zona de Valliniello se empezó a forjar un sólido movimiento de protesta vecinal. Por pura supervivencia. En Corujedo se vivía a 10 metros de la tubería de amoniaco que comunicaba con el puerto. El polvo se filtraba en las casas y se comía las fachadas. Se pusieron demandas judiciales, se protestó de mil formas y hasta se amenazó con las barricadas. Solo el tiempo y las reconversiones atendieron tales demandas.
Aquel gobernador tan joven no tuvo ocasión de hacer gran cosa. Nos abandonó sólo un año después. Harto, tal vez, de tanto microgramo y tanto amoniaco. Ahora sigue en activo. Es, con más años y mucho menos pelo, el actual ministro del Interior del Gobierno de España.
La contaminación por aquí sigue. O una prima suya. De esas de riesgo. Más flaca, con disfraz y, por fortuna, sin aquellas alertas. 

                                                                         Publicado en La Nueva España, 10-VI-2012.



ALGO HUELE A PODRIDO EN EL AYUNTAMIENTO



Los problemas con el saneamiento son tan característicos de Avilés que casi pueden considerarse una parte del paisaje y también de la política más vieja (infografía: Miguel De la Madrid).

La shakespeariana frase que titula este artículo se redacta en presente, por aquello de ser fiel al original que homenajea. Presente histórico. No es que se refiera a nuestro tiempo, pero sí que se refiere al lugar que todos pueden imaginar, y que no es Dinamarca, sino las Consistoriales. La casa de los repúblicos, sita en El Parche, cuando, por los achaques del tiempo y las exigencias del progreso, sufría las consecuencias de unos sistemas de saneamiento que no eran los de hoy. De ese olor se habla. Más o menos.
Al pensar en el pasado uno puede tener la tendencia a creer que, con ligeras diferencias, las necesidades estaban cubiertas de la misma forma que hoy. Y no era así. Había necesidades parecidas, y otras idénticas; las fisiológicas por ejemplo, pero la forma de atenderlas no era precisamente como ahora. Para algo han avanzado las ciencias. Ni siquiera en los lugares más principales las condiciones de entonces y las de hoy se parecen.
Por su situación geográfica, Avilés ha chapoteado durante siglos en una marisma con la que se ha ido disputando la tierra seca y las posibilidades de crecimiento. Cualquier ensanche se hizo echando tierra al agua, ganando espacio a las arenas, a los juncos y a los lodos. Labor histórica sin pausa, pero con importantes contrapartidas como la propagación de las tercianas, las dificultades de la construcción y el pesado avance de obras e infraestructuras. No era esta villa un modelo de eficacia a la hora de poner tuberías y buscar desagües. Nada que pueda resultar extraño en el siglo XXI, cuando, por circunstancias muy largas de explicar y muy difíciles de entender,  no se han completado las redes del saneamiento industrial. Antes era peor. Para todos.
La casa del Común, el lugar donde se ventilaban los destinos de los avilesinos, estaba mal ventilada. Allí donde se decidían los gobiernos, se repartían influencias y dineros, las aguas mayores y menores sólo estaban atendidas por un inmundo retrete que, falto de desahogo, ahíto de tanto asunto municipal con destino al archivo definitivo, extendía mefíticos efluvios a larga distancia. Emanaciones peligrosas que ponían muy difícil pensar que, dentro de aquella casa, había limpieza en todos los negociados. Y eso en un ayuntamiento es cosa muy principal, desde entonces hasta hoy. No se puede permitir que olores desagradables y, en la misma medida incontrolados, levanten incómodas sospechas por aquí y por allá.
Ese retrete, con sus hechuras de letrina cuartelera, vivió demasiado. Fue coetáneo de tiempos muy convulsos para el poder municipal. Testigo, y no mudo precisamente, del paso de la vieja política a la nueva. Del final de la era de los San Miguel, de los liberales monárquicos encabezados por el marqués de Teverga como señor feudal de la urnas, y la llegada de los republicanos de Pedregal, con dinero fresco y promesas de un tiempo nuevo.
Los liberales perdieron el poder entre 1905 y 1907. El clan de los sanmiguelistas empezaba a hacer agua. Todo era un asunto de aguas mayores. Sus problemas se supieron fuera del ayuntamiento y del partido dominante, con la aparición de medios capaces de contar una verdad distinta al pensamiento único que propagaba por entonces El Diario de Avilés, cuyo director en la sombra era nada menos que Florentino Álvarez Mesa, el propio alcalde liberal. Se aferraron al poder, pero el poder los abandonó.
El 21 de abril de 1907 el marqués perdía en los comicios por vez primera, entre el asombro y la desesperación de los suyos. Jamás pensaron que tal cosa pudiera llegar a pasar algún día. Todo el entramado de la reserva caciquil empezaba a venirse abajo, mientras Avilés se encontraba metida en una crisis económica de grandes proporciones. La construcción no construía. El puerto, flamante en alguna de sus obras, se encontraba de frente con otro puerto, más nuevo, más grande y muy cercano: El Musel. Con él tenía que pelear por los siempre esquivos embarques carboneros. Muchas empresas, nacidas de la bonanza del principio del siglo XX, quebraban o pasaban por un agobio extremo.
Situaciones demasiado familiares en el Avilés de todos los tiempos. Siempre tenemos que estar a vueltas con un saneamiento, por pequeño que éste sea, en medio de una de las incontables crisis económicas o industriales que están esperando emboscadas en alguna oscura vereda. Toda la vida.
Lo que cambiaba era la política. José Manuel Pedregal y su mucho dinero llegaban prometiendo mudanza. Desalojar del ayuntamiento a aquellos que llevaban tantos años. Las mismas caras en los peores momentos. Y convenció a muchos poderosos, pero también a muchos modestos, sobre todo a labradores de la comarca, donde su influencia se instaló durante años. A los que pagaban impuestos injustos y veían como sus hijos iban a morir a África por no tener dinero para librarse del servicio militar. Pedregal era un político profesional y traía métodos al día, que acabaron por costarle la alcaldía a Floro Mesa en 1910. Tras trece años en el cargo y un desesperado intento de blindarse, ante la avalancha republicana de Pedregal, nombrando secretario particular a su hijo Horacio. No eran momentos para viejas familias.
Los nuevos tiempos habían de reflejarse en todo. La villa era un núcleo anticuado en cuanto a servicios y suministros. Si aún hoy faltan por completar las obras del saneamiento, podemos imaginarnos como sería aquel Avilés que heredó del siglo XIX los carros atravesando unas calles donde transitaban también personas, bueyes, burros y gallinas. Las cuadras entre las viviendas, la escasez en el suministro de agua potable, mientras que regatos de aguas sucias atravesaban calles de importancia y la trasera del edificio del ayuntamiento más parecía depósito de inmundicias y urinario público. Foco que irradiaba los peores olores desde la casa de todos.
Cuando el ayuntamiento cambió de manos los viejos resortes del poder caciquil dieron paso a los nuevos ingenios del poder pedregalista. Y empezó el movimiento en las consistoriales: las alfombras se airearon, las habitaciones se ventilaron, las cuentas se aclararon y aquel antiguo, oloroso y cantarín retrete, fue pionero al ser sustituido por lo que las crónicas de la época bautizaron como un moderno “water-closed”. Las  personas que, por uno u otro motivo, frecuentaban las oficinas del Ayuntamiento, notaron con satisfacción la ausencia de los malos olores que allí habitaban desde siempre. Al menos eso se dijo entonces. Los nuevos tiempos se reflejaban en el escusado. Al fin el evacuatorio público cumplía su cometido con eficacia y, sobre todo, con discreción.
Una nueva política que encauzaba sus inmundicias, las trataba y eliminaba adecuadamente para que su olor no hiriese las pituitarias de la población. Ya saben aquello de las alcantarillas del poder. Lo de que, el gobierno y el bien común, se defienden hasta en las cloacas. Unos sumideros que suelen trabajar a destajo. De cuando en vez hay que llamar a la cuba para que desatasque arquetas, sifones o fosas sépticas. Y, si todo esto no es suficiente, no queda más que cambiar de cloaca.
Eso pasaba entonces en Avilés. Un tiempo lejano, en el lugar más cercano.

Publicado en La Nueva España, 12-VIII-2012.

LA CASA DE LA MARQUESA



A la muerte del VI marqués de Ferrera sus cuentas nos dejan ver en qué gastaba el dinero. Cuál era su nivel de vida. Cómo era aquello de vivir como un marqués (infografía: Miguel De la Madrid).

Soy de aquella generación de niños que se pasó la infancia viendo un criado de librea a la puerta del palacio Ferrera. Aquel cancerbero custodiaba la entrada a un zaguán empedrado e inacabable que se perdía en un fondo oscuro y lejano, como la garganta de un gigante. Al pasar por allí y echar la vista al territorio prohibido nos preguntábamos qué habría dentro de aquella casa “de la marquesa”. ¿Qué lugar iluminaba la luz que se veía al final de tan largo túnel? ¿A dónde conducirían las escaleras cuyo arranque a veces se podía intuir? En fin: ¿cómo viviría un marqués?
Pasaron muchos años hasta saciar la curiosidad, pero hacía muchos más, varios siglos, que la casa y la vida de los marqueses de Ferrera había ido edificando sus cimientos y sus hechuras sociales hasta convertirse en el linaje más poderoso de la villa. A mediados del siglo XIX ese poder se vio cuestionado por los nuevos ricos y por el nuevo linaje de los San Miguel, Marqueses de Teverga por los duros y la fidelidad a un rey tan fugaz como Amadeo de Saboya. Este es el origen de la división profunda entre los notables de Avilés. Dos casas, dos tendencias. Luego, dos garrotes.
La casa vieja era el palacio de los de Ferrera. Justo antes del ascenso de los San Miguel vivía como hacía muchas décadas, defendiendo a sus habitantes de las ideas y las personas del exterior, marcando las distancias sociales y dando abrigo y confort a sus aristócratas moradores. Esa vida regalada estaba al alcance de pocos mortales.
Esta es una serie sobre viejas noticias. La de hoy es luctuosa. Arranca con la muerte del VI marqués de Ferrera, Álvaro de Navia Osorio y Navia Osorio, en mayo de 1861. Las desgracias familiares son momento para hacer borrón y cuenta nueva, para inventariar sentimientos y propiedades en pos de un tiempo distinto. Tan negro trance  nos va a servir para hacernos una idea cabal de cómo era la vida del finado, la de sus descendientes, ascendientes y colaterales en general. Todo es posible a partir de la contabilidad de los marqueses en 1861, analizándola podemos asomarnos a su vida y a sus lujos, ver por encima del hombro del portero y saciar aquella curiosidad infantil.
Los marqueses, además de su actividad política y sus cualificadas relaciones sociales, ante todo vivían de las rentas, ya se sabe. Entre sus abundantes utilidades anuales no es extraño encontrar asientos con ventas tan variadas como varas o carros de hierba (entre 400 ó 600 reales) a clientes tan especiales como la Real Compañía Asturiana de Minas; terneros (entre 250 y 400 reales), la leña de sus montes (la de Panchón en Oviedo le reportaba unos 6.000 reales en cada venta), escanda a 80 reales la fanega o manzana a 10; además de un inacabable repertorio de ingresos por utilidades, censos, foros y rentas de terrenos o casas, desde Luarca a Valladolid.
He aquí el primer elemento que definía su vida: la casa. Cada familia, cada linaje, era también una casa. En sentido figurado y en sentido estricto. Un poder edificado sobre piedra y ladrillo. Los de Ferrera, además de la de Avilés, mantenían casa en Luarca y Báscones (Grado), otra en Oviedo y una en Luanco para “tomar los baños”.
            Esos baños eran una actividad muy querida por la nobleza. Así entendían ellos el veraneo, antes de que el turismo masivo fuera norma habitual. Simplemente vivían partes del año en casas diferentes. Se trasladaban con todas las consecuencias y muchas de sus pertenencias, en verdaderas y costosas mudanzas-golondrina. Al llegar a destino debían mantener intactas sus costumbres, sus comodidades y los gastos habituales. La marquesa de Ferrera, María Ramona Josefa Sánchez Arjona y Jarquemada, organizó la expedición de 1861 con un arriero que le trasladó, el 18 de julio por trescientos reales, 40 quintales de “un carro de muebles y equipaje”. En Luanco el tren de vida y hasta los pagos eran los mismos que se hacían ordinariamente en otras casas, sólo cambiaban las cantidades que la marquesa separaba para sí, a fin de afrontar los gastos cotidianos en la villa gozoniega que, por ejemplo en el veraneo que estamos glosando, ascendieron a 3.000 reales.
            Tener casa era, ante todo, tener servicio. En los altos del palacio de Avilés se hacinaba una servidumbre entre la que no podían faltar varios criados, ama de llaves, dos cocineras, tres doncellas, incluida una especial para las cinco niñas, una costurera, un cochero, un jardinero y un repertorio variadísimo de jornaleros y albañiles que trabajaban en el palacio o en los terrenos.
Había que pagar a todos. Sus jornales cubrían un amplio espectro que iba, por ejemplo, desde los 4 reales diarios del cochero, 2 de la planchadora o 1 de la costurera. Algunos trabajos se contrataban a tanto alzado, como los 672 reales que se pagaban a José Alonso por herrar a las caballerías un año entero; o a tanto la pieza, como los 8 maravedís que se pagaban a la lavandera por cada prenda lavada.
Pero la casa era mucho más que eso. A mediados de ese siglo XIX el palacio de Avilés estaba en reparación, mantenimiento y ampliación constante según planos de Marino Esbrí: mármoles, hierro colado, carpintería, madera, pintura o rejería, se llevaban una buena parte del presupuesto, que no descuidaba lujosos detalles como los casi 10.000 reales de papel pintado que aquel año de 1861 encargó el marqués a Madrid. Un caserón que consumía sin cesar carbón vegetal en el estudio de su “galería gótica” y al que, por si acaso, se había asegurado contra incendios en la sociedad “La Unión” con una póliza cuya prima importaba 180 reales.
Una persona de posición no sólo era noble de condición, debía serlo también de apariencia. Sépase que el Marqués era brigadier de infantería y senador. Por ello, entre sus gastos habituales, podemos encontrarnos con los 114 reales que se le pagaron al zapatero José Aguirre, por el calzado que construyó “para las Señoritas” o los 76 reales que la marquesa se gastó en un gabán que mandó hacer a una modista francesa.
Vivir como un marqués tenía ciertos compromisos sociales, como la cuota del Liceo, de 10 reales al mes, la suscripción a “La Época” a 17 o las periódicas limosnas a los pobres y los socios de San Vicente Paúl o las gratificaciones a los serenos y alguaciles de la villa que, cada enero, en antigua costumbre, se repartían unos 80 reales producto de la filantropía de esta casa.
También había que cuidar de la propia salud, para lo cual se había establecido trato estable con Gregorio de Zaldúa, médico que percibía unos 50 reales mensuales por dichas atenciones. Mas el cuidado del cuerpo cedía ante la importancia de la salud del alma, cosa encomendada al presbítero Fernando Estrada que, por las misas dichas en la capilla del palacio, podía ingresar unos 75 reales mensuales.
El 9 de mayo de 1861, el cabeza de la casa de Ferrera se marchó de este mundo. Para que no fuese el más rico del cementerio, su pariente, el marqués de Camposagrado, sacó de los bolsillos del cadáver 1.358 reales. Había acudido a auxiliarlo en su última hora, a poner en orden sus asuntos y su despacho, en el que también encontró, en las gavetas de su escritorio, 94.000 reales más.
Seguramente era fácil, pero sin duda no era barato vivir como un marqués. Aunque más caro resultaba morir siendo marqués. Al de Ferrera lo acompañaron sus últimas voluntades, por las que se entregó 2.000 reales a cada uno de los criados de confianza y 10.000 más al hospital de la villa, cantidad que superaron ampliamente sus deudos en los funerales con que lo recordaron en Avilés y Oviedo.
Todas estas cosas estaban al fondo de aquel borroso zaguán de la infancia. Números que son testigos de una vida y de una casa que, durante siglos, mandó en los destinos de Avilés.

Publicado en La Nueva España, 5-VIII-2012

RICOS Y "PROBES"



Contraste entre las fuerzas vivas de la Asociación Avilesina de Caridad y Centro Asturiano en 1911, fotografiadas por Alonso, y los comedores del restaurante económico (infografía: Miguel De la Madrid).
La crisis del 2008 se mira en el espejo de la crisis de 1908
 y encuentra caras conocidas.

Dentro de muchos años, cuando consulten la historia de estos días, nuestros deudos comprobarán con asombro que atravesábamos una de las más agudas crisis económicas de la historia del capitalismo. Y se asombrarán con funestas cifras y digitales gráficas en descenso hasta las profundidades abisales de la más cruda depresión. Entonces podrán comparar con los primeros años del siglo XX, viendo que la crisis también estaba aquí.  
Hay tópicos que no mueren, por ejemplo ese de que “siempre hubo ricos y probes”. Cierto es. Pero su calidad y proporción no siempre fue igual. A principios del siglo XX la sociedad era dual, casi esquizofrénica. Un tiempo en el que los ricos eran pocos, pero muy ricos, y los pobres eran muchos, pero muy pobres. Algunos paupérrimos. La distancia entre los grupos era sideral, y las medidas de previsión social prácticamente inexistentes. Un accidente laboral en casa de un trabajador podía condenar a su familia de por vida. Aunque, en los primeros años del siglo, el trabajo no faltaba.
 Era mucho trabajo, pero era trabajo malo. El único que conocieron quienes hacían del riesgo su vida para apostar la suerte y la salud en las labores más cotidianas, por cinco pesetas de jornal. Aquellos que laboraban al límite en la mina de Arnao, avanzando bajo la amenaza constante de inundación, en zonas muy profundas donde no llegaba la ventilación y los gases devoraban la salud de los mineros. Que trepaban a traidores andamios donde hacían equilibrios como funámbulos sin red. Que cargaban barcos a la sombra de rudimentarias grúas. Que esperaban en el agua bajo la amura de los vapores a que cayera el carbón sobrante para arrastrarlo en desvencijados chalanos. Que quemaban los pulmones al pie de hornos de vidrio, alimentando enfisemas. Que “servían” toda la vida en casas muy buenas, hasta quedar inservibles. Y mantenidos. Que no tenían horarios ni edades. Era normal ver a niños de diez u once años trabajando de “guaje” en la mina de Arnao, de “muchacho” en fábricas, y de “pinche” en cualquiera de aquellas obras tan frecuentes entonces. Amasando pasta, llevando cachetes o levitando al subir pesados calderos colgados al otro extremo de herrumbrosas roldanas.
Pero el trabajo duró poco. Justamente un siglo antes de nuestros actuales padecimientos, la crisis se cebó en una economía tan frágil como la avilesina y pasó a sangre y fuego asolando los puestos de trabajo. Tras ella sólo quedaron los ricos, igual de ricos, y los pobres, mucho más pobres. Como ahora.
La economía se paró y, como sucede siempre en estos casos, pobreza llamó a pobreza, necesidad a más necesidad y se empezaron a repartir generosas raciones de desgracia a todo quisqui. Por eso nació, el 31 de enero de 1908, la Asociación Avilesina de Caridad y Restaurant Económico.
           Era una iniciativa bastante plural, habida cuenta de que, siempre bajo el control de los notables de la villa, se había juntado un variopinto grupo en el que no faltaban representantes de la Iglesia, la empresa, los trabajadores, la prensa, la política y, sobre todo, del activo grupo de universitarios que acampaban hacía años en nuestra comarca, desde los veranos de la Colonia a los inviernos de la Extensión Universitaria.
Se trataba de dar sustento al cuerpo y al alma. La miseria había hecho compañeros de pupitre a una gavilla de niños cuyos platos no conocían más carne que la de unos orondos piojos, señores de la suciedad y el abandono con el que estaban construidas las casas más modestas de Sabugo o La Polvorosa. Así que, como había que saciar el hambre de pan, con algo más de esfuerzo, la Asociación Avilesina de Caridad montó las escuelas del Ave María, para el hambre de saber.
Los comedores de la Asociación se aprovecharon como aulas y en los jardines se construyeron modernos recursos pedagógicos, como un famoso mapa-mundi de cemento que ponía el mundo al alcance de la mano y de los pies de aquellos “golfillos”, en palabras de los promotores de la institución. Niños mal calzados y con mucha necesidad, beneficiarios de iniciativas a la moda para combatir la pobreza de los modestos. A la vez, los notables de la población conseguían mayor relevancia social e importantes apoyos, materiales e intelectuales, como el de la propia Universidad de Oviedo.
           Menú muy completo. Restaurante para el cuerpo, aulas para la mente, enseñanzas para el alma. Se financiaban con habilidad y sin gastar ni un real de los caudales de la Asociación. Sus promotores reunían unas 30.000 pesetas cada año a base de cuotas, donativos, cepos, venta de bonos y funciones benéficas de todo tipo, llenas de señoritas de las familias más principales de la villa y de Salinas luciendo sus habilidades y su arte para la causa.
           Todo ese dinero se gastaba, por ejemplo en 1909, en ofrecer unos 15.000 desayunos, 103.000 comidas, 49.000 cenas, vender 1.700 raciones, atender a 1.121 transeúntes y otros variados auxilios, como ofrecer socorros en metálico a “familias vergonzantes”, atender a  los muchos enfermos de viruela o comprar víveres y colchones.
Figuras harapientas, mal comidas, peor aseadas y llenas de pobreza abarrotaron el Restaurant Económico de la Asociación. Acababa de nacer, para tranquilidad de las conciencias de algunos pudientes, experimento de intelectuales y azote del hambre de muchos avilesinos que, sin trabajo y sin esperanza, no encontraron otro medio para combatir días miserables.
Allí estaba tan benemérita institución, para certificar la desgracia de Avilés. Ella misma acarreó una parte de esa desgracia cuando, al año siguiente de su constitución, perdía todos sus fondos en la quiebra de la casa de banca J. de Alvaré y Compañía, en suspensión de pagos al final del verano. Poco le faltó para llevarse con ella al fondo del olvido a toda la institución. El desastre financiero, además de agotar sus ahorros, provocó la fuga de varios socios protectores que consideraron inútil colocar allí su dinero. La situación se salvó en el último momento con un desinteresado préstamo de 3.000 pesetas, cuyo promotor decidió quedar en el anonimato.
A la Asociación casi le cuesta la vida. Pero milagrosamente sobrevivió para auxiliar a los que, ya por esos años, perdían de verdad la suya pasto de la viruela y cuyas familias, que quedaban en la más absoluta indigencia, no tenían ni para comprar un mal ataúd.
A principios del siglo XX, la caridad era, sobre todo, privada y socialmente muy rentable para los señores que la ejercían, pero era el único recurso que tenían muchos avilesinos para capear sus necesidades en unos años de miseria.
A principios del siglo XXI ha sido sustituida por los servicios sociales públicos, mientras duren. Pero los reveses de la economía, la pobreza, la necesidad y la desgracia aún no tienen quien los sustituya. Ni los pobres han aprendido a esquivarlos.
La crisis siempre deja su cuenta en la mano del mismo comensal. 


                                                                            Publicado en La Nueva España, 15-VII-2012



CON LA MOCHILA Y EL CORREAJE

Las fiestas de San Agustín de 1914 fueron la ocasión para que los exploradores de Avilés iniciasen oficialmente su andadura, marcando el paso. Los primeros niños exploradores, en mal coordinada instrucción por las calles de Avilés
(colección Claudio López Arias. Infografía: Miguel De la Madrid).

            De toda la vida de Dios las exploradoras, niñas bonitas, han ido haciendo el oso por Avilés y han tenido novios muy sinvergüenzas, cuyo único interés era lograr que luciesen las pantorrillas, aprovechando aquellos trajes que, por lo del estirón, no les llegaban ni a las rodillas. Al menos eso se decía en las canciones que uno ha oído cantar a sus mayores en los viajes y en las merendolas de cumpleaños.
            El excursionismo tenía esas cosas. Las tenía desde su nacimiento, a finales del siglo XIX. Fue entonces cuando, en el empeño de inventar las patrias y sus bellezas, empezaron a valorarse la geografía y el paisaje; el alma de los pueblos. No existía nada como lo propio. Había que recorrerlo: el viaje para encontrarse con los rincones de la patria.
Y cuando las patrias asoman hay que gastar cuidado. Y llevar brújula. El excursionismo interesó tanto a los Estados viejos como a aquellos que querían llegar a serlo creando de la nada identidades y banderas. En España la moda empezó por Cataluña, donde cuajó en el prestigioso Centre Excursionista. En el País Vasco se dedicaron a recorrer los montes las juventudes del PNV, y, en Madrid, fue la innovadora Institución Libre de Enseñanza, quien teorizó sobre la unión de excursiones y escolares.
Y por aquí llegaron los exploradores. Boy Scouts según la inglesa denominación que les pusiera en 1907 su fundador, el muy británico y general Robert Stephenson Smith Baden-Powell. Cuatro años más tarde se instalaban en España de la mano del capitán Teodoro Iradier y, en 1913, Asturias entraba de lleno en el escultismo, que así de complicada tenía la traducción aquello de Baden-Powell.
A las autoridades les interesaban los Scouts. Ya digo que la cosa no iba sólo de subir riscos y admirar las campesinas flores. Eran una tropa de juvenil infantería dirigida, en Gran Bretaña y en España, por militares del arma de caballería. Sus estatutos aclaraban un objetivo principal: “desarrollar en la juventud el amor a la Patria, el respeto al Jefe del Estado, a las Leyes de la Nación y el culto al Honor”. El control de la juventud con las formas de la milicia. Alfonso XIII les dio su bendición. Vistió su uniforme y logró que, por Real Orden de 12 de febrero de 1914, les fuese reconocida la personalidad jurídica. Ese año llegaron hasta Avilés.
En nuestra villa los exploradores fueron una iniciativa más de la Sociedad Fomento. Apoyaba cualquier empresa que pudiera sacar al pueblo de la postración y el marasmo, sin excluir los festejos o desarrollo del turismo. Aquí entraban los exploradores. Con ese objetivo prestó sus locales y organización para la constitución del comité local avilesino en mayo de 1914.
Al mes siguiente, a la vez que se realizaban las primeras inscripciones, se formaba un cuadro de damas y de socios de honor. Había que llegar a las fuerzas vivas de Avilés, a miembros de las clases dirigentes de la villa. Leopoldo Iradier lo había dejado claro por carta a la Sociedad Fomento: “procure escoger entre las clases de más prestigio y significación, las personas que han de formar el Comité”. Dicho y hecho. El comité de Avilés reunió un ramillete de lo más influyente que por aquí se podía encontrar, presidido por Jenaro de Llano Ponte, marqués de Ferrera. No faltaron, entre otras personalidades, un capellán tan conocido como Manuel Álvarez Sánchez, ni siquiera un médico como Bill Alain .
Lustrosos apellidos para iniciar una labor de mejoramiento de la raza a base de lecciones de gimnasia sueca y patriotismo. Para ambas cosas la disciplina castrense era indispensable, por eso se había designado a Manuel Córdoba, teniente de carabineros, como jefe de tropa. Él empezó a instruirlos para que salieran, a finales de junio, en su primer y marcial desfile.
La parada no debió ser todo lo lucida que se esperaba. Eran sólo niños. Los mayores de 14 años habían desertado, cayendo en la emboscada del baile dominical “agarrao”, que sería menos disciplinado, pero mucho más atractivo. Así que los de la tropa hicieron lo que pudieron, marcando el paso con la ayuda de tres cornetas y dos tambores comprados a la Asociación de Caridad. Pero había que hacer más.
No era suficiente con organizar excursiones a La Magdalena o instrucción en El Focicón. De esa forma la cosa no calaba. Así que se invitó al mismísimo Teodoro Iradier, padre del escultismo en España, para que visitara Avilés. Era 25 de julio cuando llegó hasta El Parche, escoltado por tres exploradores ciclistas, y recibido por el marqués de Ferrera. Iriadier disertó en el Casino, con gran éxito, sobre la instrucción y el significado de los exploradores. Sus pupilos, llenos de entusiasmo y en formación, le despidieron en el Parque del Muelle con el saludo reglamentario, sombrero y bordón en alto.
La presencia de la máxima autoridad hispana dio fuerzas al movimiento avilesino y las fiestas de San Agustín la mejor ocasión para tirar la casa, y el uniforme, por la ventana. Se decidió montar el solemne acto de la promesa de los exploradores avilesinos, arropado por el programa festivo, el 24 de agosto. Así entrarían en sociedad.
Un día espléndido que amaneció con la llamada de la banda de música y de parejas de gaita y tambor. Las fiestas estaban dedicadas a Oviedo y las calles esperaban a los carbayones con pancartas, colgaduras y hasta un arco de triunfo. Pero antes llegaron los Scouts, una tropa de 56 vino de Gijón, 80 más de Oviedo, y unos 20 entre Pravia y Grado. Ya eran un pequeño ejército que, con los de Avilés, desfiló en marcial formación por el parque, el ayuntamiento, Sabugo…
Para entonces ya no se podía caminar por la villa. Una muchedumbre, conducida como flautista de Hamelín por los pasodobles de la banda, rodeaba la estación. A las 11 de la mañana llegó el tren botijo de Oviedo. 28 vagones hasta los topes. Hasta las banderas con las que la locomotora venía decorada. Y todo Avilés fue una fiesta.
La autoridad vigilaba. Presidían los actos el capitán general de la región militar, Ximénez Sandoval, el gobernador militar, Manzano, el general Burguete y un nutrido Estado Mayor de jefes y oficiales. Ellos darían fe de la promesa de los exploradores.
La tropa estaba formada en el parque del Muelle. Allí el capitán general pasó una revista minuciosa. Metido entre filas, viendo correajes y ornamentos y preguntando, al descuido, detalles de los artículos del Código del Explorador. Todos pasaron la prueba. Todos, como soldados en miniatura, prometieron fidelidad a la bandera y a la patria. Para solemnizarlo, la banda del regimiento del Príncipe tocó el Himno del Explorador. Y se rompieron filas en Las Meanas, donde señoritas de la localidad servían el rancho haciendo de cantineras del regimiento.
En los años por venir los Scouts pasaron por etapas mejores y peores. La patria y sus salvadores tuvieron culpa de no pocas de aquellas alternativas. Pero de esos años pioneros jamás se fue el recuerdo. Una melodía popular que sonó en el repertorio de bandas y hasta en organillos callejeros. Una música a la que, el que más y el que menos, le ponía otra letra. Ya saben aquello de:

Con la mochila y el correaje,
parecen burros que van de viaje

Publicado en La Nueva España, 26-VIII-2012.